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lunes, 19 de enero de 2015

La cola, experiencia nacional

Los venezolanos hacemos colas diariamente para adquirir cualquier producto
 En medio de un bululú desesperante de personas molestas por el sol, la lluvia, el calor y el hambre, pude entrar al Abasto Bicentenario que está justo al lado del Centro Comercial Regina de Puerto La Cruz. Mi intención en la cola era sacar algunas fotografías, sin embargo, por un movimiento inesperado del contingente de la Guardia Nacional que organizaba la cola, quedé entre los primeros de un grupo de 300 personas que amontonadas en una improvisada baranda de carritos de mercado, esperaban ingresar a comprar “lo que quedara”, o lo que dejaron quienes amanecieron en el sitio.
Observé cosas deprimentes, pero más que eso, alarmantes. Funcionarios de la GNB gritando a la concurrencia para mantener un intento de orden; filas, muchas, de todos los tamaños y con cualquier cantidad de asistentes; niños, bebés, embarazadas, padres, madres, todos corriendo hacia las neveras que tenían carne brasileña a precio regulado; perniles uruguayos y del Brasil, todos los que no vendieron en diciembre; caraotas nicaragüenses, sardinas portuguesas, atunes ecuatorianos, nuevas marcas de aceite de alguna fábrica emergente y beneficiada por las divisas del gobierno, y arroz “El Alba”. Los elementos importados del menú son una de las características de la crisis.
En la fila para cancelar, una señora me pregunta: “Mijo, ¿y desde qué hora estás aquí?”. “Desde hace un rato señora. Con la sampablera quedé en el primer lote de los que entraron. Ando tomando fotos”, le dije. “¡Qué suerte tienes tú, muchacho! Yo estoy desde las 3:00pm. Me calé el palo de agua y ‘la’ calor que hace aquí. Hace rato la Guardia golpeó a un muchacho que se quería colear. Te salvaste. Hay gente que durmió aquí para comprar barato”. “Sí, me salvé. Pero vea cómo está esto. No hay nada. Lo poco que llegó vea cómo se lo llevan. Uno entra aquí asustado”, respondí antes de irme. “Asustados estamos todos, muchacho”, sentenció en la despedida. Eran las 7:16pm.
No había productos para completar un mercado. Apenas seis o siete cosas, de las muchas esenciales, estaban en los anaqueles. Una sola presentación por cada alimento. La variedad de marcas, modelos y tipos, es cosa del recuerdo. La dieta del venezolano se ajustó al azar, distinto del millonario gasto en dólares que el Estado paga en hoteles, chefs, aviones y viáticos para la comitiva presidencial que viaja por el planeta buscan financiamiento, hipotecando varias generaciones de un solo plumazo.
Por los pasillos y alrededores del Abasto Bicentenario, “patriotas cooperantes”, funcionarios del Sebin y demás soplones, vigilaban quién compraba y cómo lo hacía. Requisaban las bolsas en la salida y no quitaban el ojo a los que parecieran tomar fotografías con su celular. De ser así, realizaban una breve detención y solicitaban borrar cada imagen o video. Pretenden, en una actividad más cursi que desafiante, ocultar el desastre de Venezuela amedrentando a unas personas que por necesidad pasan por mil y un penurias para comprar “lo que haiga”.
El país se convirtió en una cola. La escasez es el complemento de nuestro alimento. Cada respiro se acompasa con una noticia negativa que evidencia nuevamente el fracaso de un proyecto que ni siquiera con la sorprendente fortuna que percibimos los últimos tres lustros, pudo arrimar un punto positivo a eso que los socialistas llaman “felicidad social”. El 82% de los venezolanos, que hoy rechaza y condena el caos que ocasionó el gobierno, sabe que la cúpula corrupta que conduce la nación, es el centro de la crisis.

