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martes, 1 de marzo de 2016

Oposición procura ley para exportar el coque acumulado en Anzoátegui

Especial para ElEstímulo.comCoque2La Asamblea Nacional se propone aprobar una ley que permita exportar los millones de toneladas que desde hace más de seis años Pdvsa acumula en los patios del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui, y que tienen un valor de Bs 2,72 mil millones al año.

Desde 2009 Petróleos de Venezuela (Pdvsa) tiene una tarea pendiente por resolver: la acumulación a cielo abierto de coque y azufre en el Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui ubicado en las afueras de la ciudad de Barcelona. Ambos elementos son subproductos del petróleo crudo procesado por los cuatro mejoradores instalados en el Complejo.
 El coque y el azufre tienen un alto contenido tóxico. Su almacenamiento, que en principio se hizo en patios acondicionados para su posterior exportación, cuando Venezuela se beneficiaba por colocar estos elementos en mercados europeos, asiáticos y del norte de América, ahora se realiza en una suerte de cordillera en la que, según distintas fuentes consultadas, se encuentran más de 20 millones de toneladas de este polvo negro que ha contaminado los suelos y vegetación de zonas aledañas, enfermando miles de seres humanos (vías respiratorias, vista y piel) y animales de comunidades ubicadas a varios kilómetros de distancia.
Sectores de la oposición han denunciado reiteradamente el foco de corrupción que se ha generado con la acumulación excesiva de estos subproductos petroleros, toda vez que el mantenimiento de estas montañas, no previstas en los planes operativos anuales de Pdvsa ni de las empresas mixtas que trabajan dentro del Complejo Criogénico, ha dado pie a contrataciones mil millonarias para el manejo, transporte y disposición de estos elementos.
Cientos de volquetas, maquinaria pesada y un cuantioso recurso humano se ha desplegado desde 2009 para amontonar el coque y el azufre en la cordillera que se observa desde la Carretera de la Costa (Troncal 9).
La empresa con mayor número de contrataciones en el área ha sido la Constructora Urbano Fermín Compañía Anónima (Cuferca, RIF J-311298193), muy cercana a gobernantes oficialistas como el alcalde del municipio Guanta, Jhonnattan Marín, cuestionado hace un par de semanas por la contratación de artistas internacionales para los Carnavales de la pequeña localidad que dirige, financiados, tal como afirmó ante la prensa, mediante “aportes de la empresa privada”.
El año pasado, la familia Urbano Fermín compró el diario El Norte de Barcelona y de acuerdo con su historial en el Registro Nacional de Contratistas (RNC Nro. 0800000311298193) ha prestado servicios por inmensas cantidades de dinero a Pdvsa Gas, empresas mixtas ubicadas en el Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui y a la alcaldía de Puerto La Cruz, también controlada por el PSUV. Por otro lado, aparece la empresa T&C Services Compañía Anónima (RIF J306788425), registrada en el año 2000 y en cuyo RNC (0000105306788425) aparecen diversas operaciones dentro del Complejo Criogénico.
En 2014, en la Comisión de Energía y Petróleo de la Asamblea Nacional, parlamentarios de la Mesa de Unidad Democrática expusieron en dos de las diez sesiones de ese año, el importante gasto que Pdvsa estaba haciendo en el mantenimiento de la cordillera de coque, adjudicando impresionantes cantidades para cumplir con las contratistas y desestimando la activación de un plan que permitiese retomar las exportaciones del coque y el azufre.
Un informe presentado el 16 de marzo de 2015 ante el despacho de Diosdado Cabello y sobre el que no hubo respuesta oficial por parte del entonces presidente del Parlamento, señalaba lo siguiente:

“Las 15.000 toneladas [de coque] producidas diariamente en el Criogénico de Jose tienen un valor en el mercado de $1.200.000, cuyo equivalente mensual es de $36.000.000 y anual de $432.000.000. Usando la tasa de cambio de Bs 6,30 por dólar establecida por el Centro Nacional de Comercio Exterior (Cencoex), la producción de coque representaría unos Bs 7.560.000 diarios, Bs 226.800.000 mensuales y Bs 2.721.600.000 al año: casi tres mil millones de bolívares anuales que no ingresan a las arcas de la nación por la paralización en la exportaciones”.

Más adelante se indicaba:

“En medio de la crisis de escasez, desabastecimiento y déficit financiero que vive la nación, la industria petrolera se permite el mal manejo de este producto que afecta el ambiente, la salud y la economía del país. El traslado de coque en camiones y gandolas no adecuadas para tal servicio, desde los cuatro mejoradores del Complejo Criogénico, a las montañas que hoy los ciudadanos pueden ver desde la Carretera de la Costa, le cuesta al Estado unos Bs 2.160.000.000, poco menos del presupuesto total de la Gobernación de Anzoátegui para 2013: Bs 2.446.000.000. Sin embargo, al sumar los otros gastos que permiten el mantenimiento de las montañas de coque (más de 400 personas contratadas, unidades cisternas para riego, sistemas de alumbrado y maquinaria pesada) la cifra supera con creces el presupuesto de 2014 del gobierno regional”.

Coque5

Esta situación ha sido desatendida por el Ministerio del Ambiente, por la directiva de Pdvsa y por el Ejecutivo Nacional. Diversas denuncias de organizaciones no gubernamentales, grupos ambientalistas, dirigentes políticos y consejos comunales reposan en los archivos de las autoridades nacionales.
Buscando alternativas a la acumulación de coque y azufre a cielo abierto en el estado Anzoátegui, la bancada de la MUD se encuentra próxima a incluir en la agenda de las sesiones ordinarias de 2016 un proyecto de Ley de Asignación Especial por la Comercialización del Coque y el Azufre del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui o “Ley del Coque”.
Carlos Andrés Michelangeli (AD), diputado por el circuito número tres de Anzoátegui y líder del proyecto, dice que el planteamiento persigue impulsar la puesta en marcha de la exportación de estos subproductos petroleros y, además de sanear los varios kilómetros cuadrados contaminados directamente por la cordillera de coque, transferir los recursos al estado Anzoátegui para invertirlos en áreas como salud, plantas de agua, promoción del agro en los campos afectados e investigación asociada a la prevención de daños al medio ambiente.

