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miércoles, 22 de junio de 2016

Cuando el hambre es la consigna

 
“Hambre, hambre, hambre...”.
El viejo no consiguió ayuda para empujar su destartalada camioneta. La batería, rendida con ácidos y rezos hasta el último aliento, había llegado a su prolongado desenlace final. El viejo reunió fuerzas que hacía tiempo no veía para empujar la camioneta algunos metros más adelante, alejándose lo más posible de aquel abasto del barrio Brasil en Cumaná. Minutos después, la muchedumbre inició el saqueo, acabando con aquella propiedad de un inmigrante asiático. El viejo se subió al techo de la camioneta con un palo en la mano para alejar a todo aquel que se acercara a su fiel vehículo. Cumplida la hora, se hizo presente la policía disparando y arremetiendo, dejando heridos y llanto. Al viejo le encajaron tres o cuatro carajazos que le dejó la estampida. Solo un par de vidrios de la camioneta soportaron la revuelta. El viejo terminó bastante golpeado en la emergencia de un hospital ruinoso, con la esperanza de volver al sitio para irse empujado su cacharro.
“¡Saquearon la pollera”, sonó el grito a lo lejos. Luego pasó un muchacho bastante joven corriendo con cuatro aves recién asadas en la mano. Jamás imaginaron los conquistadores, 500 años atrás, que “La Primogénita del continente americano” sufriría tanta hambre a pesar de su exuberante naturaleza y sus gigantescas potencialidades.
A la altura del Parque del Oeste Alí Primera en Catia, cientos de caraqueños se congregaron a primera hora de la mañana para protestar por la falta de comida. En Gato Negro, otro sector popular, se hizo lo mismo, un símil a escala de las trifulcas registradas en las calles de Cumaná, Barquisimeto, Barcelona, San Cristóbal, Mérida, Maracaibo, Valencia, Maracay, y otras, durante las últimas dos semanas. A cada rato alguien habla de toque de queda en las cadenas que envían por Whatsapp y otras redes sociales, oficializando un decreto emitido por la delincuencia desde hace varios años.
En cada ciudad del país, en cada pueblo y caserío, hay un hambre que no consigue alimento y cientos de enfermedades que no encuentran medicinas. Los productos de aseo personal son joyas extrañas, casi olvidadas. La humillación no tiene límites. Ciudadanos de todos los colores sudan a chorros en las colas de los supermercados, de las bodegas, de las farmacias, de las gasolineras, de las tiendas de repuestos, de las ventas de cauchos y baterías.
Los pequeños estallidos sociales de las últimas semanas han movilizado más gente que el reventón del Caracazo. El doble, el triple… no sabemos cuánto.
Junto a la vidriera de un Farmatodo capitalino, una mujer y sus tres hijos pusieron en práctica un nuevo método para robar impuesto por la crisis. Esperaron a algunos de los que hicieron la fila para comprar algunos artículos y los abordaron en la salida. “Señora, no la voy a dejar pasar. Deme lo que tiene”. “Mujer, pero si no tengo nada no ves que vengo de hacer la cola ¿qué coño puedo tener? ¡Mátame!”. “Mis hijos y yo tenemos hambre. Dame el pan y las galletas esas que llevas ahí”. “Toma vale, qué desgracia. ¡Quédate con esa vaina!”.
La gente grita "¡Tenemos hambre!" y el gobierno, sumergido en su estupidez, responde "¡Tenemos Patria!". La sangre llega al río, basta saber cuánto hace falta para que el caudal arrastre la represa, las casas y lo que queda de país.
En medio del ruido, alguien a lo lejos habla de diálogo. Se intentan algunas señas llamando al “entendimiento nacional”. Por un lado, el gobierno liquida cualquier iniciativa de reorientar la política de la catástrofe, por la sencilla razón de que ellos la encarnan, el caos es su inspiración. Por el otro, el Parlamento empuja una y otra vez las reformas necesarias. La primera de ellas, sacar al gobierno del poder, a como dé lugar.
El diálogo es una quimera, qué atrocidad...

Ángel Arellano

lunes, 28 de diciembre de 2015

2015: el autoexamen venezolano

         2015 ha terminado. Un año de turbulencia. Quedará para la historia el episodio del 6 de diciembre como el levantamiento de la conciencia nacional en contra del gobierno de la opresión.
                2015 ha tenido de todo: crisis, protestas, profundización del hambre, la tristeza y el miedo. La vida sigue sin valer un centavo en la calle. Cualquiera, así esté rodeado de un abundante número de escoltas, puede morir con el tiro siempre certero y letal del hampa.
                ¡Qué año este año!
                En el último suspiro del maratón de incertidumbres en el que se convirtió 2015, primero con el sacudón cambiario, luego las primarias de la oposición, después las primarias del oficialismo para vivir la angustia de esperar la fecha de las parlamentarias, posteriormente la tensión a flor de piel de si se realizarían o no las elecciones, la presión internacional, las medidas económicas impopulares, el galope de la inflación, el avance de la escasez, la llegada a la luna del dólar negro venezolano, entre otros eventos que vive un país que tiene más de manicomio que de país, podemos decir que se ha dado un paso adelante para cambiar. O, en perspectiva, como frasea la propaganda electoral, “ha iniciado el cambio”.
                Naturalmente, la turbulencia se mantendrá hasta que el débil gobierno, hoy con más miedo que nunca, con más ganas de reprimir, de amenazar, de envenenar el ambiente y generar conflicto en cada átomo de la sociedad, salga del poder por medio del camino constitucional. ¿Será difícil? Lo será. ¿Qué no ha sido difícil para una nación que tiene varios años prescindiendo de la hallaca, el pan de jamón, el pernil y los juguetes en navidad en ocasión de los altos precios y el desabastecimiento? ¿Poco difícil es el colapso del sistema de salud pública y de todos los servicios que presta el Estado? No hay un milímetro de la administración pública que no se encuentre en caos. Si algo le ha demostrado el chavismo al mundo es cómo un país, en tan poco tiempo, puede deteriorarse hasta el hueso.
                De tal manera que este año ha puesto a la nación frente al espejo y le ha exigido un autoexamen, una revisión profunda de su situación ayer, su situación hoy y su situación mañana. 2015 hizo que el venezolano se evaluara a sí mismo y se consultara sobre cómo sería su vida en el futuro de seguir las cosas por el camino que van. A este autoexamen, se le añadieron algunos elementos dramáticos como la cifra, aun imprecisa, de compatriotas que han huido al extranjero por mil y un razones todas y cada una de ellas fundamentadas en la hecatombe que vive el país: 1.600.000 venezolanos se encuentran fuera del país, según cifras conservadoras, pues otras, quizá más realistas, hablan de más de dos millones, lo que no sorprende a nadie porque, si algo también nos enseñó 2015, fue a liquidar, de una vez por todas, nuestra capacidad de asombro.
                El calendario tuvo una fecha para desahogar el descontento y la gente se expresó con precisión y contundencia. Quedó reseñado ante Dios, ante la comunidad internacional y ante nosotros mismos, nuestra convicción de que sí se puede salir de este mal momento y que sí queremos un sistema verdaderamente democrático, que promueva y respete la libertad, y que sea garante de la paz.
                Si 2015 fue el peor año de la crisis económica, política y social, también fue el mejor año, por lo menos desde hace tres lustros, para la ciudadanía, porque manifestó su condición cívica y su rechazo a la violencia. Si pudiéramos resumir diciembre en una frase, sería algo así: “por el voto llegaste y por el voto te irás”.