Ángel Arellano

martes, 9 de diciembre de 2014

La confianza, una receta

Debemos recuperar la confianza para salir del atolladero. Ilustración: El Impulso
             Somos un país económicamente atractivo. Pese a nuestra desgracia vigente, las potencialidades de Venezuela se mantienen en permanente revisión por una sociedad que desea trabajar, invertir, desarrollarse, pero que no se aventura por las trabas ampliamente conocidas.
            El caos económico mantiene en franco deterioro la salud mental del venezolano y condiciona las posibilidades de avance. Una nación siempre puede estar mejor, pero también siempre puede estar peor. El éxito y la decadencia carecen de piso y techo, no tienen límites.
            La diáspora de talento se ha acentuado. Profesionales, expertos y técnicos no visualizan un futuro promisorio en su lugar de origen. A pesar de la muy pequeña, restringida y distorsionada oferta de vuelos al extranjero, quienes huyen se las han ingeniado para llegar a otras latitudes. La fuga de cerebros es ajena al interés gubernamental. Cuando la ignorancia gobierna, quienes saben mucho huelen mal.
            Existe una solución para reencontrarnos, una medida que en el corto plazo puede a dar resultados: generar confianza. Venezuela es tan fértil, con un territorio tan aprovechable y una población tan necesitada de trabajo y propiedad, que cualquier esfuerzo por ofrecer tranquilidad y estabilidad inmediatamente genera inversión, lo que se traduce en empleo e ingresos para la familia.
         La confianza en este país murió, pero puede recuperarse. Si el empresario y  la gente no creen en el gobierno ni en la justicia, si el parlamento legisla por deporte y afición histórica, si el presidente, los gobernadores y los alcaldes priorizan las rumbas por encima de los problemas que requieren atenderse, la confianza no revive: circo sin pan.
            Un amigo ligado a los pocos sectores industriales productivos que quedan operando en el país, me comentaba de una de sus afirmaciones esenciales: el país pasa por un momento de gran crisis pero también de gran oportunidad para industrializar al sector económico y hacerlo rentable, productivo y satisfactorio para el fin común que es el abastecimiento, la estabilidad cambiaria y la reducción de la inflación. Es evidente que la preocupación de los empresarios no está en sintonía con el gobierno. Los primeros luchan contra la marea persiguiendo una última bocanada de aire, los últimos mantienen su plan autoritario sin un ápice de eficiencia en la labor administrativa.
Somos un país económicamente apetecible para pequeñas, medianas y grandes potencias que ven en nuestros atributos naturales y geográficos una oportunidad de negocio envidiable. Una República cuyas provincias están conectadas, más mal que bien, pero conectadas al fin, por un sistema aun primitivo de carreteras pero con gran espacio para ampliaciones y adecuaciones acorde con el mundo que nos rodea.
Nos convertimos en un caos no porque seamos brutos, porque nuestra historia nos arrope o por rasgos culturales, sino por 15 años de un gobierno que potenció la oscuridad que hizo de palanca en su subida al trono. 15 años de exacerbar todo lo que el venezolano ha debido, desde hace mucho, condenar en el baúl del olvido: flojera, ignorancia, corrupción, incapacidad y sumisión.
Existe una solución que puede enmendar la desgracia en el corto y mediano plazo. La confianza, en tiempos de tanta carestía y pobreza, puede movilizar a toda la población económicamente activa en función de la productividad nacional, de lo hecho en casa.