-¿Qué persigue la “Ley del Coque” que llevará la MUD al Parlamento?
-Buscamos que esas montañas se acaben, que se vendan y esos recursos se lleven a Anzoátegui para sanear la zona y se inviertan en los ambulatorios desmantelados, en una unidad caumatológica con la que hoy no cuentan ni los trabajadores petroleros ni los ciudadanos en general; en vialidad y en investigación científica para que esto no suceda más.

-Los recursos provenientes de los hidrocarburos, según la legislación vigente, son manejados por el Poder Nacional, no por las regiones. ¿Cómo se trasladarán esos recursos al estado Anzoátegui?
-Por eso queremos una ley nacional que faculte al Ejecutivo para que transfiera esos recursos. Pero ojo, no queremos nada discrecional, en este país se tiene que acabar la discrecionalidad que tanto daño nos ha hecho porque los gobernantes, desde la presidencia hasta algunos alcaldes, creen que el dinero es de ellos y lo disponen como les da la gana. Nuestro planteamiento es que participe el Consejo Legislativo Estadal como ente regulador, controlador y foro de discusión pública para que incorpore a la sociedad, la escuche y oriente a la Gobernación en la ejecución de esos recursos. Que se cumpla con el objetivo y no se despilfarre en cosas que no sean las que la ley prevé.

-¿En qué se debe invertir el dinero del coque?
-El proyecto de ley es claro en los cuatro renglones que serán beneficiados: recuperación de los centros hospitalarios de toda la zona norte y oeste de Anzoátegui que están por el suelo y no tienen capacidad ni insumos para atender a la gente; limpiar toda la zona costera y rural afectada por la contaminación del coque y el azufre, que sabemos tomará tiempo pero que hay que hacerlo; protección y conservación ambiental; y promoción de proyectos de investigación en el área científica y tecnológica para prevenir daños ulteriores al ambiente. En Anzoátegui tenemos buenos centros de enseñanza como la Universidad de Oriente y distintas universidades privadas cuyas escuelas de ingeniería quieren ayudar a salir de este problema. Ha sido una lucha de años y es importante que se haga una ley.

Coque1

Del lado del oficialismo pocas impresiones se han escuchado respecto a este proyecto. En julio de 2012 el entonces vicepresidente de Pdvsa, Eulogio del Pino, prometió que las montañas de coque y azufre del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui serían retiradas en un lapso de seis meses. No dio detalles sobre el operativo que se llevaría a cabo. Lo cierto es que en 2016 la cordillera sigue creciendo, dando de comer a un reducido grupo de contratistas que han levantado inmensas fortunas con el transporte de coque y azufre de un lado hacia a otro, inflando las montañas y dando largas a la tan esperada exportación.

 Ángel Arellano

Publicado en El Estímulo
http://elestimulo.com/elinteres/oposicion-procura-ley-para-exportar-el-coque-acumulado-en-anzoategui/

miércoles, 6 de enero de 2016

La partida de Aristóbulo

Adiós Aristóbulo. Como sabrás, los anzoatiguenses no te extrañaremos. No habrá nostalgia ni recuerdos, pero sí el espacio necesario para un cuestionamiento general: ¿cómo pudimos permitir tu paso por la Gobernación del estado? ¿Cómo caímos tan bajo? ¿Por qué?
En la coyuntura de 2012, luego de la última elección de Chávez y el maremoto de su enfermedad, una oposición golpeada por el triunfo del ahora difunto apenas pudo mantener el Ejecutivo en tres regiones: Miranda, Lara y Amazonas.
Tú asumiste el control de Anzoátegui, de los alcaldes y diputados oficialistas, del PSUV, de la Faja Petrolífera, del Criogénico de Jose, de la cementera, de las empresas públicas quebradas y de cuanto órgano político asociado al régimen hiciera vida en nuestra región.
¿La resulta de tu gestión? Nada. El vacío. Silencio. Mañana Anzoátegui despierta sin gobernador y no sentirá la diferencia porque nunca exististe. Solo fungiste como figura decorativa de una Constitución que exige un gobernador en cada estado. Te dedicaste a "aceitar" una maquinaria política que ya estaba fundida, y como muestra, la oposición dobló al PSUV en el reciente evento electoral del pasado 6 de diciembre.

Tu centro de operaciones siempre estuvo en Caracas, ciudad de tu historia. Anzoátegui no te debe nada, sin embargo, tú sí nos debes mucho. Orientaste los recursos públicos al fortalecimiento de tu partido, de tu gente, de tus empresarios amigos, de tus contratistas cercanos. Sin éxito, claro está. La historia nos dará el instante para cobrar, por medio de la ley, el saqueo rojo que encabezaste.
Maduro ha asumido el gran costo interno de sustituir al "yerno" de Chávez para llevarte a la vicepresidencia porque necesita alguien que, llegado el momento, tras todas las tensiones que ustedes están desatando a partir de la elección de una Asamblea Nacional que perdieron y en la que son el dibujo de una minoría desubicada, ignorante de la democracia e irrespetuosa de los resultados electorales, tengan que hablar con la oposición. Tú sabes que así es la política, hay que dialogar y lograr acuerdos. Además, sabes que la radicalización del desastre que han montado fue lo que los llevó al fondo del estanque y seguir con esto no evitará que se hunda el bote con los restos del chavismo que aún sigue a flote.
Maduro juramenta lo que pudiera ser su último gabinete. No lo sabemos. Y ahí estás, supliendo a Diosdado, siendo el número dos de la nómina, no sabemos si el dos del poder real. Éste, desde luego, puede que sea tu último cargo en el gobierno del chavismo, aunque no pecaremos con el atrevimiento de asegurarlo pues ustedes acuñaron la frase "no volverán", y, resulta, para tu desgracia, que volvieron… los otros.

Como dicen por ahí, "no alcanzó el aceite para freír tantas cabezas".