Ángel Arellano

martes, 15 de diciembre de 2015

Terremoto político: la nueva asamblea

 
         Los resultados de las elecciones parlamentarias en Venezuela fueron un terremoto político para el gobierno de Nicolás Maduro. Dificulto que las fuerzas oficialistas no conocieran con anterioridad el escenario que tenían a la vuelta de la esquina. Más bien, por saber lo que venía, arreciaron con abusos el día de los comicios y persistieron en un lenguaje hostil intentado hacerse visibles ante una sociedad que ya no los mira como antes, asqueada de la profunda crisis y del colérico verbo oficial.
            24 horas después de las adjudicaciones (112 curules para la Unidad contra 55 del Gran Polo Patriótico) los espacios de opinión del chavismo se desbordaron en reflexiones, mea culpas, actos de constricción y cánticos a las tres erres de Alfredo Maneiro: revisión, rectificación y reimpulso. Un sector del oficialismo, crítico y revisionista, salió a la palestra a manifestar, como hijos de Chávez y herederos reclamantes de un patrimonio político intangible, su gran descontento con la nomenclatura del PSUV.
La escena fue la siguiente: opinadores y ex jerarcas de la burocracia roja desde su esfera inmaculada fustigaron a la élite del Partido, a la nómina alta del gobierno y a las “medidas” que Maduro ha impulsado para palear una crisis que no tiene comparación en nuestra historia. Señalaron las equivocaciones del gobierno como culpables de la derrota mientras que Miraflores a su vez culpaba a la “Guerra económica”, a la derecha y a miles de factores que pululan en el mismo aire por el que vuela el pajarito que algún día picó en la cabeza del Presidente, según él mismo relató.
Pues bien, ante este terreno de subjetividades y ficción en el que se desenvuelve el chavismo, embadurnado con esa cosa que aun nadie entiende que es su marco ideológico, la oposición fija un camino a seguir con un plan legislativo que pretende dar orden constitucional a la vida venezolana y acabar con la discreción del Ejecutivo, al tiempo que advierten las dificultades que deberán sortear una vez asuman el control del Legislativo el próximo 5 de enero, como por ejemplo la alfombra de arbitrariedades y descalabros que deja la mayoría simple del PSUV.
¿Qué puede hacer la nueva Asamblea con las dos terceras partes de diputados opositores? Comencemos diciendo que, salvo la Constituyente de 1946-47 (137 AD, 19 Copei, 2 URD y 2 PC), nunca un solo sector ha obtenido, democráticamente, tal cantidad de curules. La conformación actual de la fracción Unidad, con 112 diputados, tiene facultades constitucionales para lo siguiente: activación de referendos aprobatorios de proyectos de Ley o tratados internacionales, calificación de una Ley como orgánica, aprobación de la separación del cargo a un diputado, designar el Poder Ciudadano (Defensor del Pueblo, Contralor General y Fiscal General), aprobación de una reforma constitucional, convocatoria de una Asamblea Constituyente y nombramiento y remoción de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.
Sin duda que todas estas decisiones, en manos de la oposición, desmontan el Estado chavista, y por eso, vemos el nombramiento apurado de nuevos magistrados al TSJ, reformas de leyes, decretos presidenciales, medidas trasnochadas, etc. Es un preámbulo de la guerra de poderes entre el Ejecutivo, y eventualmente el Judicial y el Ciudadano, versus el Legislativo. Empero, tal como siguen las cosas en la calle, con un incremento sostenido de la catástrofe económica que vive Venezuela, seguiremos viendo cómo se escribe el epitafio del chavismo.

Ángel Arellano

lunes, 16 de noviembre de 2015

Cachivaches en la Venezuela de hoy

 
En Pueblo Viejo, un caserío perteneciente al Municipio Píritu ubicado a la orilla de la Troncal 9 o Carretera de la Costa, una docena de viviendas entregadas por el Gobierno Nacional fueron tatuadas con los ojos de Chávez. Se les colocó la propaganda antes que el agua por tuberías y otros servicios públicos fundamentales. El lugar es un lunar en medio de la carretera, un urbanismo extraño con casas distintas a las que se encuentran en la zona.
                Los planificadores de la obra no dispusieron en su proyecto ningún tipo de arborización. Esto no sorprende, el “ecosocialismo”, término cursi acuñado por la Revolución, se ha caracterizado más por su guerra contra las áreas verdes que por su aporte al medio ambiente. Similar situación se vive en el norte de Anzoátegui, entre Barcelona y Puerto La Cruz. Han construido un canal de “Bus de Transporte Rápido” que ralentizó, paradójicamente, el tránsito mientras destruía cuanto atisbo de verde encontraba a su paso. Lo mismo sucedió años atrás en Guanta, con la eliminación de gigantescos árboles para que el alcalde exhibiera un mural alusivo al oficialismo. Etc., etc., etc. Nunca la flora venezolana sufrió tanto el delirio destructivo de una tóxica gestión de gobierno.
En la entrada de aquel desierto en Píritu, colocan eventualmente un tarantín atendido por una mujer que agita una lámina de cartón para darse brisa. Un toldo, cuya lona está carcomida por la angustia y la pobreza que ahí lo instaló, intenta protegerla del inclemente sol oriental. La acompañan dos cabuyas amarradas a un par de postes de madera que en algún momento fueron la línea perimetral del terreno vecino. Las cuerdas, estaban rebosadas de pantalones viejos, franelas de tela desgastada y una docena de ganchos que exhibían vestidos femeninos, usados en mil y un aventuras. Era una venta de ropa de segunda mano, o de tercera, como tantas que abundan en las barriadas venezolanas.
Con la carencia de posibilidades en la frente y el alto costo de la vida como signo del momento, los vecinos de aquel sector improvisado, a la sombra de la mirada de Chávez, se dejaban caer uno a uno en el kiosko de la señora. Todos revisaban la pila de pantalones, el arrume de zapatos o las bolsas que contenían algunas franelillas para salvar la temporada. Los precios eran regateados porque no había otra opción, o se pedía descuento o no se compraba, pues hasta lo usado tiene un elevado costo en la Venezuela de estos días.
Como la premisa es comer, matar el hambre, engañarlo, o hacernos creer que lo estamos engañando, cualquier cachivache sirve para cubrir el cuerpo. La moda, el confort, los hilos costosos, la marca, la variedad y la abundancia, son cosas exclusivas de los nuevos grandes cacaos bolivarianísimos, que hablan de socialismo con la boca llena, portando lujosos trajes, con fortunas en la moneda imperial, hijos en distinguidos colegios internacionales y familiares causando estragos en otras tierras (ya no es secreto que la hija mayor de Chávez es una dama “aburguesada” ni que la familia del matrimonio Maduro-Flores se baña en todos los chorritos, hasta en el del narcotráfico).
Hemos vivido bonanzas impresionantes, ciclos de gastos a manos llenas, endeudamiento e inversiones colosales, sin embargo, el hambre siempre ha estado presente, como dijo Betancourt, “la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre a la venezolana”.
La miseria no le es ajena a los venezolanos. Aunque el apasionado discurso político de los últimos tres lustros estuvo copado de frases absurdas como “ser rico es malo” y “ser pobre es bueno”, nuestra sociedad, desde hace 100 años, no ha dejado de ser una nación atascada en un modelo rentista que empobreció (y empobrece) a la gran mayoría de ciudadanos. Condenándolos, por decir lo menos, a vivir esta temporada de malas noticias que ensangrientan las calles y aniquilan la esperanza. No obstante, siempre hay una salida: votar.

