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martes, 13 de enero de 2015

¿Qué cambió con Chávez?

El chavismo desde su inicio ha sido el símbolo más ilustrativo del
lago negativo que hemos tenido paciente durante mucho
             El apalancamiento de la figura de Chávez en la escena política de Venezuela no dependió únicamente de su forzosa aparición tras un golpe de Estado fracasado, se debió a un tejido de situaciones entre las que figura la descomposición del sistema institucional democrático, perturbado y disminuido por la crítica que ventilaba la totalidad de los sectores que influenciaban la opinión pública, así como la decadencia de una administración estatal cada vez más ineficaz, divorciada de las demandas nacionales y marcada por una corrupción que, como dice Ramón Escovar Salom, uno de los sepultureros más efectivos del puntofijismo, era “prácticamente artesanal” antes de la abundancia y el despilfarro que trajo consigo el V Plan de la Nación y “La Gran Venezuela” de los setentas.
En palabras de Carlos Rangel: “Las naciones no viven en un vacío, sino que sufren o disfrutan de la red de relaciones de fuerza tejida entre todos los centros de poder del mundo. De modo que la desaparición de un gobierno o su entronización, la estabilidad o el naufragio de un tirano, de un demagogo, de un demócrata pueden deberse a causas mucho menos obvias que la intención armada”.
            Es incongruente la afirmación de que con Chávez cambió el patrón de valores que rige a la sociedad venezolana. La Revolución Bolivariana es un saco de argumentos vacíos. Los últimos 15 años de la historia nacional han sido terreno fértil para la reivindicación exacerbada, hasta llegar a niveles evidentemente dañinos y tóxicos para la institucionalidad y la independencia de los poderes de una democracia promedio, de los valores más oscuros que yacían, desde los remotos inicios coloniales, en el subconsciente de la población.
No existió estímulo más potente para la exposición de estos valores oscuros que la conducción del gobierno por parte del chavismo, el símbolo más ilustrativo del lado negativo que hemos tenido paciente durante mucho, esperando su turno para entrar en escena y, que poco a poco, pasó de ser un conjunto de debilidades puntuales y malas costumbres en el comportamiento nacional, para convertirse en Ley y reglamento.
            Nuestro subdesarrollo, el subdesarrollo de la Venezuela que hoy tenemos, es primero político antes que económico. Está en las instituciones, en el sistema, en los partidos, en las organizaciones, en las empresas, en las escuelas, en los maestros y en los sabios, no en el campo, en la costa, en la montaña y en el recurso humano subutilizado y desesperanzado que pulula por las desagradables e inseguras calles que antaño fueron el escenario del derroche de la renta petrolera que nos ha condenado desde el reventón del Zumaque I hace 100 años. Eso no cambió con Chávez.
            Con Chávez sólo cambió el capitán, no el barco. Thomas Jefferson esgrimió un poderoso argumento, “La voluntad de cada nación”, que en mucho contribuyó con la edificación de una gran potencia, aun cuando en la televisión nacional la propaganda oficial muestre que “ser antiimperialista es ser de izquierda” o “ser antiimperialista nos hace más venezolanos”. La voluntad de nuestra nación ha sido estar bajo el autoritarismo de Chávez y posterior desastre de Maduro.
Sin embargo, así como sube y baja la marea del mar que nos bordea, las voluntades nacionales tienden a cambiar, porque si no el país no hubiese sido ejemplarizante con su episodio democrático. La democracia vuelve, es la voluntad que renace en la cola, en la escasez, en el hospital, en la crisis. Eso dejó Chávez, el reencuentro de la gente con el recuerdo democrático, y hacia allá iremos.