Ángel Arellano

lunes, 16 de noviembre de 2015

Cachivaches en la Venezuela de hoy

 
En Pueblo Viejo, un caserío perteneciente al Municipio Píritu ubicado a la orilla de la Troncal 9 o Carretera de la Costa, una docena de viviendas entregadas por el Gobierno Nacional fueron tatuadas con los ojos de Chávez. Se les colocó la propaganda antes que el agua por tuberías y otros servicios públicos fundamentales. El lugar es un lunar en medio de la carretera, un urbanismo extraño con casas distintas a las que se encuentran en la zona.
                Los planificadores de la obra no dispusieron en su proyecto ningún tipo de arborización. Esto no sorprende, el “ecosocialismo”, término cursi acuñado por la Revolución, se ha caracterizado más por su guerra contra las áreas verdes que por su aporte al medio ambiente. Similar situación se vive en el norte de Anzoátegui, entre Barcelona y Puerto La Cruz. Han construido un canal de “Bus de Transporte Rápido” que ralentizó, paradójicamente, el tránsito mientras destruía cuanto atisbo de verde encontraba a su paso. Lo mismo sucedió años atrás en Guanta, con la eliminación de gigantescos árboles para que el alcalde exhibiera un mural alusivo al oficialismo. Etc., etc., etc. Nunca la flora venezolana sufrió tanto el delirio destructivo de una tóxica gestión de gobierno.
En la entrada de aquel desierto en Píritu, colocan eventualmente un tarantín atendido por una mujer que agita una lámina de cartón para darse brisa. Un toldo, cuya lona está carcomida por la angustia y la pobreza que ahí lo instaló, intenta protegerla del inclemente sol oriental. La acompañan dos cabuyas amarradas a un par de postes de madera que en algún momento fueron la línea perimetral del terreno vecino. Las cuerdas, estaban rebosadas de pantalones viejos, franelas de tela desgastada y una docena de ganchos que exhibían vestidos femeninos, usados en mil y un aventuras. Era una venta de ropa de segunda mano, o de tercera, como tantas que abundan en las barriadas venezolanas.
Con la carencia de posibilidades en la frente y el alto costo de la vida como signo del momento, los vecinos de aquel sector improvisado, a la sombra de la mirada de Chávez, se dejaban caer uno a uno en el kiosko de la señora. Todos revisaban la pila de pantalones, el arrume de zapatos o las bolsas que contenían algunas franelillas para salvar la temporada. Los precios eran regateados porque no había otra opción, o se pedía descuento o no se compraba, pues hasta lo usado tiene un elevado costo en la Venezuela de estos días.
Como la premisa es comer, matar el hambre, engañarlo, o hacernos creer que lo estamos engañando, cualquier cachivache sirve para cubrir el cuerpo. La moda, el confort, los hilos costosos, la marca, la variedad y la abundancia, son cosas exclusivas de los nuevos grandes cacaos bolivarianísimos, que hablan de socialismo con la boca llena, portando lujosos trajes, con fortunas en la moneda imperial, hijos en distinguidos colegios internacionales y familiares causando estragos en otras tierras (ya no es secreto que la hija mayor de Chávez es una dama “aburguesada” ni que la familia del matrimonio Maduro-Flores se baña en todos los chorritos, hasta en el del narcotráfico).
Hemos vivido bonanzas impresionantes, ciclos de gastos a manos llenas, endeudamiento e inversiones colosales, sin embargo, el hambre siempre ha estado presente, como dijo Betancourt, “la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre a la venezolana”.
La miseria no le es ajena a los venezolanos. Aunque el apasionado discurso político de los últimos tres lustros estuvo copado de frases absurdas como “ser rico es malo” y “ser pobre es bueno”, nuestra sociedad, desde hace 100 años, no ha dejado de ser una nación atascada en un modelo rentista que empobreció (y empobrece) a la gran mayoría de ciudadanos. Condenándolos, por decir lo menos, a vivir esta temporada de malas noticias que ensangrientan las calles y aniquilan la esperanza. No obstante, siempre hay una salida: votar.

Ángel Arellano

lunes, 9 de noviembre de 2015

Mandados de la pelazón

 
            Para navidad, decidí ir al centro de la ciudad para comprarle trenzas nuevas a unas botas viejas que están en buen estado. Conseguí un betún prestado y las pulí, así tendré un par de pisos dignos para el fin de año. Comprar zapatos se convirtió en un pecado, o peor, en un suicidio para el bolsillo del ciudadano promedio: el precio más modesto duplica el salario mínimo, y todo lo que se consigue de ahí para abajo, son cachivaches que apenas sirven para andar un par de semanas.
                En el centro, al final de la tarde, las colas de personas son en todos los órdenes. Cola en la farmacia, cola en los abastos, cola para los autobuses y cola para los carritos que cumplen la engorrosa y lenta tarea de llevar y traer a la gente de los sectores más recónditos ocultos en barrios, cerros e invasiones. Un muchacho de 21 años que labora como vigilante, me comentó que a diario se generan por lo menos dos o tres peleas entre la muchedumbre aglomerada a las puertas del supermercado en el que trabaja desde hace un año.
–Todos los días es esa guachafita: se matan para ver qué llegó en el camión, como si siempre viniera cargado de arroz o leche –fue el breve relato del joven devenido en guachimán.
                Matar el hambre en la calle es tarea imposible. Lo único barato son los perros calientes, pero ahora cuestan 100 Bs. y más pequeños. Comerse tres perritos y un refresco para engañar el estómago y hacerlos pasar por el manjar de cualquier nutricionista, nos da un total aproximado de 450 Bs. Si me proveía de ese lujo, no tendría para pagar los tres autobuses que debía tomar para llegar a casa (ah, porque mi vehículo espera que la providencia lo dote de un repuesto inconseguible, como rezan los mandamientos de la escasez: no hallarás, no comerás, no ahorrarás…).
                Cuando el árabe de la zapatería me mostraba su colección de trenzas disponibles, una señora lo abordó intentando el inglés, pero con el oriental en la boca:
–¿Qué jué musiú?, gur afternun.
–Caramba chica, tanto tiempo. ¿Y ahora eres gringa?
–Sí, como Cilia, porque Maduro dijo que la va a mandar a aprender inglés para que lo defienda de los catires gringos cuando nos invadan más tardecita.
No sé si la risa fue espontánea o fue un remedo para tapar la indignación de la noticia cierta que invadía la primera página de un periódico que reposaba en el mostrador, pero todos en la zapatería estallaron en una carcajada.
Antes de retornar, me encontré a El Gato, el maestro de obra de la cooperativa de mi suegro. Dejó la construcción para convertirse en taxista porque la empresa no recibe una llamada de trabajo desde marzo, cuando desojábamos nuevamente la margarita sobre si el régimen iba a caer o llegaría hasta las elecciones. Desde aquel momento, ocho meses atrás, trampeó algunas mañas del viejo vehículo que reposaba en el porche de su casa y salió a la calle a procurarse el sustento de su familia.
                –La gente cree que el “taxeo” de ahorita es como antes – dijo. –Antes se hacía más plata. Ahorita hay muchos taxiando porque todo el mundo anda pelando. Las carreritas están caras, pero si haces cinco o seis al día, vas que chuta. Yo estaba sacando entre 2500 y 3000 Bs. diarios. ¿Qué profesional gana ahorita 75mil o 90mil al mes? Bueno, con todo y eso se me jodieron dos cauchos y ando parado hasta nuevo aviso porque no tengo para comprar aunque sea unas chivitas. Todo se va en comida para la casa.
                Cuando no es la inflación, es la escasez, y cuando no es la escasez, es la inflación; y si con suerte resuelves todo, te atracan, o caes enfermo y sin medicinas, o llegas a casa sin luz ni agua, o el gobierno decreta una nueva medida, o más impuestos, o más cadenas nacionales… Así estamos. ¡Vota!