Ángel Arellano

lunes, 9 de noviembre de 2015

Mandados de la pelazón

 
            Para navidad, decidí ir al centro de la ciudad para comprarle trenzas nuevas a unas botas viejas que están en buen estado. Conseguí un betún prestado y las pulí, así tendré un par de pisos dignos para el fin de año. Comprar zapatos se convirtió en un pecado, o peor, en un suicidio para el bolsillo del ciudadano promedio: el precio más modesto duplica el salario mínimo, y todo lo que se consigue de ahí para abajo, son cachivaches que apenas sirven para andar un par de semanas.
                En el centro, al final de la tarde, las colas de personas son en todos los órdenes. Cola en la farmacia, cola en los abastos, cola para los autobuses y cola para los carritos que cumplen la engorrosa y lenta tarea de llevar y traer a la gente de los sectores más recónditos ocultos en barrios, cerros e invasiones. Un muchacho de 21 años que labora como vigilante, me comentó que a diario se generan por lo menos dos o tres peleas entre la muchedumbre aglomerada a las puertas del supermercado en el que trabaja desde hace un año.
–Todos los días es esa guachafita: se matan para ver qué llegó en el camión, como si siempre viniera cargado de arroz o leche –fue el breve relato del joven devenido en guachimán.
                Matar el hambre en la calle es tarea imposible. Lo único barato son los perros calientes, pero ahora cuestan 100 Bs. y más pequeños. Comerse tres perritos y un refresco para engañar el estómago y hacerlos pasar por el manjar de cualquier nutricionista, nos da un total aproximado de 450 Bs. Si me proveía de ese lujo, no tendría para pagar los tres autobuses que debía tomar para llegar a casa (ah, porque mi vehículo espera que la providencia lo dote de un repuesto inconseguible, como rezan los mandamientos de la escasez: no hallarás, no comerás, no ahorrarás…).
                Cuando el árabe de la zapatería me mostraba su colección de trenzas disponibles, una señora lo abordó intentando el inglés, pero con el oriental en la boca:
–¿Qué jué musiú?, gur afternun.
–Caramba chica, tanto tiempo. ¿Y ahora eres gringa?
–Sí, como Cilia, porque Maduro dijo que la va a mandar a aprender inglés para que lo defienda de los catires gringos cuando nos invadan más tardecita.
No sé si la risa fue espontánea o fue un remedo para tapar la indignación de la noticia cierta que invadía la primera página de un periódico que reposaba en el mostrador, pero todos en la zapatería estallaron en una carcajada.
Antes de retornar, me encontré a El Gato, el maestro de obra de la cooperativa de mi suegro. Dejó la construcción para convertirse en taxista porque la empresa no recibe una llamada de trabajo desde marzo, cuando desojábamos nuevamente la margarita sobre si el régimen iba a caer o llegaría hasta las elecciones. Desde aquel momento, ocho meses atrás, trampeó algunas mañas del viejo vehículo que reposaba en el porche de su casa y salió a la calle a procurarse el sustento de su familia.
                –La gente cree que el “taxeo” de ahorita es como antes – dijo. –Antes se hacía más plata. Ahorita hay muchos taxiando porque todo el mundo anda pelando. Las carreritas están caras, pero si haces cinco o seis al día, vas que chuta. Yo estaba sacando entre 2500 y 3000 Bs. diarios. ¿Qué profesional gana ahorita 75mil o 90mil al mes? Bueno, con todo y eso se me jodieron dos cauchos y ando parado hasta nuevo aviso porque no tengo para comprar aunque sea unas chivitas. Todo se va en comida para la casa.
                Cuando no es la inflación, es la escasez, y cuando no es la escasez, es la inflación; y si con suerte resuelves todo, te atracan, o caes enfermo y sin medicinas, o llegas a casa sin luz ni agua, o el gobierno decreta una nueva medida, o más impuestos, o más cadenas nacionales… Así estamos. ¡Vota!

Ángel Arellano

lunes, 19 de octubre de 2015

Cuando nos hicimos magos (II)

 
El relato de aquella mujer resultaba la encarnación de todos los titulares de la prensa: crisis, escasez, caos, sufrimiento. Como si las noticias se hubiesen consumido en un solo parlamento.
-Espéreme un segundo aquí, por favor –notifiqué para desplazarme hacia el mostrador y pedir dos botellas de agua. Había visto que un hombre salía del establecimiento con un par de cajas de agua mineral, cosa sumamente extraviada de las neveras de los comercios.
Pagué ambas botellas con 30 bolívares. Cuando se la acerqué a la mujer, noté en su mano izquierda la áspera textura de quien las usa para trabajos arduos. La escoba, la esponja, el cepillo, la ropa, los niños, el martillo, el alambre, el destornillador, el machete y todos los implementos que pasan a diario por esas manos, develando más sacrificio y esfuerzo que detalles de manicura y cuidados delicados.
Aproveché para repetir algo que por lo general había escuchado en muchos lugares.
-¿Cómo no vamos a estar viviendo las miserias de esta crisis si con lo que vale un dólar yo compro por lo menos 46 botellas de agua como esta? Las dos me costaron 30 bolívares y el dólar está en más de 700 bolívares. Me pregunto si solo la etiqueta puede tener ese valor. Este desbarajuste nos tiene a todos así como anda usted, con una mano en el sustento y con otra cargando la vida.
-Gracias por el agua, chamo. Allá arriba en el hospital no hay nada. En toda la noche tomé un jugo que me dio una señora que estaba conmigo, durmiendo sentada en un pasillo, porque no hay sillas, no hay algodón, no hay jeringas...
Su voz era el canal por el que se expresaba la tristeza y la indignación. Un segundo bastó para que el quebranto inundara los ojos de aquella mujer y rompiera a llorar.
Supe que se llamaba Luisa porque un motorizado que la reconoció gritó el nombre antes de levantar la mano para saludarla. Contó dos o tres detalles de su pernocta entre zancudos, calor y rezos de los parientes que esperaban la mejoría de sus familiares en el hospital. Fueron 10 ó 15 minutos de conversación y a mí me parecía que conocí toda su vida. Lo que salía de su boca era una imagen de lo que se veía en todas partes. Nunca fue tan difícil vivir en un país en el que todo había parecido ser siempre fácil.
Persistí en mejorar la radiografía que ya tenía sobre ella y lancé otra interrogante.
-¿Y tus niños estudian?
-Bueno, los dos grandecitos sí. El otro está muy pequeño todavía. El mayor tiene ocho años y vive con mi mamá en Guanta, allá está yendo a la escuela. Ella me ayuda porque no podemos tenerlos a todos en la casa.
La calculadora que montaba guardia en mi cabeza comenzó a hacer estimaciones de la edad de la mujer con respecto a la edad del hijo mayor. –Si efectivamente tenía 25 años, como yo creía, dio a luz por primera vez a los 17 años –pensé, una edad por lo demás precoz, común denominador en la mujer venezolana que reproduce a nuestra raza.
No había tiempo para digresiones. Ella continuaba su cuento.
-Nada más con los útiles uno se vuelve como loca –prosiguió. –La escuela pide y pide pero ¿cómo se hace si no alcanza? Aquí los únicos que tienen dinero son los que están metidos en mafias o los que andan por ahí revendiendo carísimo. En el barrio los que tienen bastante dinero son los malandritos que después que el gobierno les dio de todo, porque por allá incluso fue una vez un concejal con una gente de la alcaldía y hasta motos rifaban en unas bebederas de cerveza y anís que montaban, ahora no hayan qué hacer con ellos porque andan robando a todo el mundo pistola en mano.