Ángel Arellano

martes, 28 de octubre de 2014

Síntomas de nuestros problemas

La erosión institucional en Sierra Leona produjo una guerra civil que dejó más de 80 mil muertos 
 En Sierra Leona, la presidencia de Siaka Stevens (1968-1985) hundió la economía al punto de erosionar cualquier vestigio de prosperidad. Stevens ejerció una férrea dictadura que persiguió, encarceló y asesinó a opositores y críticos de su gobierno. Sus políticas económicas extractivas dedicadas a la explotación de los recursos minerales y a la neutralización de la empresa privada, devastaron el país.
James Robinson y Daron Acemoglu dicen en “Por qué fracasan los países” (2013) que “las carreteras se caían a pedazos y las escuelas se desintegraron”. Luego de Stevens, Joseph Momoh asumió la presidencia de Sierra Leona (1985-1992) siguiendo los pasos de su predecesor.
Sierra Leona se convirtió en un Estado en quiebra. El gobierno no podía pagar las cuentas de los hospitales, instituciones públicas ni del ejército. Tampoco existían fondos para cancelar el salario a los maestros. Los niveles de inseguridad, insalubridad, embarazo precoz, hambre y mortalidad se dispararon. No existían mercados formales para el empleo y las diversas actividades económicas. La informalidad y la carencia de instituciones se convirtieron en la única ley que regía los destinos de una república desamparada.
En 1991, el Frente Unido Revolucionario, un grupo paramilitar con la orientación de cambiar el gobierno, conformado por ex soldados del ejército de Sierra Leona y rebeldes que se ampararon en la causa contra el Estado colapsado, declaró su oposición a Momoh y creó el caos en casi toda la geografía del país.
En una nación sin fuerzas de seguridad y un gobierno débil, el Frente encendió una guerra civil. Según los autores antes citados “el conflicto se intensificó con masacres y abusos masivos de derechos humanos que incluían violaciones en masa y la amputación de manos y orejas”.
“La Ley y el orden habían desaparecido, hasta tal punto de que se hizo difícil para la gente distinguir a un soldado de un rebelde. La disciplina militar desapareció por completo”, agregan. La guerra culminó en 2001, con un país destruido y más de 80 mil personas muertas.
Sierra Leona había fracasado. No por falta de recursos minerales en su territorio, ni por su gente o su cultura. El gobierno de Stevens, que liquidó a las instituciones bajo una dictadura sangrienta, dio paso a una “parainstitucionalidad” en la que buena pase de la nación se afilió ante la quiebra del Estado fomentada por el gobierno.
En días recientes, Venezuela ha sido testigo de los dictámenes de los “colectivos bolivarianos”, grupos armados que hacen de la irregularidad su fuerza para exigir cambios en el gobierno. Con la sola amenaza de una marcha en el centro de Caracas lograron lo que muchos no pudieron: la destitución del súper poderoso Ministro de Interior y Justicia, de la directiva del Cicpc y ajustes en las líneas de mando en los cuerpos de seguridad del Estado.
Antes de estos acomodos, igualmente la república, o lo que queda de ella, vio como el charco de sangre de la violencia y las rencillas internas en los brazos armados del gobierno vigente han cobrado la vida de destacados personajes del régimen. Todos los días asesinan un escolta de un cargo distinguido, a cada rato fallece un notable de las Fuerzas Armadas y ya no es noticia la muerte de un polícia, más por repetición que por impacto en la sociedad.
El Estado ha colapsado. Una cita hecha por Robinson y Acemoglu a un periódico durante la mencionada guerra civil de Sierra Leona, resume nuestra desgracia: “el NPRC (gobierno), los rebeldes y los sobels (soldados convertidos en rebeldes) equivalen al caos que uno espera cuando desaparece un gobierno. No son las causas de nuestros problemas, sino los síntomas”.