Ángel Arellano

lunes, 12 de octubre de 2015

Cuando nos hicimos magos (I)

Si los ojos de aquella mujer narraran todo lo que han visto, capaz ofrecieran un relato detallado de la vida del venezolano promedio, el que brinca charcos que crearon las tuberías rotas, invierte buena parte de su tiempo en la irritable espera del autobús de turno o guarda en las gavetas de la cocina algunas velas para iluminar la casa cada tanto, cuando el apagón visita y se queda a dormir.
                Ella descendía del bulevar de comercios que hacen antesala al Hospital Luís Razetti de Barcelona. Caminaba apurada con un trío de bolsas en la mano derecha, el morral de madre a cuestas y la criatura entre sus hombros. Un pañuelo de una tela rosada y delgada, con el centro transparente, producto del uso y desgaste, protegía al bebé del sol anzoatiguense. El calor evaporaba cualquier atisbo de sonrisa en un rostro que parecía invadido por el estrés y la incertidumbre.
                Cuando una de las bolsas que llevaba cayó al suelo, apresuré la marcha para ayudarla.
                -¡Epa! Espérate. Aquí está tu bolsa.
No era una mujer mayor, capaz tenía mi edad. Era exagerado pensar que superara los 25 años. La bolsa contenía un paquete de 32 pañales y en su mano llevaba otro idéntico. Recordé que aquella mañana la gente corría de un lado al otro, y a los pies del hospital, se observaba una fila de más de 400 personas, de acuerdo con mis estimaciones a vuelo de pájaro: esperaban comprar pañales en una farmacia, un producto atesorado en la Venezuela de la escasez y el hambre.
-¡Coño! Gracias, creí que te la ibas a llevar –respondió luego de un sorbo de aire que la tranquilizó.
-¿Y por qué me voy a llevar esos pañales? Eso no se hace.
-Carajo, si eso es lo normal. La vez pasada estaba en el (Abasto) Bicentenario cuando se armó un rollo ahí. La Guardia llegó justo después cuando iba saliendo con las bolsas y me quedé sin nada por culpa de aquél peo en medio del gentío. Menos mal que andaba sola.
Periodista al fin, no pude asfixiar una pregunta.
-Ah, pero no andabas con tu niña por ahí, que bueno.
-No es mi chama, es mi sobrina. La traje al hospital anoche porque no le bajaba la fiebre y no conseguía un remedio. Hoy temprano le dieron de alta porque no hay donde tenerla y le bajó la calentura. Me metí en esa cola a ver qué había y compré rápido porque me vieron con la niña, porque si no, bueno, estuviera llevando más sol que una teja.
La acompañé a cruzar la calle y se detuvo debajo de la sombra que brindaba una panadería justo enfrente de la parada de camionetas y camiones que hacen de transporte público.
-¿Cómo haces para cargar todo eso? –volví, curioso.
-Así como voy, con todo encima. No has visto nada. Cuando se consiguen las cosas, la harina, la leche o la azúcar, a veces en los chinos o en el mercado, uno aprovecha, y como venden regulado, cargas con lo que te dejen llevar, si no ¿qué vas a comer?, ¿qué comen los carajitos? Uno aguanta hambre a veces, pero los niños no tienen la culpa de lo que está pasando –respondió.
Su aclaratoria fue un desahogo. Cuando agregaba líneas al diálogo, inhalaba aire con fuerza, dejando entrever alguna dificultad respiratoria de diagnóstico desconocido.
-A veces pareciera que fuéramos magos rindiendo la comida, estirando todo, pidiendo fia’o, de aquí para allá.
La criatura debajo del pañuelo contaba algunos meses desde su llegada al mundo. Su vida, tan frágil, dependía de aquella mujer que había dormido algunos minutos en los pasillos del hospital esperando la buena nueva del médico de guardia para retornar a casa. Nunca abrió los ojos, entregada a un profundo sueño en el sauna de los mediodías de barceloneses.

Ángel Arellano

domingo, 20 de septiembre de 2015

Las paradas se quedaron sin autobuses

(Versión original)

*
         Desde el fondo de la unidad observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportan los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Quienes viajábamos en el autobús no podíamos mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. Un puñado de segundos eran acompañados con diminutos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
         “Ta’ vacía’o. Suba, suba. Cárcel vieja, chica, fuente”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos al azar en la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche, la idiosincrasia nacional. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
         En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club que en Venezuela no tiene beneficios, llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de franela azul porque arbitrariamente la unidad decretó el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
         Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa sostenían con sus piernas las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos. El dato propagado por la televisión oficial que afirma que Venezuela es el país más feliz del mundo, era combatido por las almas que iban en el autobús.

**
         La ruta exigía trasbordo. Cuando el colectivo se detuvo en alguna parada con un nombre no registrado, un mar de almas se había amontonado para subir. Esta muchedumbre tenía quizá una o dos horas esperando, un espacio de tiempo similar al que yo había demorado en el centro de Puerto La Cruz para conseguir un transporte que me llevara a casa.
         Las paradas se han quedado sin autobuses, cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de los repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
         En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo y cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos. El canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener a otro con vida. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
         Las paradas dan cancha a una larga espera. En algún momento, no tan lejano, sólo la acostumbrada señal con el brazo, o el agudo silbido de costumbre, detenía diversas busetas, carritos y autobuses de todos los tamaños que pasaban gritaban sus rutas en busca de clientes. Era un intento de competencia en un mercado que tenía muchos demandantes. Hoy día, pasan sin saludar, van saturadas de pasajeros. Paradójicamente, todos dentro del vehículo comparten la misma desgracia: el desabastecimiento los ha tocado, los altos precios los espantan y están aterrorizados por la inseguridad. Nadie se salva. Usuarios, colectores, choferes y vehículos son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.