Ángel Arellano

martes, 18 de noviembre de 2014

Despojados del talento


Derrame petrolero en bahía de Amuay. Octubre, 2014.
           Desde el alto sano, el sacerdote interpreta el capítulo 25 del libro de Mateo: “Llegará el momento en el que Dios te pregunte ¿qué hiciste con tu talento? Con aquel que te bendije antes de nacer”. El clima se enrarece. No es el calor, tampoco el olor a humedad de las paredes con filtraciones de antaño. La atención es total. Todos ven al orador. “¿Fuiste ambicioso para bien? Es momento de las cuentas, ¿dónde están las tuyas?”, interroga al aire. Miradas dispersas. El sermón aterriza en los pocos que se acercaron un domingo cualquiera al templo.
         Tras la homilía, el fraterno abrazo de la paz. Se percibe, en medio de los desentendidos, de los obligados, y del puñado de gritos de niños que se esconden en las palmas de unas madres hartas del llanto reiterado, la reflexión que provocó el cura. ¿Talento?, ¿cuál talento?
       La Biblia es un libro incomprendido. Una lectura que pocos jóvenes acostumbran a revisar en algún momento. Los adultos, asfixiados en ocupaciones que rinden tributo a monótonas rutinas, no se detienen a ojear un pasaje que pueda colaborar en situaciones de necesario consejo.
Reflexiono: “¿Qué hemos hecho con nuestro talento?, ¿existió tal cualidad?”.
Si algo ha avivado este tiempo de crispación e histeria colectiva, es la capacidad de revisión que poco a poco prospera en cada rincón de la geografía venezolana. Resulta difícil, aun cuando miles de manos se levanten para pronunciar sus veredictos, explicar en medio de un sector humilde, o en una villa ostentosa, el por qué siendo tan ricos, vivimos en la deprimente pobreza, en la vergonzosa carestía que quitó el disfraz de la petroabundancia, para cubrirnos con el velo de la deuda y la inestabilidad.
         El país, en sus últimos años, ha tenido una aptitud innata para caminar hacia el fracaso. La élite reinante, que todavía los estadistas definen si sigue siendo o no mayoría, acaba con lo poco que queda al son de las voces que corean en la carnicería, en los hospitales y en las chiveras de repuestos, el “esto se acabó”, unido del infaltable “Venezuela se la llevó quien la trajo”.
         Nuestra historia es el relato de un tumulto de gritos apilados en una tierra bendita pero desaprovechada. Estamos atestados de proclamas innovadoras, llamados al cambio, vivas a la transformación, sin embargo, ni innovamos, ni cambiamos, ni hemos transformado nuestro modo de vivir, excepto por el penoso ejemplo que damos al mundo de cómo despilfarrar la más envidiable riqueza natural en menos de quince años.
         Somos paladines de las reformas e inquilinos del subdesarrollo.
Quien recibió cinco talentos del Señor, trajo cinco nuevos talentos más. Quien tuvo dos, ganó dos más como ofrenda. Y quien recibió un talento, lo escondió en la Tierra, no produjo nada nuevo: “siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”. Este último fue reprendido y despojado (Mat 25:20-29).
         Fin de la misa. Vi las caras, diversas, distintas, abundantes en sus orígenes y pasados. Todos accionistas de la petroabundancia. Todos habitantes de un país cuya riqueza ficticia mantiene embriagados a los pocos creyentes del “ojalá”. De la mágica solución. Del “mientras vaya viniendo, vamos viendo”. Todos fatigados por la escasez y la pobreza; por el “yo no fui” y la impunidad que esconde.
Nos dieron un talento, una virtud, un don, un milagro. No sembramos, no esparcimos, recogimos durante muchos años y ahora inicia la sequía. Con ella la crisis. Con ella el lamento. Se desploma el negocio petrolero venezolano.

Ángel Arellano 

martes, 26 de agosto de 2014

Entre distracciones y “sacudones”


         El gobierno ha sido fiel a su estrategia: la implementación del modelo fracasado cueste lo que cueste. Es lo que sabe hacer, con eso se siente cómodo y no dejará de hacerlo. Nunca ha desviado el rumbo en quince años.
            Está planteada la venta de Citgo, único activo importante del país en el extranjero; el aumento de la gasolina; la incorporación de captahuellas en las ventas de alimentos y medicinas; el masivo operativo contra el “bachaqueo” con más de 18 mil militares en la frontera con Colombia; y la nueva Ley de Comunicación que propone dar la estocada a los resquicios de prensa libre que aún hormiguean en el país.
Además de lo antes expresado, el aparato de propaganda del partido de gobierno, en conjunto con el sistema nacional de medios públicos y privados (con especial énfasis en los nuevos amigos: Globovisión, Cadena Capriles y El Universal), están dedicados las 24 horas a posicionar temas de distracción para el diarismo que colapsan los escasos espacios que aun sirven de desahogo para la denuncia vecinal: novelas tras bastidores del III Congreso del PSUV, lucha sin cuartel contra el “cadivismo”, individualidades de la oposición que plantean la tercera, cuarta o quinta vía, entre otros. Todos temas llenos de fantasmas, inconclusos y necios que tienen la exclusiva finalidad de entretener.
Sin embargo, este chaparrón de tópicos incorporados a la opinión pública no responde a un desmembramiento de la política del gobierno, sino a una estrategia diseñada para distraer a los voceros de las diversas fuerzas vivas y evitar hablar de los problemas más cercanos a la gente. El verdadero “sacudón” no está tras la renuncia de los ministros, sino en las medidas que poco eco han tenido y son las que más descontento crean en el pueblo raso.
Mientras chavistas, opositores y “desalineados” hablaban furiosos sobre la venta de Citgo, el gobierno aumentó las tarifas de Conferry e Hidroven. Mientras se hicieron todos los esfuerzos por acaparar los titulares con el posible aumento de la gasolina, que cada vez se ve más lejos, y el mega operativo contra el contrabando en la frontera, Pdval y Mercal dejaron de vender la carne al precio regulado de 27 Bs. el kilo, para comenzar a facturarla en 90 Bs. Mientras desplegaban cobertura al diminuto gajo de empresas que están jurungando por haberse cogido unas migajas de la torta de Cadivi, la factura de Corpoelec subió un espectacular 300% (en el más modesto de los casos)…
Cada tema posicionado por el gobierno, al mejor estilo de un “reality show” gringo, está confeccionado para ocupar y ganar tiempo. Por ejemplo: cuando anunciaban que el Ejército había recuperado algunos cargamentos pequeños de alimentos y unas cuantas pimpinas de gasolina en la frontera del Táchira, más de 80 toneladas de pollo, 30 de carne, 18 de hortalizas, 6 de queso y otros rubros, se pudrieron en la cola del terminal de Conferry de Puerto La Cruz producto del colapso de esta empresa expropiada por Chávez hace menos de tres años.
Decía Guaicaipuro Lameda en días pasados que en 2001 durante una entrevista con Fidel Castro, le preguntó al dictador cubano por qué en su país hacían un día cola para las papas, otro día para los tomates y otros días para otros alimentos. Castro respondió: “para tener a la gente ocupada. Si están buscando comida todos los días no tienen tiempo para otras cosas, y así los vigilamos”. Si la oposición prioriza la discusión sobre unos temas olvidando la acción sobre los más cercanos a la masa, pierde conexión y tiempo. Los problemas más sentidos por el pueblo deben copar la agenda porque en ellos el gobierno es débil y tiene poca capacidad de respuesta.
  