Ángel Arellano

domingo, 19 de octubre de 2014

Nosotros y nuestra cultura


Es costumbre venezolanísima tener receta para cualquier dolencia y culpable para cualquier mal. La crisis actual, que pica y se extiende sin mostrar atisbos de solución pronta, nos ha llevado al abuso en la utilización de una frase que ha estado siempre presente, pero que hoy se exhibe deportivamente sin la argumentación necesaria dejando a muchos como loritos en platabanda: “el problema no es el gobierno, ni el sistema, ni la oposición, el problema somos nosotros y nuestra cultura”.
            Este diagnóstico rápido, incompleto y alarmante pone a más de un ciudadano a darle vueltas a la cabeza tantas veces que posiblemente quedarán perdidos y, para no seguir hurgando en los inciertos linderos del desconocimiento, optan por sentenciar sin derecho a reconsideración: “sí, es verdad, el problema somos nosotros, la cultura del venezolano”.
            Con ese cálculo, más crudo que cocido, se sazonan no pocas conversaciones de los desesperados que buscan hasta debajo de las piedras el porqué de tanto desastre en una sociedad que recientemente, para algunos antes de 1998 y para otros antes del 2007, prometía una economía medianamente “estable” a partir del rentismo petrolero que ofrecía un dólar barato, importaciones a granel y cuantiosos negocios a costillas de la inflación y las reservas internacionales.
            ¿Es la cultura el factor definitivo, la variable que explica la alarmante situación del país? En parte sí, pues nuestros rasgos, valores, costumbres y creencias pueden colaborar o no con el desarrollo institucional y por ende económico de la nación; pero, en mayor medida, no, pues las características culturales de Venezuela no determinan el actual salto en parapente.
            Diversas sociedades en el mundo han tenido en diferentes momentos de la historia mucho o poco desarrollo al punto de llegar a ser parte del exclusivo grupo de principales potencias globales. No importa la cultura, ubicación geográfica ni los recursos naturales para desarrollarse, cualquier sociedad, por diversa y compleja que sea, puede llegar a la cúspide. Ejemplos: Unión Soviética, Imperio Chino, Otomano, Romano, Inglés, América Española, etc. Mantenerse en la cima no dependerá de la cultura, sino de las instituciones políticas y económicas que rigen la vida en sociedad.
            ¿Cómo nacen las instituciones? Se imponen, representan un bien social, asumido como “común” por la gente. Sin embargo, los proyectos de algunas élites, vinculados o no con éste bien común, aprovechan coyunturas para hacerse del poder y aplicar su programa con la fuerza del Estado. Chávez, que fue un militar golpista de 1992, gozó de los beneficios democráticos de la Constitución de 1961, los mismos que hoy son negados a los presos políticos de Venezuela, para salir a la calle y postularse como candidato a la presidencia con un discurso anti sistema, en un momento de gran declive para los partidos y las instituciones. Su asunción al trono configuró lo que Juan Carlos Zapata llama “el suicidio del poder”, el finiquito del sistema democrático para instalar uno que llenara de inmensas facultades al nuevo mandatario (Constitución 1999).
            La cultura del venezolano es la misma de siempre, con los agravantes de un sistema autoritario, dictatorial, que friega al pobre y humilla al disidente; la que nos llevó a la cumbre de la dictadura con Gómez y al florecer de la democracia con Betancourt; la de la bonanza de los 70´s y el ocaso de los 80´s. Nuestra cultura no determina este caos, quien lo hace son las instituciones, las mismas que hoy han mutado hasta llevarnos al foso. Por tanto, es menester cambiarlas, transformarlas y asumir los sacrificios de rigor para mejorar nuestra ya desgraciada realidad.


Ángel Arellano

lunes, 29 de septiembre de 2014

“La cueca del desaparecido”


 La Constitución de Pinochet (1980) dejó una ventana abierta para el cambio: requería de un plebiscito para reafirmarse ocho años después de su aprobación (1988), evento para el que la oposición democrática trabajó sin descanso. La competencia era entre el “Sí” (de acuerdo con el gobierno de Pinochet) o el “No” (convocatoria a elecciones presidenciales). La oposición, a pesar de sus grandes limitaciones, fragmentaciones y diferencias internas, se agrupó en un gran comando por el “No” y, de ahí en adelante, trabajó entusiastamente por la única oportunidad constitucional que tenían para salir del dictador.
            En el Chile de los años ochenta, el Chile del miedo y la oscuridad, pero del progreso económico y la defensa de la dictadura por parte de Estados Unidos y otras potencias, la sociedad se encontraba dividida entre afectos y disidentes del régimen. En un ejercicio de pragmatismo, la alternativa a Pinochet confeccionó un mensaje incluyente, que reivindicaba y estimulaba a los simpatizantes del “No”, pero que no alejaba a los descontentos del oficialismo que, por temor, manifestaban su acuerdo con la opción gubernamental. La oposición debía mostrar solvencia, orden y capacidad. En palabras del Dr. Ricardo Lagos, ex presidente de Chile (2000-2006), “debíamos (la oposición) probar que después de que él (Pinochet) se fuera, nosotros también podíamos gobernar”. Para lograr su objetivo la estrategia se trazó, a regaña dientes y con tropiezos, en un plano incluyente, emotivo y esperanzador, que proyectaba la oportunidad de un gobierno democrático después de la dictadura.
            Existió un problema: una de las banderas del “No” fue la reivindicación de los caídos en la dictadura, aquellos oprimidos, desaparecidos y fallecidos que lucharon por el rescate de la democracia. Empero, esto representaba una debilidad en la emisión del mensaje al amplio espectro receptor dividido entre condescendientes con el “No” y temerosos del “Sí”. Lagos, en Así lo vivimos (2012), comenta que “obviamente era necesario abordar temas difíciles, como las violaciones a los derechos humanos, que un voto por el Sí prolongaría. Pero si deseábamos ganar, lo último que debíamos hacer era asustar o polarizar a la gente. En muchas partes de Chile, los votantes creían que Pinochet tenía el poder para ver y saber quién había votado No”.
            La situación demandó una solución y ameritó esfuerzos de ponderación y meditación por parte de quienes producían la estrategia y el mensaje central de la oposición, muchos de ellos, como el propio Lagos, habían sido presos y amedrentados por el régimen: “Debíamos ir despacio, recorriendo los matices sin descuidar los detalles. No queríamos hablar de las muertes, las desapariciones y la violencia. Nuestro mensaje tenía que ser avanzar un poco cada día”. Potenciar lo negativo que había sido la persecución a la oposición política de Pinochet no era bien visto por el público indeciso o afecto a la dictadura y, obviarlo, generaba rechazo en el lado fuerte del “No”.
            La resulta fue una solución distinta (y efectiva), que no alarmara a ninguno de los bandos en los que se dividía la sociedad. Sin eliminar elementos reivindicativos del mensaje opositor ni irritar al público elector que estaba más hacia el “Sí”, la creatividad y el pragmatismo confluyeron en favor de consolidar un mensaje eficiente: “en silencioso reconocimiento a los desaparecidos, finalmente nos decidimos por una simple escena en nuestra propaganda de televisión: una viuda bailando cueca (danza tradicional chilena) sola porque su marido había desaparecido. Fue la cueca del desaparecido”. El resultado es por demás conocido: triunfó la oposición con el 54% de los votos.