***
         Una hora después, tomé una pequeña buseta. Las ventanas eran cuadros de cartón y cinta adhesiva que adornaban la estadía. El hombre tras el volante nos contó en el trayecto que durante un robo algunos disparos quebraron casi todos los vidrios. No obstante, la buseta sigue siendo un empleador importante: con ella se lucra el propietario que la alquila a un intermediario, quien se encarga a su vez de rentarla al chofer y éste recluta un colector, la más de las veces menor de edad. El vehículo cumple con la misión de alimentar todas esas bocas de la cadena. El intento es titánico, así la historia de todos los transportistas.
         En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pudieron subir a la buseta, arrancaron la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a casa. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que no ha escaseado.

Ángel Arellano

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sobre la escasez de autobuses


         Desde el fondo del autobús observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportaban los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Los pasajeros no podían mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. El viaje era acompañado con bruscos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
            “Ta’ vacía’o. Suba, suba. ¡Cárcel Vieja, Chica, Fuente!”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos distribuidos al azar por la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
            En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de camisa azul. Arbitrariamente la unidad había decretado el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
            Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa cargaban con las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos.
            Las paradas se han quedado sin autobuses porque éstos cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
            En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo, cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos: el canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener con vida a otro. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
            Todos dentro del autobús comparten la misma desgracia: el desabastecimiento, los altos precios y la inseguridad. Nadie se salva. Pasajeros, colector, chofer y vehículo son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.
            En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pueden subir al transporte, arrancan la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a sus hogares. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que se consigue en todos lados.
        
Ángel Arellano

viernes, 31 de julio de 2015

¡Murió Américo!


            El libro de Galeano del que hablamos la última vez quedó en la mesa esperando su entrega. Américo murió en el instante final de la noche, cuando el sol anunciaba su entrada y se acomodaban los grises para dar paso a la claridad.
            A las 4:30 am, dicen los médicos que estaban en la guardia nocturna, dejó de existir. Falleció en el Hospital Razetti de Barcelona, la institución a la que dedicó muchos años como reportero y periodista de amplia trayectoria en Anzoátegui.
            La enfermedad no dio tregua. Se fue tras un violento embate que lesionó su ya precario estado de salud.
            La noticia se supo tempranito, como suele pasar con los acontecimientos más relevantes. A las 6:30 am recibí el mensaje de texto de Jorge Ramírez. Un aviso no esperado. ¡Qué tristeza! ¡Qué vaina!
            Américo será recordado. Deja un largo recorrido por esa carretera escabrosa llamada periodismo. Se afanó en la proyección de las virtudes de nuestra región, en la pesquisa de los sucesos y en el acompañamiento a las comunidades, bien desde las páginas del diario El Tiempo o a través de la pantalla de Telecaribe y la Televisora de Oriente.  
El primer trabajo que leí en el que aparecía relacionado Américo, fue un gran reportaje publicado en el Diario de Caracas en 1987 que hablaba de las bondades de la Cuenca del Unare. Fue la edición del primero de marzo de aquel año, para ser más exactos. Para entonces, él era director de la sección “Venezuela Adentro”. De esa investigación, que realicé en la Hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, recogí varios textos, los registré con una fotografía y los almacené en mi archivo particular. No sólo publicitó al Unare, dedicó espacio a la Mesa de Guanipa, al Paseo Colón de Puerto La Cruz, a las islas del Parque Nacional Mochima, a la costa de El Hatillo y La Cerca, a los casaberos de  Sabana de Uchire, a los alrededores de la para entonces conocida como Faja Bituminosa del Orinoco, entre otros. “Venezuela Adentro”, un excelente recurso documental.
Lamentamos su partida. Cada vez que muere un periodista el país pierde una voz, pero gana cientos de ellas en las aulas de las escuelas de comunicación social. Sobre esto último, los salones de clase, y en específico sobre el qué se está impartiendo, debatiendo y discutiendo en el semillero de los nuevos periodistas, invertimos varias horas de tertulia y algunas tazas de café. Américo se mostraba preocupado por la calidad de la enseñanza, de los programas de estudio y de la capacidad de interpretación y discernimiento que pudieran tener los jóvenes de la nación en medio de la situación actual, tan revuelta y tormentosa.
Mantuvo un criterio del deber ser del periodismo, un apostolado para la educación de las masas. Le agradezco algunas recomendaciones que puse en práctica en las discusiones sobre ensayos y libros que he venido realizando con mis alumnos como actividades complementarias para fomentar la lectura.
¡Ah! Américo era chavista. Sí señor. No por eso dejó de ser un buen venezolano. Capaz sea ese aspecto el que más captó mi atención y por eso disfruté tanto de su conversación amigable, ponderada y profunda. En algo estuvimos de acuerdo, al país lo que más le hace falta, por encima de todas las cosas, es un abrazo, una gran reconciliación.
No queda más que la despedida invisible, pidiendo a Dios que lo acoja en su seno y que descanse en paz.


