Aquí encuentras mi opinión, lo que pienso sobre Venezuela y el momento que nos ha tocado vivir. Lecturas, crónicas, artículos, relatos y crítica... Bienvenidos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

“El legado” en Urica

La iglesia de San Jacinto en Urica, cubierta de propaganda oficialista
         “Pasarán 200 años más para que vuelvan los del gobierno a este pueblo”, eso dijo quien desde la acera miraba el despliegue de oficiales de seguridad, militares, escoltas, armas cortas, largas, chalecos, camionetas último modelo y cámaras de televisión que captaban la visita de la directiva de la Asamblea Nacional a una discreto monumento patrio conformado por una flecha que apunta una pequeña lápida en la que se presume fue la última ubicación del cuerpo de José Tomás Boves.
            El Parlamento se trasladó a Urica, en el centro de Anzoátegui. Su visita persiguió conmemorar el bicentenario de aquella batalla que aunque perdida por el Ejército Libertador, la deformación histórica del chavismo ha cristalizado en el recuerdo, más inestable que firme, como muestra de gallardía y empuje en la agenda de guerras por la Independencia.
            La historia es un recurso del que los oficialistas echan mano sin mayor conflicto moral. Son felices en su desconocimiento. La sesión especial de la AN estuvo repleta de incongruencias, muestra de una élite que se ha dedicado a reescribir cualquier detalle para ajustarlo a su obra y gracia.
            Tan devaluado el Poder Legislativo, que nada se habló de los problemas del país y menos de Anzoátegui. Los pendientes de la región fueron desmerecidos por una camarilla que reía, cantaba y bailaba desde el estrado, evidencia de un buen humor que sigue intacto, rallando en la burla canallesca ante un país que se desmorona sin contemplaciones.
            Con el calor oriental aderezando el espectáculo, en el que ningún parlamentario habló para que la directiva se evitara eventuales tensiones generadas por la disidencia, se hicieron notorias las diferencias entre los alcaldes oficialistas de Anzoátegui y las muy insatisfechas autoridades del partido único de gobierno.
            El chavismo movilizó gente de todos los municipios, también llegaron autobuses de Monagas. Aquello se hizo un tumulto de policías y militares que rodaban por las calles recién pavimentadas con un asfalto que no pasaba de un centímetro de espesor.
            La suerte de religión que pregona el gobierno colocó sus imágenes por todas partes. El presupuesto de la AN no se gasta en mejorar su deficiente labor, sino en continua propaganda. Hasta la iglesia fue cubierta con ropas alegóricas a Chávez, Maduro, Bolívar y Zaraza. Éste último fue el héroe más nombrado. No se mencionó una palabra sobre la gran crisis nacional. Los términos “escasez”, “desabastecimiento”, “hampa”, “salud” y “producción” fueron reemplazados por “guerra económica”, “fascismo”, “imperialismo” y “patria”.
            Al terminar la sesión, los presentes caminaron hacia el monumento. Cuando inició la marcha en línea recta se comprobó lo esperado: poco pueblo, mucho uniforme. Aquello era un desfile de burocracia. Desde una esquina, dijeron: “antes se trancaban estas calles de gente, vea usted ahora ese apoyo al gobierno. Nadie, un grupito de los mismos”.
            Quizá ése es el legado, el desprecio que tienen los de abajo para con los que se acomodaron arriba. La herencia de tanto confeti histórico, tanto circo sin pan, es el rechazo y la deserción.
            Nunca se hicieron tan propicias dos líneas del Dr. Mario Briceño-Iragorry, como en aquel momento: “La historia sirve para pintarnos el proceso doloroso por medio del cual se desvió el paso cívico, y los dirigentes encargados de iluminar caminos, le marcaron rumbos obscuros a la colectividad. Pareció a muchos que era más cómodo buscar un hombre que buscar un pueblo”.