Ángel Arellano

lunes, 12 de octubre de 2015

Cuando nos hicimos magos (I)

Si los ojos de aquella mujer narraran todo lo que han visto, capaz ofrecieran un relato detallado de la vida del venezolano promedio, el que brinca charcos que crearon las tuberías rotas, invierte buena parte de su tiempo en la irritable espera del autobús de turno o guarda en las gavetas de la cocina algunas velas para iluminar la casa cada tanto, cuando el apagón visita y se queda a dormir.
                Ella descendía del bulevar de comercios que hacen antesala al Hospital Luís Razetti de Barcelona. Caminaba apurada con un trío de bolsas en la mano derecha, el morral de madre a cuestas y la criatura entre sus hombros. Un pañuelo de una tela rosada y delgada, con el centro transparente, producto del uso y desgaste, protegía al bebé del sol anzoatiguense. El calor evaporaba cualquier atisbo de sonrisa en un rostro que parecía invadido por el estrés y la incertidumbre.
                Cuando una de las bolsas que llevaba cayó al suelo, apresuré la marcha para ayudarla.
                -¡Epa! Espérate. Aquí está tu bolsa.
No era una mujer mayor, capaz tenía mi edad. Era exagerado pensar que superara los 25 años. La bolsa contenía un paquete de 32 pañales y en su mano llevaba otro idéntico. Recordé que aquella mañana la gente corría de un lado al otro, y a los pies del hospital, se observaba una fila de más de 400 personas, de acuerdo con mis estimaciones a vuelo de pájaro: esperaban comprar pañales en una farmacia, un producto atesorado en la Venezuela de la escasez y el hambre.
-¡Coño! Gracias, creí que te la ibas a llevar –respondió luego de un sorbo de aire que la tranquilizó.
-¿Y por qué me voy a llevar esos pañales? Eso no se hace.
-Carajo, si eso es lo normal. La vez pasada estaba en el (Abasto) Bicentenario cuando se armó un rollo ahí. La Guardia llegó justo después cuando iba saliendo con las bolsas y me quedé sin nada por culpa de aquél peo en medio del gentío. Menos mal que andaba sola.
Periodista al fin, no pude asfixiar una pregunta.
-Ah, pero no andabas con tu niña por ahí, que bueno.
-No es mi chama, es mi sobrina. La traje al hospital anoche porque no le bajaba la fiebre y no conseguía un remedio. Hoy temprano le dieron de alta porque no hay donde tenerla y le bajó la calentura. Me metí en esa cola a ver qué había y compré rápido porque me vieron con la niña, porque si no, bueno, estuviera llevando más sol que una teja.
La acompañé a cruzar la calle y se detuvo debajo de la sombra que brindaba una panadería justo enfrente de la parada de camionetas y camiones que hacen de transporte público.
-¿Cómo haces para cargar todo eso? –volví, curioso.
-Así como voy, con todo encima. No has visto nada. Cuando se consiguen las cosas, la harina, la leche o la azúcar, a veces en los chinos o en el mercado, uno aprovecha, y como venden regulado, cargas con lo que te dejen llevar, si no ¿qué vas a comer?, ¿qué comen los carajitos? Uno aguanta hambre a veces, pero los niños no tienen la culpa de lo que está pasando –respondió.
Su aclaratoria fue un desahogo. Cuando agregaba líneas al diálogo, inhalaba aire con fuerza, dejando entrever alguna dificultad respiratoria de diagnóstico desconocido.
-A veces pareciera que fuéramos magos rindiendo la comida, estirando todo, pidiendo fia’o, de aquí para allá.
La criatura debajo del pañuelo contaba algunos meses desde su llegada al mundo. Su vida, tan frágil, dependía de aquella mujer que había dormido algunos minutos en los pasillos del hospital esperando la buena nueva del médico de guardia para retornar a casa. Nunca abrió los ojos, entregada a un profundo sueño en el sauna de los mediodías de barceloneses.

Ángel Arellano

domingo, 20 de septiembre de 2015

Las paradas se quedaron sin autobuses

(Versión original)

*
         Desde el fondo de la unidad observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportan los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Quienes viajábamos en el autobús no podíamos mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. Un puñado de segundos eran acompañados con diminutos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
         “Ta’ vacía’o. Suba, suba. Cárcel vieja, chica, fuente”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos al azar en la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche, la idiosincrasia nacional. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
         En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club que en Venezuela no tiene beneficios, llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de franela azul porque arbitrariamente la unidad decretó el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
         Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa sostenían con sus piernas las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos. El dato propagado por la televisión oficial que afirma que Venezuela es el país más feliz del mundo, era combatido por las almas que iban en el autobús.

**
         La ruta exigía trasbordo. Cuando el colectivo se detuvo en alguna parada con un nombre no registrado, un mar de almas se había amontonado para subir. Esta muchedumbre tenía quizá una o dos horas esperando, un espacio de tiempo similar al que yo había demorado en el centro de Puerto La Cruz para conseguir un transporte que me llevara a casa.
         Las paradas se han quedado sin autobuses, cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de los repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
         En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo y cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos. El canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener a otro con vida. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
         Las paradas dan cancha a una larga espera. En algún momento, no tan lejano, sólo la acostumbrada señal con el brazo, o el agudo silbido de costumbre, detenía diversas busetas, carritos y autobuses de todos los tamaños que pasaban gritaban sus rutas en busca de clientes. Era un intento de competencia en un mercado que tenía muchos demandantes. Hoy día, pasan sin saludar, van saturadas de pasajeros. Paradójicamente, todos dentro del vehículo comparten la misma desgracia: el desabastecimiento los ha tocado, los altos precios los espantan y están aterrorizados por la inseguridad. Nadie se salva. Usuarios, colectores, choferes y vehículos son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.

***
         Una hora después, tomé una pequeña buseta. Las ventanas eran cuadros de cartón y cinta adhesiva que adornaban la estadía. El hombre tras el volante nos contó en el trayecto que durante un robo algunos disparos quebraron casi todos los vidrios. No obstante, la buseta sigue siendo un empleador importante: con ella se lucra el propietario que la alquila a un intermediario, quien se encarga a su vez de rentarla al chofer y éste recluta un colector, la más de las veces menor de edad. El vehículo cumple con la misión de alimentar todas esas bocas de la cadena. El intento es titánico, así la historia de todos los transportistas.
         En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pudieron subir a la buseta, arrancaron la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a casa. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que no ha escaseado.