Ángel Arellano

domingo, 12 de julio de 2015

Visitando a Américo en el Razetti

         En el hospital Luís Razetti de Barcelona los médicos recuerdan los reportajes que realizaba el periodista Américo Hernández en sus años mozos. Él se encuentra internado por una de dolencia que lo ha llevado a permanecer en el recinto durante un par de semanas.
            Como del venezolano lo que más recoge el mundo es su capacidad para demostrar afecto y solidaridad, asistí un día cualquiera a visitar a Américo y llevarle un libro. Los minutos que transcurren en el hospital se convierten en horas y las horas en días, haciendo de los días semanas y de las semanas una eternidad. Cuando llegué a la camilla en la que reposaba acompañado de su amable esposa, le entregué el ejemplar y hablamos. En medio de la conversación decidió prestarme un libro que tenía junto a él. La obra en cuestión era “¡Viven! La tragedia de Los Andes” de Piers Paul Read (1974), el famoso relato sobre los deportistas uruguayos que se estrellaron en las frías montañas que dividen Chile de Argentina. Aquella tragedia se hizo popular en su tiempo cuando los sobrevivientes confesaron haber comido carne humana para paliar el hambre durante 70 días de intemperie.
“¡Después de leer esto sé que lo que tengo es una pica’ e’ plaga!”, me dijo Américo. La exclamación fue un lugar común. Si algo nos caracteriza es nuestra capacidad de adaptación en las más deplorables circunstancias. Solo miremos alrededor cuántas personas subsisten en medio de esta crisis sin parangón.
Cuando bajaba las escaleras del hospital pensé en la precariedad de su situación, en el deterioro de la infraestructura, en la miseria de sus insumos y en el drama de quienes ahí laboran. Más de 20 mil médicos venezolanos se han ido al extranjero en los últimos años. Las ruinas del país. Aquella institución de primer mundo inaugurada en su ubicación actual en 1963 por Rómulo Betancourt, ícono de la democracia moderna, y reinaugurado docenas de veces por los gobernantes populistas de turno, es el símbolo de la decadencia de la región. Cito una interrogante que Tomás Straka se hace en “La república fragmentada” (2015): “¿cómo es posible que al cabo de los años más prósperos, libres y pacíficos de la historia venezolana (lo cual no quiere decir que lo hayan sido en términos ideales, sino comparados con lo ocurrido hasta entonces) se llegara a tal sensación de fracaso?”.
A las 7 de la noche regresaba a casa. Y aunque corrí con suerte porque mi vehículo estaba entero en el oscuro estacionamiento, en la salida del hospital me detuvo una cola que duró por lo menos dos horas: motorizados protestaban exigiendo a la morgue la entrega de un compañero fallecido. La policía se desentendió del asunto. Patrullaban los alrededores pero no interactuaban con los manifestantes. Algo similar había sucedido toda la semana en la Universidad de Oriente, en donde encapuchados trancan la avenida, saquean camiones y roban a estudiantes. Muchos pacientes que salían de alta, otros que intentaban ingresar y varios que necesitaban salir rápido del sitio para iniciar la angustiosa búsqueda de medicamentos, se encontraban en aquella cola.
Un par de días después el director de la Policía regional ofreció a la prensa una declaración escalofriante: “Polianzoátegui vigilará la UDO si le garantizan seguridad”. ¿Quién debe brindar seguridad a quién? El que los responsables de resguardar a la sociedad pidan ayuda nos da una idea de nuestra deplorable situación.
  
Ángel Arellano

viernes, 29 de mayo de 2015

Revive Tiburón Club, a pesar de la crisis


          La crisis es un huracán, nada la detiene. Un virus que se propaga con rapidez. Llegó al Templo del Rock en Puerto La Cruz.
         Ayer Tiburón Club reabrió sus puertas luego de estar cerrado durante los casi seis meses que lleva el 2015. Una nueva edición del Festival Nuevas Bandas en Anzoátegui fue la programación de la noche.
A pesar de que todo estuvo en el sitio de costumbre, las tablas eran las mismas, el escenario el de siempre y las marcas de las agrupaciones que han pasado por ese espacio siguen pegadas en las paredes y puertas, el Templo tiene una esencia diferente. ¿Cómo no ser así si estamos en un país cada vez más distinto?
La barra de Tiburón ya no es la de antes. Cuando llegué al local y vi que el procedimiento para comprar cualquier bebida pasaba por hacer una pequeña cola, recibir un tique y pedir el trago, hice cortocircuito: “¿Qué pasó aquí? Esto nunca ha sido así”. Cambios. Pareciera que el germen del papeleo y la lentitud tocó un sitio que, por lo menos hasta el año pasado, se hizo popular por su informalidad, su falta de protocolo y su buen rock and roll. De todo esto, lo último no ha sufrido modificación. Todas las bandas que sonaron tienen un gran mérito. El simple hecho de estar ahí, de seguir haciendo música en medio de la tempestad que angustia a la nación, es una acción muy importante.
No sé cuántas veces he ido a Tiburón Club. Son muchas. Demasiadas como para llevar registro. Nunca, nunca, nunca se dejó de vender cervezas a mitad del show porque estuviesen congeladas. “¿Me la vendes caliente pero con un vaso de hielo?”. “No”, la respuesta inesperada. Numerosas veces se agotaron, pero nunca se congelaron en el camino.
¿Será que el receso de estos meses desafinó la logística? ¿Algunos imprevistos alteraron la planificación? No lo sé. Me perturba saber que la catástrofe de Venezuela es en todos los órdenes, aun cuando sé que somos mayoría quienes damos nuestro aporte para tener un mejor país.
La inflación disparó los precios. Desde hace mucho tiempo salir a un local nocturno es un lujo. Sin embargo, el Templo era un lujo que podíamos costear eventualmente. Podíamos. A través de un ejercicio complejo imagino el sinfín de maniobras que deben hacen para abrir nuevamente y no dejar de ser ese sitio que tanto hace falta.
         Un amigo me dijo una frase definitiva: “aquí hay mucha gente que tenía tiempo sin verse”. No hay locales, no hay sitios de encuentro. Tras el reciente cierre de El Duende Bar en Lechería oí a muchas personas preocupadas por el destino no sólo del rock, sino del “encuentro”, esa palabra extraviada en la adversidad del diario.
Afortunadamente Tiburón Club volvió. No sabemos hasta cuándo, ni si podremos ir como antes a sus muchos eventos. Es un lugar común de cientos de personas que al margen del reggaetón y otros “bachaqueos” de la cultura, ofrece albergue a las propuestas alternativas que la sociedad reclama.
Espero no ofender a nadie con este breve comentario. Felicitaciones a los propietarios del local por tener el entusiasmo de regresar.

Ángel Arellano

jueves, 14 de mayo de 2015

La clase especial de hoy

 En la Universidad planificamos una clase especial. Unimos ambas secciones del Taller de Análisis y Comprensión de Mensajes: poco más de 70 estudiantes de Comunicación Social. Intentamos debatir sobre el “¿cómo se construye un mensaje?” y el “¿cómo hacer del mensaje un elemento efectivo en el proceso de la comunicación?”.
Para quitarle la corbata al rigor cotidiano del aula, invitamos a dos amigos: Paola Soto, una joven periodista y novel poeta de la región, y a Carlos “El Negro” Castro, también comunicador y humorista.
Ambos llegaron temprano al salón. Marcadas las 9:30am iniciamos un breve preámbulo para discutir asignaciones pendientes. Acto seguido, los alumnos presentaron una breve reseña biográfica de cada invitado y se dio inicio a la dinámica de preguntas y respuestas en la que no pudieron faltar comentarios sobre la poesía en el entorno de crisis nacional y el humor como válvula de escape y como vaso comunicante de una realidad específica.
Fue una experiencia gratísima y exitosa. Todos los jóvenes participaron. Mucho interés por la lectura y la escritura. Otros siguen mostrando una creciente atención por el deporte, el espectáculo, el periodismo cultural, entre otras áreas que han quedado en el traspatio de la Venezuela politizada.
Agradezco a Paola Soto y a “El Negro” por su aporte, y sobre todo a los alumnos del Taller de Análisis por su compromiso, su organización, su orden y sus ganas de aprender. Siempre es bueno reiterarles que son parte de esa generación que colaborará en la construcción de una nación próspera, plural y libre.