Ángel Arellano

lunes, 9 de junio de 2014

Morimos de mengua


         El viernes 06 de junio la radio hacía el balance de la semana. Desde hace ya mucho en Venezuela nos olvidamos de restar. Todos los días sumamos a una cuenta por mucho abultada que con el pasar de los minutos se vuelve tan pesada, que caen los primeros por no poderla cargar.
            El país muere de mengua, poco es lo que se consigue. Hay quien se acostumbró a las colas y la agonía de pasar sus horas en la espera de comprar lo necesario. Eso no es la vida, pero es la que tenemos aquí para vergüenza de la creación divina.
            Hace un tiempo ya bastante lejos, en la aurora de esta revolución, sobraron voces que criticaron el excesivo gasto, los derroches a manos llenas y la escandalosa corrupción. La carreta siguió rodando, vimos caer peldaño a peldaño la riqueza de la nación.
            Ya Venezuela no tiene donde caerse muerta porque los saqueadores se llevaron su féretro de oro para fundirlo y forrar sus Ipads, relojes, bastones, plumas y camionetas último modelo. Tanto ha sido el desastre económico de los boligarcas que se dan golpes de pecho hablando de Marx, Mao, Hegel, Bolívar, Lennin, que la escasez llegó a las urnas. ¿Será que ahora los difuntos tendrán que hacer cola también en las funerarias?, ¿o volverán los viejos cajones de madera que hasta el polvo había olvidado?
            Ocho pacientes de VIH murieron de un solo plumazo por falta de los retrovirales necesarios para su tratamiento. Maduro quiso negarlo a fuerza de propaganda, pero los muertos, muertos están, y nadie puede contrariarlo.
            Venezuela vivió cada instante del cáncer de Chávez. Aunque con un sesgo informativo impresionante ejecutado por el gobierno para tapar la agonía del Comandante, sus seguidores lo sufrieron. Hoy los enfermos de cáncer caen como moscas por falta de medicamentos. Los hospitales tienen rato en colapso y Barrio Adentro es un mero recuerdo.
            La necesidad unida a la escasez ha mutado en tal frustración que los valores de solidaridad, cariño, afecto, propios del venezolano, se han venido evaporando para darle paso al “sálvese quien pueda”. Un señor muere de un infarto en la cola de un Abasto Bicentenario. Su último momento fue dedicado a comprar quizá un pollo o dos kilos de harina. Alrededor, la sociedad expectante, inmutable, nadie se mueve. Sigue la cola.
            Los malandros hacen su agosto robando a las viejitas que regresan del mercado luego de unas 4 ó 5 horas bajo el inclemente sol. La más de las veces no compraron productos regulados porque hace tiempo que no pintan por el barrio. Homicidios para quitar el mercado, ahora hablamos de algo que creímos nunca llegaría: crimen por escasez.
            De mengua muere nuestro pueblo por la irresponsabilidad de un grupito que se llenó los bolsillos y ahora no encuentra forma de contener el terremoto. Se desmorona el gobierno y con él la nación entera. Que la caída del sistema nos agarre vestidos o desnudos, despiertos o dormidos, confesos o a la espera, pero por sobre todo, unidos.

Ángel Arellano
Twitter: @angelarellano

www.angelarellano.com.ve