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lunes, 18 de agosto de 2014

¡Que nadie se vaya!


Don Carlos Raúl Hernández en un artículo muy sesudo y cerebral publicado el pasado domingo, desenvainó una espada contra la antipolítica para descuartizarla y dejarla al descubierto como uno de esos espíritus del monte que andan coleando por todas partes buscando a quien asustar.
Decía en una memorable línea: “Cuántas veces se afirmó la vaciedad de que ‘Venezuela necesita un gerente’ y cuando lo tuvo, duró 24 horas”. La alusión es clara. Tanto que empujaron al oriundo de Sabaneta con charco de sangre, tanquetas, aviones y medios incluidos, y Carmona terminó en el coroto menos de lo que dura una flatulencia en una hamaca, por no decir el refrán con sus justas palabras.
La apuesta a la antipolítica sigue, y seguirá siempre, pues así como hay instituciones, modos, formas, hay quienes persiguen lo contrario. Hace un par de meses atrás escribí un artículo titulado “A propósito de la antipolítica”, en el que expresé algunas cosas que creí pertinentes sobre el tema, pues si hay algo a lo que se ha acostumbrado este pueblo es a tragarse todos los embustes del “hombre nuevo”, el “mesías”, el “éste sí sabe cómo se va a acomodar todo”; y ya sabemos cuál ha sido el resultado de todos esos infelices intentos.
Nadie dijo que la política sería arte fácil. Por tanto exhortamos a diario a que sea una actividad seria, coherente, llena de contenido, en la que se muestre responsabilidad, lógica y compromiso. Si no, seguirá en ascendencia ese altísimo descrédito que gravita sobre la empobrecida extensión territorial, empujado por brujos y jinetes del apocalipsis que decantan en cuanta plaza pública (más Twitter que en la calle), una frase nutrida por la magia negra y la maldad: “¡Que se vayan todos!”.
El poder de estas últimas palabras pocos lo llevan bien apuntado en su bitácora de lucha. Lo vivido en Argentina en 2001 es un ejemplo bastante didáctico del caos que ocasiona tal consigna: más que un mero arrume de letras, es una estocada al sistema. Y no al actual, ni al pasado, sino al sistema en su totalidad: poder, territorio y nación. Todos.
Aun siento que faltan escapularios, imágenes de San Miguel Arcángel y caballeros con las botas puestas para combatir el impacto negativo y desfasado que tiene.
En estos días un profesor comentaba en una reunión que no creía en el gobierno, ni en su disidencia interna, ni en la oposición, ni en los independientes, ni en los empresarios, ni en la iglesia, ni en los estudiantes, ni en las academias… Cristo bendito. Mayor falta de creencia. Decía Francisco que el espíritu se nutre de la fe y ésta consta del credo, la afirmación de que Dios está ahí, presente.
Poco creo en quien no cree en nadie. Quien no respeta o pondera la actuación de nadie más que la de su propio ego, quien no teme en decir que nada sirve porque la solución es ésta o aquella según sus convicciones, prácticas, experimentos, visiones esotéricas o epifanías; en ése no creo. Puede que no te guste esto, o tampoco lo otro. O poco de ambos. Pero, ¿que no te guste nada? De ahí deriva el peligro pues inicia la promoción de figuras, Libertadores, nuevos pequeños Bolívar que luego patean a éste último por considerarlo también inferior. Imposible creer en ellos.
Quien fustiga fuertemente a todas las corrientes opositoras al régimen, sobradas razones tiene. Sin embargo, el pregón “que se vayan todos” o “nadie sirve”, es sumamente peligroso. Criticar y opinar es distinto a ofender y dañar. Lo que necesita la nación es un proyecto colectivo, que lo representa la alternativa, con sus múltiples corrientes e iniciativas. ¡Que nadie se vaya! Al contrario, bienvenidos todos.


Ángel Arellano

lunes, 4 de agosto de 2014

Comunicación, lenguaje y Unidad

 
         El lenguaje, ese recinto del que somos presos. Ese lugar al que todos vamos. Común, corriente. No lo usamos en provecho del proyecto colectivo. Tal vez porque no hay proyecto, o quizá, lo que en verdad creo, porque es más cómoda la crítica destructiva que nada une y mucho daña.
            Somos caminantes errantes. No hemos mostrado una solución clara a través de una ruta pactada. Nuestro ejemplo e impronta es sólo de división absurda, propia de la guerra de tontos. La Patria boba. Carencia de acuerdos.
            Esa necesidad de un mensaje común, incluyente, consensuado, coherente, que sea tela de la bandera nacional y no retazo en la crónica de la chismografía digital.
            He resumido el problema de la Unidad en una sola cosa: comunicación. El poder de los poderes.
            A lo interno de la alternativa hay un único lugar común: cambiar el gobierno e instaurar la democracia. Para este fin unos tienen algunas teorías, otros ciertas prácticas y otros una agenda que no sale de la catarsis. Siempre hay quien se acomode en el nido actual. Siempre sucede.
            Hay interlocutores encontrados, pasiones desbordadas, actitudes que no procuran el entendimiento de toda la masa opuesta al régimen. La MUD no es la oposición. La MUD ni siquiera es pueblo llano. La MUD es una instancia, un instrumento que opera el concierto de los partidos que coexisten en la oposición. Un instrumento de todos y para todos.
            Me viene a la mente una frase: “La Unidad, ese patrimonio”. Luego escribiré bajo ese título. Quiero dejar claro lo que es la MUD, para depurar esa imagen-actitud que se ha construido en base de lo que no es.
            La MUD: el operador, el artífice del encuentro. Que supone un ejemplo para la sociedad. Si ella no se habla consigo misma, no se une, no ata sus trenzas, no salta al campo con todos sus jugadores, entonces deja de ser un patrimonio. No existe. Se convierte en una mentira gaseosa, administrada a través de boletines de prensa sin oxígeno que palabrean sobre diagnósticos, pero que nunca opera al paciente.
            La lógica nos dice que para que unas personas puedan conversar y potenciar su proceso comunicativo, deben respetar sus normas fundantes. Buen hablante. Buen oyente. Mejorar el lenguaje. Permitirse y permitir. La altisonancia y hostilidad dentro de la Unidad, incluyendo escritores, columnistas, “notables” y guerrilleros del Twitter, no coopera. Para esa distorsión hay que tener “piel de quelonio”, como enseñan en la escuela.
            El momento reclama “la expansión del lenguaje”. Esa frase hecha teoría por el argentino José Pablo Feinmam. A través del lenguaje podemos incorporar al debate “palabras nuevas o un nuevo sentido para las viejas”. Hay que bajar el tono al conflicto y ser más flexibles: otorgar concesiones entre las partes en búsqueda de un gran pacto.
            Don Pedro Grases decía que “la legua es un organismo vivo que no puede permanecer estático e inmutable, sino adaptarse a las exigencias de cambio en toda sociedad”. Hay que trabajar en sobre marcha para hallar el encuentro, disminuyendo la pedantería e insensatez de los ataques irresponsables entre diversas partes para construir el fin único: el proyecto colectivo, el pacto.
            Reconocer errores y salir adelante, más allá del par de cámaras de tv que aún se congregan en los eventos opositores, no puede ser una proeza titánica para un político; sino simple agenda rutinaria. Hay que prender velas a la capacidad de reconsiderar, “tragar grueso”, revisar a fondo, y apagárselas a los lanceros a caballo.


Ángel Arellano