La próxima clase especial será con músicos. Seguiremos indagando en el proceso de la comunicación y otros temas importantes en la formación del periodista.

Ángel Arellano

lunes, 11 de mayo de 2015

Sobre el Filven 2015 en Puerto La Cruz


"El Filven es un espacio para la promoción del libro oficialista". Si usaran esa descripción para redondear su objeto y finalidad, capaz el evento tendría mejores resultados.
En sus puntos para venta e intercambio de libros siempre predomina la literatura revolucionaria. Íconos rusos, cubanos, latinoamericanos y árabes, son colocados en pedestales para exhibir la fábula (o justificación) del socialismo teórico. 
La edición de este año, que contó nuevamente con un apéndice en Puerto La Cruz, y que entiendo partirá mañana a El Tigre, a pesar de significar un buen momento para comprar libros nuevos, viejos, usados y raros, y saludar a los asistentes que en su mayoría son lectores entusiastas, fue pobre. En una línea: fue un pobre evento.
Un intento minúsculo para la necesidad de promoción de la lectura que hay en Anzoátegui. Con el 1% del gasto anual de publicidad y propaganda de la Gobernación del estado se hubiese hecho algo mejor, de mayores proporciones y más plural.
En la región apenas existen algunos círculos de lectura y reflexión, muy en detrimento de la creciente aparición de nuevos escritores, ensayistas, poetas y talentos en las letras.
La invitación al Filven 2015 de Puerto La Cruz apenas fue una brisa que tocó a pocos, en contraste con las costosas convocatorias que reproduce el gobierno para cualquier evento político.
El Parque Andrés Eloy Blanco mostró su suciedad, deterioro y olvido para que a ninguno de los que fueron al Filven les quedara duda de que por más que este gobierno lo intente, es incapaz, ignorante e indolente ante los espacios que necesita la comunidad.
Los que dirigen el país, en su persistente y obstinada labor de hacer de la ficción del Socialismo del Siglo XXI un cuento digerible para todas las edades, no escatimó en presentar textos alegóricos al Comandante. Me pregunto ¿cuántos buenos libros habrán quedado como borradores polvorientos esperando algún apoyo estatal?
Aunque todo esto deprime, las mesas para la venta de obras universales y nacionales no dejaron de ser una oportunidad para encontrar algún título interesante. La capacidad innata que tenemos los venezolanos para darle la vuelta a las situaciones más adversas, permitió no salir corriendo.
Me alarmó de sobremanera cómo casi todos, incluyéndome, aprovecharon la ocasión para adquirir libros usados. Los nuevos son muy costosos y los ejemplares que presenta el gobierno son papelería de la propaganda. Otra vez la crisis y su cara de perro.
No obstante, muchos jóvenes asistieron. No lo sé con exactitud, pero me aventuro en asegurar que casi todos no están del lado de los rojos. ¿Cómo estarlo? El Filven 2015 en Puerto La Cruz terminó siendo un montón de libros viejos intentando formar a una generación emergente que quiere sobrevivir al deterioro cultural del régimen.

martes, 21 de abril de 2015

Maduro: perorata, encubrimiento, mentira y fiasco.