Ángel Arellano

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sobre la escasez de autobuses


         Desde el fondo del autobús observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportaban los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Los pasajeros no podían mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. El viaje era acompañado con bruscos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
            “Ta’ vacía’o. Suba, suba. ¡Cárcel Vieja, Chica, Fuente!”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos distribuidos al azar por la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
            En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de camisa azul. Arbitrariamente la unidad había decretado el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
            Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa cargaban con las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos.
            Las paradas se han quedado sin autobuses porque éstos cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
            En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo, cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos: el canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener con vida a otro. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
            Todos dentro del autobús comparten la misma desgracia: el desabastecimiento, los altos precios y la inseguridad. Nadie se salva. Pasajeros, colector, chofer y vehículo son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.
            En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pueden subir al transporte, arrancan la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a sus hogares. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que se consigue en todos lados.
        
Ángel Arellano

lunes, 10 de agosto de 2015

El pueblito y su pobreza

 

La angustia se apoderó del pueblo al saber que el kilo de verdura alcanzó los 100 bolívares. Iniciando el año, en enero, los cartones que anunciaban los precios en los tarantines de la avenida principal, al igual que en los pequeños locales del Mercado Municipal, resaltaban "Verdura a 25 el kilo". Ahora, apenas siete meses más tarde, el monto se multiplicó por cuatro.
En las casas del barrio las sopas se hacen con el mismo hueso. Quedaron para el recuerdo los cruzados de res con pollo y los suculentos sancochos de pescado. El kilo de lagarto llegó a los 600 bolívares y el de pollo a 500. Del solomo se olvidaron porque con un kilo en 1200 bolívares ya nadie quiere saber de bistec. Si antes era costoso hacer un parrillita, ahora lo es veinte veces más. Un lujo. La proteína desapareció del plato en que come el pobre.
Aun cuando el pueblo está rodeado de fincas, hatos y tierras productivas, cercanas al río y con un clima que permite la siembra durante todo el año, no hay vacas, ni gallinas, ni cosechas. Los pocos peces que sacan las atarrayas son algunas guabinas, buscos, bagres y loras captadas en la laguna.
Los chanceros que esperan turno en el muro del cementerio para que algún patrón eventual los invite a limpiar un patio, levantar un muro, "echar" un piso o acomodar la línea de alguna parcela, recogen las piedras del asfaltado que no ha llegado a la avenida principal. A los ingenieros de la Alcaldía se les ocurrió romper toda la vía y ahora la polvareda es tremenda. Las máquinas para tal labor se encuentran cumpliendo otras funciones en nombre del "socialismo", la "patria" y vaya usted a saber qué otro eslogan.
En el pueblo no hay trabajo. Los muchachos, cuando no andan matando el tiempo vendiendo lotería o taxiando en una moto, alzan vuelo hacia la ciudad. Pero allá tampoco encuentra nada. Los recibe la crisis con los brazos abiertos. Tanto estudiar, tanto sacrificio, tanto desvelo, para terminar buscando un sitio en el bachaqueo, el único oficio rentable que no exige currículo ni conocimiento.
El viejo que llevaba en la espalda su machete envuelto en papel periódico luego de una faena cortando el monte en el fondo de una casa colonial, exclamó un punto de encuentro: "¡a lo que hemos llegado!". Quien lo acompañaba, el aparente ayudante, respondió: "¡y lo que falta!".
En el pueblo las colas para tomar el autobús son enormes. El número de habitantes se multiplicó en menos de tres lustros, pero la cantidad de unidades de transporte decreció. En la avenida esperan una, dos, tres, cuatro horas. La Alcaldía, tras demoler la vieja parada, pequeña y agrietada, prometió un terminal “de primer mundo”, avalando inconscientemente el abismo que existe entre el pueblo y la civilización moderna. Pero el nuevo alcalde ya va para dos años en la silla y no ha puesto ni un tabelón en el sitio. Una mata de mango con escasa sombra recibe y despide a propios y visitantes.
Al pueblo llega a cuentagotas el arroz, la pasta, el jabón, el aceite, los bombillos, los remedios, los repuestos. Estar rodeado de tierra fértil no sirve de nada porque el gobierno nos dijo que lo importante era la integración con nuestros hermanos latinoamericanos. Por eso comemos caraotas de Nicaragua, pollos de Brasil, atún de Ecuador y carne de Argentina. Nada es hecho en casa.
El campo muere de mengua y el pueblo llora por un vaso de leche. El tractor se quedó sin cauchos, al camión se le dañó el motor y la cosechadora espera por una batería nueva. Volvimos a los tiempos del burro, el conuco, el fogón y la leña, justo cuando nos decían que la Revolución iba pa' lante.

Ángel Arellano

martes, 4 de agosto de 2015

¿Qué sucedió en San Félix?