            Ángel Arellano

martes, 9 de diciembre de 2014

La confianza, una receta

Debemos recuperar la confianza para salir del atolladero. Ilustración: El Impulso
             Somos un país económicamente atractivo. Pese a nuestra desgracia vigente, las potencialidades de Venezuela se mantienen en permanente revisión por una sociedad que desea trabajar, invertir, desarrollarse, pero que no se aventura por las trabas ampliamente conocidas.
            El caos económico mantiene en franco deterioro la salud mental del venezolano y condiciona las posibilidades de avance. Una nación siempre puede estar mejor, pero también siempre puede estar peor. El éxito y la decadencia carecen de piso y techo, no tienen límites.
            La diáspora de talento se ha acentuado. Profesionales, expertos y técnicos no visualizan un futuro promisorio en su lugar de origen. A pesar de la muy pequeña, restringida y distorsionada oferta de vuelos al extranjero, quienes huyen se las han ingeniado para llegar a otras latitudes. La fuga de cerebros es ajena al interés gubernamental. Cuando la ignorancia gobierna, quienes saben mucho huelen mal.
            Existe una solución para reencontrarnos, una medida que en el corto plazo puede a dar resultados: generar confianza. Venezuela es tan fértil, con un territorio tan aprovechable y una población tan necesitada de trabajo y propiedad, que cualquier esfuerzo por ofrecer tranquilidad y estabilidad inmediatamente genera inversión, lo que se traduce en empleo e ingresos para la familia.
         La confianza en este país murió, pero puede recuperarse. Si el empresario y  la gente no creen en el gobierno ni en la justicia, si el parlamento legisla por deporte y afición histórica, si el presidente, los gobernadores y los alcaldes priorizan las rumbas por encima de los problemas que requieren atenderse, la confianza no revive: circo sin pan.
            Un amigo ligado a los pocos sectores industriales productivos que quedan operando en el país, me comentaba de una de sus afirmaciones esenciales: el país pasa por un momento de gran crisis pero también de gran oportunidad para industrializar al sector económico y hacerlo rentable, productivo y satisfactorio para el fin común que es el abastecimiento, la estabilidad cambiaria y la reducción de la inflación. Es evidente que la preocupación de los empresarios no está en sintonía con el gobierno. Los primeros luchan contra la marea persiguiendo una última bocanada de aire, los últimos mantienen su plan autoritario sin un ápice de eficiencia en la labor administrativa.
Somos un país económicamente apetecible para pequeñas, medianas y grandes potencias que ven en nuestros atributos naturales y geográficos una oportunidad de negocio envidiable. Una República cuyas provincias están conectadas, más mal que bien, pero conectadas al fin, por un sistema aun primitivo de carreteras pero con gran espacio para ampliaciones y adecuaciones acorde con el mundo que nos rodea.
Nos convertimos en un caos no porque seamos brutos, porque nuestra historia nos arrope o por rasgos culturales, sino por 15 años de un gobierno que potenció la oscuridad que hizo de palanca en su subida al trono. 15 años de exacerbar todo lo que el venezolano ha debido, desde hace mucho, condenar en el baúl del olvido: flojera, ignorancia, corrupción, incapacidad y sumisión.
Existe una solución que puede enmendar la desgracia en el corto y mediano plazo. La confianza, en tiempos de tanta carestía y pobreza, puede movilizar a toda la población económicamente activa en función de la productividad nacional, de lo hecho en casa.

Ángel Arellano

lunes, 1 de diciembre de 2014

Don Manuel y su reclamo


Las calles de Boyacá se convirtieron en un rosario de malas noticias. Cada visita al mercado de Tronconal, al “Chino”, a la carnicería o a la improvisada venta de frutas y verduras que ocupa la esquina de lo que una vez fue “La Casa del Maestro”, son una oportunidad para presenciar el descontento de las personas. Así, toda Venezuela. No hay sitio que muestre una realidad distinta.
Luego de una conversación en la que el calor oriental causó estragos y rompió la formalidad para dar paso a las vísceras, el señor con el que hablaba, desde hace quizá 15, 30 ó 45 minutos, no lo sé, me dijo: “Este será uno de los diciembres más tristes para la gente. ¡Qué peladera! Voy de aquí para allá, de allá para acá y lo que encuentro es queja, reclamo y pelea. No hay ni con qué limpiarse por allá abajo”. Asentí, total, ¿qué podía hacer? ¿Acaso era mentira?
Cuando el sentimiento es mutuo, el acuerdo entra sin tocar la puerta. Apenas un minuto de silencio y volvió: “Pero dime tú, todavía donde vivo hay gente que cree en esto. Pocos. Son cada vez menos, eso sí. Pero todavía existen chico. ¿Quién apoya a estos muérganos que nos quitaron hasta las ganas de ir al baño? Mi hija vive en Brasil, se fue un día por carretera y más nunca la vi. Pero me llama. Me llama siempre. Me dice ‘papá aquí hay Harina Pan por demás, aquí hay leche de la que busques y pollo bastante. No es ese pollo que llevan pa´ Venezuela, este es un pollo bueno, una cosa sabrosísima”.
Quien habla es don Manuel, tiene 72 años. Cuando nació, el país vivía un espejismo de progreso democrático, solidez económica y coherencia administrativa. Hice un intento de pregunta: “Señor Manuel, pero…”. Liquidó mi respuesta. Siguió hablando y seguí oyendo.
Expresó: “Mira, te voy a decir una cuestión carajito. Cuando yo estaba en la escuela (1950, tiempos de Pérez Jiménez) recuerdo que mi papá le echaba pichón trabajando y así nos sacó adelante. No fui a la universidad, no porque estuvieran acabadas como ahorita, sino porque me hice empresario. Microempresario, como le llaman. Monté un negocito de frutas y así me hice hombre. Crie cuatro muchachos, hijo. Cuatro. Tres hombres y la carajita que me partió el alma cuando se fue a vivir a otro lado. Mis hijos no vivieron lo que yo viví. Es triste. Ahora andan por ahí dos de los varones, porque a uno me lo mataron. Uno de ellos tiene la ‘chichingunya’. En esta broma ni fumigan. Qué buenos han sido los del gobierno para robar».
El lamento es de ambos. La impotencia se hace un pacto que no necesita documentos.
En la esquina de la vereda, al lado de una mesa que sostiene algunas ruedas grandes de queso blanco, y muy cerca de un tarantín que vende frutas, vecino de otro que oferta productos escasos a precios poco populares, un viejo afila el cuchillo. Antes de proceder a picar el pedido de un cliente, confirma el breve relato de don Manuel: “Sí es verdad, mijo. Yo también viví eso. Soy obrero jubilado, tengo mi pensión y aquí estoy, vendiendo queso a 250 el kilo. Cuando lo consigo. Ya la plata no alcanza”.
Una, la generación de la Venezuela pujante, la que se hizo añicos con los años, la que vivió el suicidio de la democracia. Otra, la oyente, creciendo en medio de este caos, abriendo entre torpezas un camino que tiene más claridad en el extranjero que en las tripas de esta tierra enferma, pobre, que cae por un despeñadero, sin muro de contención.

Ángel Arellano