Ángel Arellano

lunes, 18 de agosto de 2014

¡Que nadie se vaya!


Don Carlos Raúl Hernández en un artículo muy sesudo y cerebral publicado el pasado domingo, desenvainó una espada contra la antipolítica para descuartizarla y dejarla al descubierto como uno de esos espíritus del monte que andan coleando por todas partes buscando a quien asustar.
Decía en una memorable línea: “Cuántas veces se afirmó la vaciedad de que ‘Venezuela necesita un gerente’ y cuando lo tuvo, duró 24 horas”. La alusión es clara. Tanto que empujaron al oriundo de Sabaneta con charco de sangre, tanquetas, aviones y medios incluidos, y Carmona terminó en el coroto menos de lo que dura una flatulencia en una hamaca, por no decir el refrán con sus justas palabras.
La apuesta a la antipolítica sigue, y seguirá siempre, pues así como hay instituciones, modos, formas, hay quienes persiguen lo contrario. Hace un par de meses atrás escribí un artículo titulado “A propósito de la antipolítica”, en el que expresé algunas cosas que creí pertinentes sobre el tema, pues si hay algo a lo que se ha acostumbrado este pueblo es a tragarse todos los embustes del “hombre nuevo”, el “mesías”, el “éste sí sabe cómo se va a acomodar todo”; y ya sabemos cuál ha sido el resultado de todos esos infelices intentos.
Nadie dijo que la política sería arte fácil. Por tanto exhortamos a diario a que sea una actividad seria, coherente, llena de contenido, en la que se muestre responsabilidad, lógica y compromiso. Si no, seguirá en ascendencia ese altísimo descrédito que gravita sobre la empobrecida extensión territorial, empujado por brujos y jinetes del apocalipsis que decantan en cuanta plaza pública (más Twitter que en la calle), una frase nutrida por la magia negra y la maldad: “¡Que se vayan todos!”.
El poder de estas últimas palabras pocos lo llevan bien apuntado en su bitácora de lucha. Lo vivido en Argentina en 2001 es un ejemplo bastante didáctico del caos que ocasiona tal consigna: más que un mero arrume de letras, es una estocada al sistema. Y no al actual, ni al pasado, sino al sistema en su totalidad: poder, territorio y nación. Todos.
Aun siento que faltan escapularios, imágenes de San Miguel Arcángel y caballeros con las botas puestas para combatir el impacto negativo y desfasado que tiene.
En estos días un profesor comentaba en una reunión que no creía en el gobierno, ni en su disidencia interna, ni en la oposición, ni en los independientes, ni en los empresarios, ni en la iglesia, ni en los estudiantes, ni en las academias… Cristo bendito. Mayor falta de creencia. Decía Francisco que el espíritu se nutre de la fe y ésta consta del credo, la afirmación de que Dios está ahí, presente.
Poco creo en quien no cree en nadie. Quien no respeta o pondera la actuación de nadie más que la de su propio ego, quien no teme en decir que nada sirve porque la solución es ésta o aquella según sus convicciones, prácticas, experimentos, visiones esotéricas o epifanías; en ése no creo. Puede que no te guste esto, o tampoco lo otro. O poco de ambos. Pero, ¿que no te guste nada? De ahí deriva el peligro pues inicia la promoción de figuras, Libertadores, nuevos pequeños Bolívar que luego patean a éste último por considerarlo también inferior. Imposible creer en ellos.
Quien fustiga fuertemente a todas las corrientes opositoras al régimen, sobradas razones tiene. Sin embargo, el pregón “que se vayan todos” o “nadie sirve”, es sumamente peligroso. Criticar y opinar es distinto a ofender y dañar. Lo que necesita la nación es un proyecto colectivo, que lo representa la alternativa, con sus múltiples corrientes e iniciativas. ¡Que nadie se vaya! Al contrario, bienvenidos todos.