 
         Una explosión social a menor escala censurada por los medios de comunicación de largo alcance exceptuando las hasta ahora “libres” redes sociales (a pesar de que sean otro espacio para la persecución).
         La ola de saqueos se desarrolló en varios puntos del país, todos con la coincidencia del desabastecimiento. Guayana fue el foco más importante, el que captó toda la atención. El saqueo es una respuesta a la escasez, y, aunque es un método violento que por su naturaleza anárquica, destructora de la propiedad, se distancia de los mecanismos cívicos y democráticos para exigir respuestas a la crisis nacional, es una realidad que está allí, latente, muy presente en cualquier región esperando para hacer erupción.
         En Guayana, el gobernador oficialista se encontraba concentrado en la “Expobolívar” para el momento de los hechos. Un evento que reúne, según informó a la prensa, más de 300 expositores entre “inversionistas, productores, industriales y nuevos emprendedores”. Esta es la ficción, la fábula narrada por el gobierno en la que el estado Bolívar es un referente, un “polo en franco desarrollo” como lo bautizaron los ingenieros de Harvard y el Massachussetts Institute of Technology cuando participaron en el diseño de la ciudad de Puerto Ordaz hace más de cincuenta años atrás sin saber que hoy sería ejemplo de caos urbanístico y desorden existencial. En la vida real, la hemeroteca más simple recoge miles de reportes, boletines oficiales, investigaciones y testimonios extraoficiales que soportan la verdad verdadera: las empresas básicas de Guayana, emblema de la región, tienen años en quiebra manteniendo sus gruesas nóminas con asignaciones especiales del Gobierno Nacional sin generar ningún aporte al país más allá de un modelo expropiación absurda de lo que antes era productivo y rentable, para convertirlo en una rémora que desangra al Estado. De tal manera que una “Expobolívar” sólo tendría lógica si exhibe las ruinas de la Corporación Venezolana de Guayana, las mafias del oro y la contaminación de su extenso reservorio natural, comenzando por “El soberbio Orinoco” de Verne.
         En este marco han ocurrido en Bolívar una serie de saqueos que cobraron la vida de un ciudadano y dejaron más de tres decenas de heridos, de acuerdo con los números oficiales. Igualmente, el balance arroja pérdidas materiales incuantificables y una sociedad en shock.
         El espectáculo se apoderó de inmediato de la noticia. La imagen del charco de sangre en que dio su último respiro el fallecido copó las redes sociales. En segundos la expresión en todos los círculos sociales que conversaban sobre estos hechos, era la siguiente: “¿Viste? ¡Aquí va a venir un peo!”.
         Tras los hechos de San Félix llegaron informaciones de otros altercados de menor nivel pero que preocupan igual que el primero. ¿Por qué? Se ha subestimado la reacción que puede tener la población general ante una situación de crisis que asfixia a la familia venezolana y atenta contra su necesidad más inmediata: el hambre.
         Mientras el show continúa en cadena nacional y los canales de televisión públicos y privados no sólo obvian la tensión sino que suprimen la noticia de lo acontecido en Bolívar; mientras el debate de la élite política de ambos sectores está concentrada en el evento electoral, el oficial dedicado al abuso y el opositor colocándole velas a “san acuerdo”; mientras el dólar sube y los economistas hablan en su complejísima jerga sin que la mayoría comprenda; mientras la cultura, la reflexión y la educación son elementos que no están en la agenda del pobre porque su prioridad es comer; abajo, en la sociedad llana, en la tierra y el asfalto, donde todos somos iguales, el descontento sigue en vertiginoso ascenso, nuestra indiscutible bomba de tiempo.
         No se puede obviar el hambre de la gente. Rememorando unas palabras antisistema de Rafael Caldera a manera de ilustración y no de invocar los hechos que la inspiraron, podemos decir que “es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer”. Y el problema es ese, la democracia, el respeto a un sistema que funciona y funcionó en este país, pero que 16 años de condena lo han mostrado, con el agregado de que buena parte de la sociedad convalida esta aseveración, como un hecho borroso, impreciso, de difícil recuerdo.
         Si algo nos va a costar luego de esta crisis y de reinstitucionalizar el Estado, es acostumbrarnos a producir, volver a ver los anaqueles llenos, volver a ahorrar, volver a invertir legalmente, neutralizar el bachaqueo y mantener a raya al abuso, la palanca y la rosca.
         ¿Queremos un estallido social? ¿Queremos una vaguada de saqueos en todo el territorio? ¿Queremos que la democracia termine siendo un objeto inalcanzable en vez de un fin en sí mismo? Recojo una reflexión que encaja en este momento, proviene de un ensayo del filósofo español Julián Marías, citado por el doctor Ramón Guillermo Aveledo en su discurso ante el “Diálogo con justicia por la Paz” del año pasado: “Los políticos, los partidos, los votantes, ¿querían la guerra civil? Creo que nadie la quiso entonces, pero ¿cómo fue posible? Lo malo es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil, quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al otro con el mal. c) No tenerlo en cuenta ni quiera como pedido real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo del medio políticamente, físicamente si es necesario. Se dirá que esto es una locura, lo era, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica”.
         No porque algo esté quieto significa que deja de representar un peligro latente. A veces el ruido ensordecedor viene precedido de un silencio sepulcral en el que nada más se perciben algunas voces, ondas lejanas que claman por el orden y la cordura. Un fragmento que no he dejado de referir últimamente es el siguiente, extraído del libro “Ideología, alienación e identidad nacional” de la socióloga Maritza Montero: “Lo que ha sido reprimido, suprimido y negado continúa ocupando un lugar y no ha dejado de existir por el hecho de que haya sido ocultado e ignorado”.
         Hay un volcán esperando que el engranaje del reloj marque su tiempo. Nadie quiere que explote pero nadie hace algo para evitarlo. Por un lado, el régimen protagoniza una épica de agitación, confrontación, propaganda y uso de todos los poderes en contra de su adversario. Por el otro, la disidencia resiste los embates con una debilidad estratégica central: carecen de un plan común, pactado y acordado que trascienda la coyuntura electoral ante una eventual sustitución del gobierno vigente, bien por una victoria tajante sobre el chavismo en la Asamblea Nacional, bien en un escenario de transición, bien en unas elecciones generales anticipadas, bien en un referendo a Nicolás Maduro, etc. Los actores pueden prevenir la erupción. El oficialismo querrá, como de costumbre, profundizar en el clientelismo, las dádivas y el engaño. La oposición puede orientar el descontento hacia una fulminante derrota del gobierno, un pase de factura que agrupe a radicales, indecisos y “chavismo light” llamando a castigar la crisis a través del voto, el principal activo de la democracia.


Ángel Arellano

jueves, 30 de julio de 2015

Hasta los billetes escasean

-Y tú, ¿qué bachaqueas?
-Billetes.
-¿Cómo?
-Ahora no se consigue efectivo en el banco. Yo lo acumulo y cobro un porcentaje.
-¡Cristo! 
- ...

Pues sí. El dinero en efectivo también escasea. La promotora que me atendió en el banco me confirmó la información. No hay billetes. Los bachaqueros incluyen en su catálogo de productos el cobro de comisiones por entrega de efectivo. El Bolívar fuerte desaparece.

Ángel Arellano

martes, 28 de julio de 2015

Las vacaciones de Manuel

 
-¿Cómo te llamas?- le dije al muchacho que colocaba los alimentos en bolsas plásticas luego de rodar por la bandeja del cajero en el pequeño abasto en el que encontré (¡por fin!) el botellón de agua que buscaba.
-Manuel. Gracias por su compra y no deje de visitarnos, señor- respondió alegre. Era su coletilla de cierre. La usa para todos los clientes que tras aceptarle las bolsas con las compras, le dejan propina.
-Gracias chamo, no soy señor. Supongo que aún no. Soy otro chamo, solo que un poquito más grande que tú. ¿Qué estudias?
-Sexto grado… bueno, ya estoy en primer año.
-¿En dónde?
-En el (Liceo) Calatrava de Lechería.
-Ya. Qué bueno. Rayaste las franelas blancas porque pasaste a ser camisa azul, me imagino.
-No señor. Las dejé para que mis hermanos estudien.
-¿Cuántos son en tu casa?
-Cinco. Mi mamá, mi papá, mis dos hermanos y yo. Les daré las franelas a ellos porque todavía estudian en la escuela y no tenemos para comprar más.

