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martes, 18 de noviembre de 2014

Despojados del talento


Derrame petrolero en bahía de Amuay. Octubre, 2014.
           Desde el alto sano, el sacerdote interpreta el capítulo 25 del libro de Mateo: “Llegará el momento en el que Dios te pregunte ¿qué hiciste con tu talento? Con aquel que te bendije antes de nacer”. El clima se enrarece. No es el calor, tampoco el olor a humedad de las paredes con filtraciones de antaño. La atención es total. Todos ven al orador. “¿Fuiste ambicioso para bien? Es momento de las cuentas, ¿dónde están las tuyas?”, interroga al aire. Miradas dispersas. El sermón aterriza en los pocos que se acercaron un domingo cualquiera al templo.
         Tras la homilía, el fraterno abrazo de la paz. Se percibe, en medio de los desentendidos, de los obligados, y del puñado de gritos de niños que se esconden en las palmas de unas madres hartas del llanto reiterado, la reflexión que provocó el cura. ¿Talento?, ¿cuál talento?
       La Biblia es un libro incomprendido. Una lectura que pocos jóvenes acostumbran a revisar en algún momento. Los adultos, asfixiados en ocupaciones que rinden tributo a monótonas rutinas, no se detienen a ojear un pasaje que pueda colaborar en situaciones de necesario consejo.
Reflexiono: “¿Qué hemos hecho con nuestro talento?, ¿existió tal cualidad?”.
Si algo ha avivado este tiempo de crispación e histeria colectiva, es la capacidad de revisión que poco a poco prospera en cada rincón de la geografía venezolana. Resulta difícil, aun cuando miles de manos se levanten para pronunciar sus veredictos, explicar en medio de un sector humilde, o en una villa ostentosa, el por qué siendo tan ricos, vivimos en la deprimente pobreza, en la vergonzosa carestía que quitó el disfraz de la petroabundancia, para cubrirnos con el velo de la deuda y la inestabilidad.
         El país, en sus últimos años, ha tenido una aptitud innata para caminar hacia el fracaso. La élite reinante, que todavía los estadistas definen si sigue siendo o no mayoría, acaba con lo poco que queda al son de las voces que corean en la carnicería, en los hospitales y en las chiveras de repuestos, el “esto se acabó”, unido del infaltable “Venezuela se la llevó quien la trajo”.
         Nuestra historia es el relato de un tumulto de gritos apilados en una tierra bendita pero desaprovechada. Estamos atestados de proclamas innovadoras, llamados al cambio, vivas a la transformación, sin embargo, ni innovamos, ni cambiamos, ni hemos transformado nuestro modo de vivir, excepto por el penoso ejemplo que damos al mundo de cómo despilfarrar la más envidiable riqueza natural en menos de quince años.
         Somos paladines de las reformas e inquilinos del subdesarrollo.
Quien recibió cinco talentos del Señor, trajo cinco nuevos talentos más. Quien tuvo dos, ganó dos más como ofrenda. Y quien recibió un talento, lo escondió en la Tierra, no produjo nada nuevo: “siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”. Este último fue reprendido y despojado (Mat 25:20-29).
         Fin de la misa. Vi las caras, diversas, distintas, abundantes en sus orígenes y pasados. Todos accionistas de la petroabundancia. Todos habitantes de un país cuya riqueza ficticia mantiene embriagados a los pocos creyentes del “ojalá”. De la mágica solución. Del “mientras vaya viniendo, vamos viendo”. Todos fatigados por la escasez y la pobreza; por el “yo no fui” y la impunidad que esconde.
Nos dieron un talento, una virtud, un don, un milagro. No sembramos, no esparcimos, recogimos durante muchos años y ahora inicia la sequía. Con ella la crisis. Con ella el lamento. Se desploma el negocio petrolero venezolano.

Ángel Arellano 

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