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martes, 23 de septiembre de 2014

La bacteria de la distracción


“Guerra bacteriológica”, así no más. ¿Para qué tanto estudio y horas frente el microscopio si la espantosa epidemia de este virus desconocido, con un nombre raro y ajeno (“Chikungunya”), se resume en la inoculación vía correo electrónico de una fiebre que busca desestabilizar la muy estable Revolución? Empero, aunque se trate por todos los medios de escurrir el bulto, la enfermedad sigue golpeando sin descanso a niños, adultos y viejos en todo el territorio nacional.
A propósito de la inacción del gobierno en ocasión de la chikungunya, se me viene a la mente una conocida línea de Betancourt en la que fustigaba al gobierno de Medina Angarita, quién no buscaba soluciones efectivas a la hambruna que vivía Venezuela. Desde el Nuevo Circo en Caracas dijo: “Un flagelo está destruyendo a nuestro pueblo: es el hambre que ahora tiene un nombre pedante: ‘avitaminosis’. (…) Se llama avitaminosis, pero es la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre venezolana” (03-07-1943). No es chikungunya, no es dengue, no es que la fumigación es un recuerdo de antaño, de la cuarta, de cuando funcionaban las cosas, de cuando el sistema de salud pública era una realidad y no se hacía turismo farmacéutico, sino “guerra bacteriológica”.
            La apreciación que hizo Maduro sobre la causa de muerte del presidente Chávez fue similar a la que ahora plantea con el bárbaro repunte de la fiebre hemorrágica: un cáncer inoculado, vía expresa, desde los cuarteles de la CIA, hasta el bunker en Miraflores. No hay que ser matemático o astrólogo para intuir la resulta de una cuenta muy sencilla: atenderán esta crisis, que ya ha cobrado varias vidas de venezolanos, con el mismo vigor, eficiencia y orden de prioridad que el cáncer del difunto comandante: echarán toda la culpa al imperio, a la oposición y a los medios de comunicación.
            Chávez murió de cáncer y sus seguidores en el poder en vez de volcarse a hacer de Venezuela un país punta de lanza en la lucha contra esta enfermedad, calvario mundial, sólo rindieron homenaje con gorras, franelas, vallas y propaganda en radio y televisión. Hoy día el tratamiento del cáncer en Venezuela es una suerte de ejercicio entre el esoterismo y el contrabando: mientras encomendamos a Dios la salud del paciente, nos desplegamos en la búsqueda, muchas veces clandestina, de los productos que mitigan un mal con el que cada ciudadano ha tenido relación cercana o conoce por lo menos un doliente.
            Sucede pues, con el dengue y el chikungunya, que apenas se dispararon las alarmas el gobierno optó por perseguir médicos, encadenar la televisión con pistoladas y ridiculizar la erosión de los anaqueles de un medicamento regulado y clave: acetaminofén. A la par, los periódicos titulan “sube el kilo de pata de pollo de 40 a 100 Bs.”; incluso ése caldo, tan popular y demandado en tiempos del mosquito patas blancas, empieza alejarse de las posibilidades del pobre.
            Como es costumbre, el Estado delincuente amenaza, aprieta, agita el mazo, todo menos atender su responsabilidad (¿acaso en algún momento fue responsable?). Es natural que el chavismo politice el clima, la lluvia, el sol y la luna. Apenas detectan un olor poco favorable en la brisa, sentencian un culpable, y ése, no puede ser el sistema fracasado, la economía quebrada o los vagabundos oficialistas, cualquier cosa menos eso. La estrategia es distraer, el objetivo es el poder total y la consecuencia el desastre absoluto.
            El narco Estado nunca reconocerá su naturaleza, pues no es de burros mirarse en el espejo. Ellos seguirán hablando de chicle bomba, aun cuando el pueblo siga mascando paja.

  
Ángel Arellano

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