Por curiosidad, quise indagar más.
-¿Y estudias mucho? ¿Por qué estás aquí trabajando?, pregunté.
-Estudio en las mañanas y trabajo en las tardes. Ahorita aprovecho para trabajar todo el día porque ando de vacaciones. Estoy reuniendo para comprar el uniforme. Mañana voy a Puerto La Cruz con mi papá a buscarlo.
-¿Cuántos años tienes Manuel?
-Doce, señor. Soy el mayor en mi casa. Después de mi papá, obviamente.
-¿Y cuánto debes reunir para comprar lo que necesitas?
-Bueno, bastante señor. La semana pasada fuimos a ver unos zapatos más o menos. Estaban en 1800 Bs. Hoy me dijeron que subieron y están en 2000 Bs. Mañana voy a ver si puedo comprarlos.
-¿Y qué más te hace falta?
-Bueno, de todo. Usted sabe: cuadernos, franelas, lápices, reglas, compás… El morral se me rompió el lapso pasado. Lo usaba desde primer grado. Demasiada pela le di. Ahora llevo los cuadernos en la mano porque no tenemos para uno nuevo.
-¿Y con lo que ganas aquí puedes reunir lo suficiente?
-No, claro que no. Bueno, no creo. Yo aquí me siento en este banquito de acá, ayudo a revisar los botellones de agua a ver si no están rotos, embolso las cosas y la gente me ayuda con algo. El turco me da permiso de estar aquí sentado y como soy un niño nadie se mete conmigo.
-Manuel, pero no eres un niño. Eres un hombre, con responsabilidades de hombre y estás asumiendo un compromiso con tu familia y con tu futuro al ser tan disciplinado. Trabajar es algo importante.
-No sé, señor. Lo que uno se gana aquí sí es verdad que no alcanza para nada. Ya el año escolar va a comenzar otra vez y yo necesito comprar mis cosas para seguir estudiando. Estas son mis vacaciones.
-¿Qué otra cosa te gustaría hacer?
-Jugar claro y pasear. Yo antes jugaba pelota pero me sacaron. Uno no puede hacer más nada señor. Todos los días sube todo. Me lo dice mi mamá. Si yo compré un Doritos hoy en 80 Bs. y la semana pasada lo compraba en 50 Bs. En estos días se enfermó mi hermanito que tiene siete años y mi papá me dijo que no había remedio para la fiebre. Entonces uno tiene que trabajar. Toque el bolso, vea, tóquelo- me indicó, llevando mi mano al pequeño morral que tenía terciado en el pecho. Estaba lleno de monedas de un bolívar, billetes de baja denominación y uno que otro caramelo de menta, de esos que utilizan los cajeros para redondear el vuelto de una cuenta.

Esto sucedió hoy. El reloj marcaba las siete de la noche en Lechería. Buscaba algún comercio que vendiera botellones de agua pues ahora están algo escasos. Sería extraño que no fuera así.
El diálogo duró unos minutos. En ese corto tiempo escuché las palabras de este muchacho que apenas cuenta 12 años y trabaja para colaborar con su humilde familia, de precarios ingresos y mucha necesidad. Así miles en toda Venezuela. Así millones en el mundo. Paradójico que el socialismo prometiera un apoyo cuantioso al estudio de los niños y jóvenes del país al tiempo que destruía cualquier posibilidad de desarrollo en los planes de asistencia al estudiante.
Escuchando a Manuel recordé los pantalones y las camisas de la beca, o “bequeras”, como decíamos en la escuela. Estudié en una escuela pública, al igual que él, pero en aquel tiempo, el preámbulo al desmantelamiento de la democracia, aun subsistían algunos programas que ayudaban a los estudiantes de bajos recursos. Como mi sitio de estudio era un pueblo en el que las mayorías de las instituciones académicas estaban calificadas como rurales, la totalidad de la matrícula recibía la dotación. No olvido los morrales azules oscuros con las iniciales “ME” alusivas al Ministerio de Educación. Cuadernos, lápices y libros, servían de apoyo y estímulo para seguir estudiando.
            En contraste, un estudiante sin comodidades económicas, en el corazón de la metrópoli de Anzoátegui, solo cuenta con el olvido del rentismo. El abandono del presupuesto nacional. Su poquito de petróleo no llegó, así como las “canaimitas” que en algún momento le prometieron pero que nunca entregaron. Así miles. Así millones.


Ángel Arellano

lunes, 20 de julio de 2015

Violencia y odio en la cola

  ¿Por qué se desató la violencia en la cola? ¿Por qué dos mujeres iniciaron una pelea con tanta furia en el supermercado? ¿Por qué el remolino de odio persuadió a otros que intentaron apartarlas y luego se unieron al reparto de golpes, insultos y maldiciones? ¿Por qué los funcionaros policiales que atendieron la situación terminaron rebasados por la trifulca y por qué nadie se espantó cuando hubo disparos al aire y casi todos quedaron inmóviles para no perder su puesto en la fila?
                Lo primero: una mujer, “¡de viva!”, se instaló por sorpresa en los lugares preferenciales (más cercanos al portón) de la larga cola en la que cientos de almas esperaban el camión cargado de productos regulados que se trasladaba hacia el supermercado. Sin embargo, el vehículo tenía unas doce horas de retraso y extremó los ánimos de los asistentes. La respuesta desproporcionada de otra mujer, que tiró por los cabellos a la primera, atendió al cólera de tolerar más abusos en lo que ya resulta una humillación: invertir muchas horas en comprar algunos alimentos.
La escasez ha disparado los niveles de violencia en la sociedad. Existe una predisposición general de responder de la peor manera ante una situación que atente con el puesto en la cola. Esta conducta se evidencia igualmente en las personas que, en un intento por separar a las féminas, terminaron sumándose a la golpiza.
Lo segundo: la Venezuela sin valores, el país en el que ha predominado durante los últimos 16 años el lenguaje bélico, los improperios, insultos y amenazas, recoge los frutos de su siembra: el desbordamiento de la violencia. Hay odio en las calles, estupor, antagonismo. La sociedad venezolana hoy se caracteriza por su insensibilidad. Las buenas costumbres, los modales y la urbanidad son cualidades rezagadas a un fragmento muy pequeño y en extinción. Ese odio, esa animadversión, sobrepasó la capacidad de la policía para controlar la escena. La rabia desbordada mutó en algo superior, pero, además, la respuesta de la gente, en conexión con esa reacción, fue la de no moverse de su sitio, privilegiar el puesto de la fila por encima de cualquier situación hostil.
Un último dato, quizá lo más esclarecedor. Al final de la reyerta, todos en la cola murmuraban los detalles: quien intentaba burlar a los presentes para ubicarse entre los primeros con opción a entrar al supermercado era una “inspectora popular”, figura creada por la Superintendencia de Precios Justos para velar por la correcta venta de los productos regulados. Muchos en la cola conocían el proceder de esta combatiente de la revolución por hechos suscitados en ocasiones anteriores, empero, los oficiales de la Policía Nacional Bolivariana no habían atendido el caso y terminó saliéndose de cauce. Las autoridades han promovido la impunidad y con ella la arbitrariedad de quienes con una franela roja pretenden imponerse ante la desgracia de todos los que esperan por la compra de productos de primera necesidad.
“Lo que ha sido reprimido, suprimido y negado continúa ocupando un lugar y no ha dejado de existir por el hecho de que haya sido ocultado e ignorado”, refiere Maritza Montero en su estudio “Ideología, alienación e identidad nacional”. Somos habitantes de la barbarie, coexistimos con el desprecio y la repulsión. Tanto odio inyectado desde las esferas del poder ha colocado a la sociedad en el centro de una espiral de violencia en la que cualquier hecho, por mínimo que sea, puede terminar en un altercado, cuando no en tragedia.

Ángel Arellano

miércoles, 15 de julio de 2015

Sobre las propuestas económicas de Capriles: ¿Quién es el enemigo?