Programa "En contacto con Maduro" #26 desde la Casa Fuerte de Barcelona

Martes, 21 de abril. Maduro habla y habla en la radio y en la televisión. El laboratorio de redes sociales que dirige Miraflores sigue minuto a minuto el balbuceo del Presidente. Se gasta tanto dinero como haya en existencia para potenciar el aparato comunicacional del régimen.
En su delirio, muestra con entusiasmo todos los síntomas de su condición psicopatológica. Los megalómanos cuentan con una autoestima inflamada, una consideración ilimitada de su omnipotencia y una creencia sólida de que su relevancia para el mundo circundante es definitiva. Maduro tiene parlantes, muchos, pero pocos lo escuchan, muy pocos. No ahorra en líneas ni argumentos. Se explaya contando, narrando, describiendo sus puntos de vista desde una tarima solitaria en la que lo acompañan los camarógrafos. A 15 metros de distancia están los distinguidos que pueden presenciar el acto. El resto, los trabajadores públicos obligados, deben estar en las aceras, chequeados por los sensores cada media hora.
Hoy, mientras estallaba un nuevo escándalo de corrupción producto del negocio gigantesco que confeccionó el ex ministro chavista y miembro retirado de las Fuerzas Armadas, Herbert García Plaza, en el que Venezuela adquirió a España tres barcos usados para la expropiada empresa de transporte marítimo Conferry y los incorporó como activos nuevos, generando una pérdida patrimonial al Estado de varios cientos de millones de dólares, el presidente de la Asamblea, el Capitán Cabello, dedicó su tarde en el Hemiciclo para divulgar nuevos procesos judiciales contra medios críticos que han mantenido su disidencia aun cuando la bota del gobierno ha hecho todo para pisarlos.
            El portal web La Patilla, el combativo diario Tal Cual, cuyo editor, Teodoro Petkoff, no pudo ir a Madrid a recibir la importante distinción internacional del premio José Ortega y Gasset por tener prohibido salir del país gracias a una denuncia que introdujo el mismo Cabello y de la que ya ni los mismos jueces de la causa se acuerdan, y el histórico periódico El Nacional, son las víctimas recurrentes del capataz de la Revolución. Para salirle al paso a Cabello, el Presidente de este último periódico ganó diversos titulares con una frase que en cuestión de minutos terminó siendo viral en las redes sociales: “Nosotros duraremos más que este gobierno”. La “recontraofensiva” avasallante de la que habla Maduro en su perorata, tiene en su núcleo un lugar común del régimen: intensificar la censura usando cuantos métodos sean necesarios.
            La televisión deja ver la Casa Fuerte de Barcelona, más iluminada que de costumbre. Desde ahí Maduro promueve a sus candidatos en las internas del PSUV. No hay que gozar de dotes de analista para percibir la gran tensión entre los asistentes. La homogeneidad del chavismo se perdió cuando murió el Superyo de Chávez. Los demás sobreviven en el canibalismo de la corrupción, la hipocresía y el abuso. Maduro, para no perder “El Legado” de demagogias y mentiras, muestra planos de las nuevas paradas de autobuses que dice incorporar en los próximos días en las mismas avenidas con las que cuenta desde hace 50 años la zona norte de Anzoátegui. Paradas que a vuelo de pájaro se nota no tendrán cabida en unas vías tan colapsadas como la av. Intercomunal o la av. Alterna.
            Diosdado desde la silla de regente del Parlamento volvió sobre ese discurso trillado que repite cada vez que puede para mostrarse como el hombre de mayor moral dentro del oficialismo: según él, luchará indeteniblemente en contra de la corrupción aun cuando casos como el de Conferry, que estuvo en sus manos y lo desechó, permaneció engavetado hasta que García Plaza dejó de ser parte de la cúpula roja y cayó en desagracia. Sino, hubiesen protegido la gran estafa al Estado por los ferrys usados y hoy parados por daños desconocidos. Cabello siguió el ejemplo de Chávez, callando las rubieras de los miembros del Gabinete hasta que éstos traicionaran “El Legado”. A la sazón, esto último lo dejó claro Tareck El Aissami, Gobernador del estado Aragua y ex Ministro de Interior y Justicia. Éste confesó que se había inmutado ante los casos de corrupción de su antecesor, Rafael Isea, quien también fue ministro e hijo de Chávez pero que encontró mejor vida bajo el amparo de la DEA y el FBI, porque el Supremo así se lo había pedido. En un acto de paternalismo encubridor, las desviaciones de los hijos se mantuvieron ocultas hasta que El Aissami aportara su relato que sin duda ha desmoralizado aún más a la población que vive las penurias de la cola y el reinado del hampa.
            Maduro sigue hablando en la TV. Le promete a Anzoátegui un sistema de transporte público de ensueño pero no dice qué hará con las cientos de unidades que están detenidas por repuestos o con los autobuses, busetas y carritos que cubren las rutas en deplorable estado. Sólo emana populismo; uno, por cierto, poco efectivo. No hay sondeos que sostengan que mejorarán los escenarios para el gobierno en lo inmediato. El más optimista sostiene que el país está polarizado en una relación 70-30: la cifra mayor agrupa a los descontentos, y en la menor se encuentran los indecisos y fieles al sistema actual aunque no sabemos con exactitud cuáles o quiénes son pues las encuestas hablan un lenguaje y el miedo, la frustración, la indignación y el odio, palabrean otro totalmente distinto.


Ángel Arellano

lunes, 20 de abril de 2015

“Bachazuela”: varios días en la cola


Sosteniendo una bolsa de papel que goteaba el aceite de un par de empanadas, una señora se defendía de las miradas. Eran las once de la mañana y dijo tener cuatro días en el sitio. Aquel fue el quinto desayuno en la misma posición: la acera de enfrente del establecimiento J.J. Pérez Alemán, una venta de electrodomésticos ubicada en la ruidosa avenida Intercomunal de Barcelona.
            Decenas de familias se reunieron algunas lunas atrás a esperar el camión que vendría cargado de neveras, equipos de aire acondicionado, y, según el rumor de un funcionario de la Superintendencia de Precios Justos, algunos televisores. Éstos últimos son los más buscados. La mayoría de quienes invierten varios días de sus vidas en esta fila aspiran hacerse con uno o dos de estos equipos.
            La acera se convirtió en un campamento improvisado. No faltaron quienes emitieron groserías e insultos a las personas de la cola, sin embargo, para nuestra sorpresa, terminaron siendo mayoría, según una breve inspección ocular de una hora, los que se detenían a preguntar la factibilidad del sacrificio, evaluando unirse.
            Sábanas, toallas, sombrillas, cartones, incluso edredones para cubrirse del frío que eventualmente trae la brisa de la noche, forman las tiendas que alojan a los protagonistas de la espera. Pacientemente se apuntan en listas, reparten números y acuerdan representantes que hacen de enlace con los vigilantes del local. Los cuerpos de seguridad del Estado sólo rondan la zona pocas veces en el día para garantizar que la situación no se salga de curso, aunque se han desarrollado un par de balaceras en los varios meses que lleva la dinámica.
            Sillas de playa, bancos de madera o plástico, gaveras de malta, cerveza o refrescos, bloques y hasta neumáticos, son los asientos de quienes han dejado su oficio para aventurarse en esta espera. Pareciera una zona marcada por el conformismo y la resignación. Hay muchas caras tristes, otras furiosas, algunas serias, pero todas expectantes, dándole vivas a la suerte para que puedan adquirir lo esperado.
            “La gente siempre pregunta que por qué uno está aquí aguantando sol, calor y humo. Como que no ven lo que pasa en el país con esta peladera”, expresó la señora tras culminar los bocados: “Muchos compran para revender, sí es verdad, pero la mayoría nos calamos este viacrucis para tener algo para la familia. Es la única manera de conseguir barato”. Su cabello registra algunas canas, puede estar finalizando la quinta década de su vida. Se veía fatigada, afectada por la insolación. Devolvía el mandado a los que lanzaban improperios desde los autobuses.
            Minutos después, se escucharon lamentos y una ola de vulgaridades. Recordaron la madre de los dueños de J.J. Pérez Alemán y la del Presidente de la República. ¿El motivo? Un vigilante había pasado el dato de que el camión con los productos no llegaría. Un accidente en la vía de Caracas hacia oriente había ocasionado su retorno a la capital.
Era el mediodía del viernes. Apenas el calor comenzaba su momento asfixiante. Los miembros de la fila debían seguir esperando. La empresa notificó que el transporte llegaría el lunes y pidió a los clientes del campamento que vinieran la semana próxima. Pero no, ahí se quedaron, en la intemperie de la acera, en la adversidad de la avenida. Comiendo cualquier “bala fría”, durmiendo con un ojo abierto, contando con baños ajenos y haciendo del periódico prestado un compañero infalible.

Ángel Arellano