Ángel Arellano

lunes, 3 de marzo de 2014

El reconocimiento del otro

          Las sobreexpuestas pasiones políticas han caldeado el panorama hasta el extremo de sentirnos en un territorio en ebullición. No es para menos, se contabilizan 18 muertos, 33 torturados, más de 800 detenidos y una cifra de heridos no exacta producto de la misma trifulca en la que se ha sumido el país. Estamos a centímetros de una explosión inaudita, las masas siguen movilizadas con la consigna intacta de luchar por sus merecidos derechos.
            Vale recordar, a los apasionados del diálogo sin condiciones, tal como expresamos por esta misma trinchera de opinión la vez aquella que los alcaldes fueron citados a comparecer en Miraflores, que no ha existido muestra alguna de amistad por parte del gobierno delincuente. Los shows televisivos de Maduro no los ve nadie y la arremetida internacional contra la dictadura sigue avanzando.
            Sin condiciones, estimados lectores, no hay nada que hablar con los malandros que tienen el poder. Cuando los estudiantes exigieron más seguridad no sólo para sus destartaladas casas de formación, sino para todo el país, lo que recibieron fue disparos por parte de los paramilitares que operan Diosdado Cabello y el Ministro Rodríguez Torres.
Cuando se movilizó la nación entera pidiendo justicia, lo que recibió la ciudadanía fue abominables imágenes y videos de torturas, agresiones, ensañamiento y golpizas que nada tienen que envidiar a las dictaduras más encopetadas de este mundo. Maduro ha sido tan ramplón, tan vago y bruto en su accionar que no se ha dado cuenta que cada acto vandálico de la GNB, Sebin, Tupamaros y Colectivos “de la Paz”, quedaron registrados, documentados y reproducidos en todo el planeta.
            Sigue Leopoldo López preso, sigue Simonovis agonizando, sigue el Táchira sitiado, siguen muchos estudiantes y jóvenes detenidos, siguen impunes las acciones contra la protesta, sigue el cerco mediático, sigue el mismo CNE, TSJ y Contraloría General arrodillados a los gorilas, siguen los cubanos infiltrados hasta en los tuétanos del aparato público; no hay nada que negociar sin condiciones.
            La política, aun en los momentos más tormentosos y difíciles de la humanidad, destaca como labor de entendimiento para lograr el fin común. Trata de la moderación, la diplomacia, el entendimiento, la conversación entre los sectores de un pueblo. Eso no lo ha inventado nadie, eso está ahí, vivo en la hemeroteca de la historia. Obedece al reconocimiento del otro, del saber que somos ciudadanos de una misma nación y que como tales merecemos el mismo respeto y consideración.
            El gobierno se ha dedicado a tirotear ese sentido político. No deja espacio para que todos andemos, no deja sitio para que nos expresemos. Entonces, queridos lectores, no hay manera de dialogar con semejantes padrotes queriendo imponer su desastre a golpe y porrazo. El derecho a la vida está por encima de todos los derechos, y si Maduro y su combo no protege ni respeta el derecho a vivir que tiene cualquier venezolano, entonces él no tiene derecho a gobernar. Así de simple.
          15 años hablando de revolución y en este país se sepultó el término “imperialismo” cuando unos diputados norteamericanos hablaron de congelar las cuentas bancarias de los enchufados en Miami. Cumplan con las condiciones o seguirá esta llama en las calles.

Ángel Arellano
Twitter: @angelarellano