 

         Ayer un muy ponderado Henrique Capriles presentó un conjunto de propuestas económicas urgentes para atender la grave crisis económica que viven los venezolanos. La tarea no fue sencilla. A pesar de que la asistencia de los reporteros a la rueda de prensa era significativa, la mayoría de los periódicos nacionales y televisoras en señal abierta le restaron importancia, cuando no la obviaron.
         Lo que iniciando el día generó gran revuelo llegando a posicionarse entre las primeras tendencias de Twitter y levantando expectativas en todos los sectores de la oposición y del oficialismo, al final de la tarde terminó opacado. ¿Por qué? La relevante dirigente política María Corina Machado informó que la Contraloría General de la República le había impuesto una inhabilitación política por los próximos 12 meses. Como era de esperarse, los medios de comunicación voltearon la mirada ante la desgracia de esta diputada defenestrada de su curul en el pasado y las reacciones ante lo sucedido coparon la palestra.
         Vale preguntarse: ¿es mera coincidencia que justo el día en que Henrique Capriles le expone a la nación (y le exige al gobierno) una serie de decisiones pertinentes y viables para “llegar hasta diciembre”, sea cuando la Contraloría envíe un oficio a la diputada Machado para que se dé por enterada de que no volverá, por lo menos en la próxima legislatura, de haber elecciones, a la Asamblea Nacional? Creo que no. En buena medida al gobierno le resulta positivo que del lado opositor se piense que estos hechos se desarrollaron el mismo día por cuestiones de azar o que uno tiene menos importancia que el otro, pues lo mismo ha sucedido con la muerte, tortura, desaparición, cárcel y represión a los sectores estudiantiles, la aprehensión de ciertos dirigentes políticos clave y la persecución a otros que han realizado denuncias de gran calibre que desmontan el mensaje de austeridad, humildad y sencillez que el socialismo ha intentado propagar.
         No obstante, a pesar de la estruendosa noticia de la inhabilitación a la diputada Machado, diversos economistas y opinadores de oposición mostraron sus “profundas” diferencias con las propuestas del gobernador del estado Miranda. Se ocuparon más de criticar la iniciativa del plan “para llegar a diciembre”, como lo denominó Capriles, que de enfocar sus energías en algún otro aspecto. En pocas palabras, condenaron a otra víctima de la crisis, no a los generadores del problema. A todas estas: ¿qué propuso Henrique Capriles como soluciones de emergencia para un país convulsionado por todos los costados? Veamos:

1.)  Ajuste salarial lineal del 50% para la recuperación del ingreso de los trabajadores.
2.) 250 millones de dólares para un fondo de útiles escolares para atender el regreso a clases del mes de septiembre y beneficiar a nueve millones de estudiantes.
3.) Detener la impresión de billetes de baja denominación: el material cuesta más que lo que representa.
4.) Devolver las empresas expropiadas a sus dueños.
5.) Campaña de motivación al personal de 293 empresas expropiadas y 14 conglomerados de producción nacional para reactivar lo hecho en Venezuela.
6.) Replantear convenios con países que reciben precios preferenciales por el suministro de petróleo.

Antes de finalizar su exposición manifestó que estas propuestas se habían elaborado con el concierto de un grupo de economistas venezolanos. Explicó cosas simples, de fácil entendimiento para el ciudadano común: con un millón de dólares destinado a la producción nacional de alimentos se pueden obtener 2,6 millones de kilos contra 0,56 de los que se obtienen por medio de importaciones; la inflación puede cerrar en 200% en diciembre; 2015 es el año de mayor pobreza en los últimos tres lustros; no es fácil levantar el control de cambio en el corto plazo. ¿De dónde saldrían estos recursos? En el marco del plan, el dinero para atender la contingencia de la producción nacional proviene de los más de 9500 millones de dólares que adeudan los diferentes convenios que Venezuela tiene con países afiliados a Petrocaribe, un cifra por demás relevante para reimpulsar el sector industrial y atenuar la escasez en los rubros principales: alimentos, medicinas y repuestos de vehículos.
Henrique Capriles usó un lenguaje sencillo. Sin mayores adornos expresó una serie de argumentos que el venezolano en general comprende. Ya de por si la frase con la que titularon los pocos medios que recogieron la información es digerible, sugerente y poco fantasiosa: “para llegar a diciembre”. Los ataques contra esta iniciativa priorizaron lo teóricamente correcto por encima de lo políticamente práctico, y aunque ciertamente la crisis que vive Venezuela es gracias a la improvisación, el empirismo y la falta de conocimiento de sus gobernantes, es momento de audacia frente a la desesperanza y la angustia que vive la gente. Los economistas manifestaron que tales o cuales ecuaciones hacían imposibles algunas de estas medidas, prevaleciendo todo lo difícil de digerir por encima del sentimiento de fracaso nacional: aumento de la gasolina, incremento general de precios, liberación del control de cambio, etc. Si bien es cierto que los correctivos estructurales para reencauzar el país a estas alturas no dejan de ser traumáticos, no es menos cierto que los culpables de esta situación están en el gobierno, no en la oposición.
¿Quién es el enemigo? ¿Capriles y su plan o el gobierno y su crisis? ¿La presentación de estas propuestas “para llegar a diciembre” obliga su aplicación por parte de un gobierno que se ha burlado de todas las recomendaciones hechas por amigos y contrarios? La miopía de quienes se han dado la tarea de publicar sus “profundas” reservas con esta iniciativa deja claro que la oposición sigue sin unirse en un plan común. Arremeter contra una propuesta particular de su ex candidato presidencial, gobernador en ejercicio y uno de los referentes que aparece con un porcentaje apreciable de aceptación nacional en los estudios de opinión, aun cuando hoy en día existan otros perfiles muy importantes que igualmente han desarrollado actividades individuales como el líder Leopoldo López o el gobernador Henry Falcón, independientemente del más o menos apoyo que hayan recibido de la ciudadanía, demuestra la falta de coherencia y seriedad que existe en el lado adverso al gobierno, cosa que el chavismo celebra, difunde y potencia.
Este plan ha sido entregado a la Mesa de la Unidad para que lo observe y revise. Es cuestión de audacia, esa palabra necesaria para salir del atolladero que nos afecta a todos por igual.
Sería una insensatez no decir que el chavismo desde su ascenso al poder ha manejado la agenda política del país imponiendo una infinidad de eventos que buscan mantener a todos ocupados en la opinión y la discusión sobre las mil y un formas en que se ha debido abordar tal o cual situación, en vez de ejecutar una agenda propia, alternativa al proyecto gobernante. Es por eso que como se ha manifestado hasta la saciedad, al gobierno de Maduro le genera dividendos el que la oposición no acuerde una agenda unitaria  de activismo (con una Tarjeta Única, por ejemplo) en vez de ocuparse de lo que debe ser su foco indiscutible: las elecciones parlamentarias.
Cada vez que la oposición exhibe sus diferencias internas, el gobierno gana. Cada vez que las posiciones divergentes en el seno de la MUD permean la opinión pública, el gobierno gana. Cada vez que la “candidaturitis” se hace la norma para demostrarle al país que los acuerdos vía consenso en la MUD siempre dejan problemas, las más de las veces irreconciliables, el gobierno gana. Cada vez que aparece una tercera, cuarta o quinta vía, iluminada, sabionda, predestinada, el gobierno gana. Cada vez que la oposición no cierra filas para apoyar a sus diferentes partidos o dirigentes por desacuerdos programáticos aun cuando en el fondo persigan los mismos objetivos, el gobierno gana. Y ante esta situación, ¿qué han hecho muchos de los que se dicen opositores pero cuya necesidad personal priva sobre el interés nacional? Seguir errando.

 Ángel Arellano