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lunes, 11 de julio de 2016

Venezuela: ¿cuándo termina este episodio?

Más de 35.000 venezolanos cruzó la frontera con Colombia para abastecerse de alimentos 10.07.2016

 La pregunta que zanja cualquier conversación en el país nos deja inhabilitados para elaborar respuestas que puedan llegar a puerto seguro. Citamos en el criollo más preciso: “¿Cuándo se acabará esta vaina?”.
                Angustia y desesperanza son los dos componentes que controlan la psiquis de la población. El hambre no da tregua, los enfermos y víctimas de la violencia siguen muriendo en cantidades que no conocen registro.
                Los que siguen comiendo tres veces al día son muy pocos, apenas una pequeña minoría que ha podido sortear los embates de la miseria. “El país está en una situación tan crítica que dentro de poco nos vamos a estar comiendo entre nosotros mismos”, me dijo un primo cuando hablábamos de los precios de las verduras, los tubérculos, las frutas y las especias, alimentos que antes tenían un precio relativamente bajo con respecto al resto de la canasta alimentaria, y que hoy repuntaron hasta convertirse en un lujo.
                ¿Cuánto tiempo le queda a este sufrimiento? ¿Cuánto puede soportar la población? Si bien el gobierno vigente se desmantela a una velocidad asombrosa, lo cierto es que todavía controla la economía, la justicia, los trámites y los pocos recursos que reposan en las ruinosas arcas del Estado. Hay, sí, por supuesto, un tejido de conspiraciones que cubre desde lo más alto de la cúpula hasta lo más bajo del aparato. Es notorio. No obstante, los poderosos de todas las esferas y de todos los niveles, se aferran a un mando sin pueblo.
                La caída del chavismo es un capítulo que inicia con la muerte del caudillo. Tras ese imprevisto, el PSUV perdió un importante número de votantes. Luego, por esas contradicciones que colman nuestra historia, el electorado opositor se desmotivó permitiéndole al oficialismo mantener el control de la mayoría de los gobiernos regionales y municipales. Sin embargo, el descontento siguió creciendo hasta materializar un profundo revés al chavismo en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. Éste ha sido el acto más valeroso de la sociedad venezolana en los últimos tres lustros. En adelante, cada día transcurrido desde la instalación de la nueva Asamblea Nacional ha estado repleto de tropiezos para Maduro. El país ve cómo la metástasis asfixia sus últimas fuerzas.
                Volvemos: ¿cuándo se acaba esto? ¿Cuándo llega a su fin?
                Hemos dicho que el colapso de la sociedad venezolana inició con el ascenso de Chávez al poder. Hemos dicho que el chavismo vino a cerrar el ciclo de la República Civil para implementar el caos “socialista” como la guinda que hacía falta en el pastel del episodio democrático venezolano. Hemos dicho también que esta experiencia no es extraña en un país con más tradición militarista que civilista. Y hemos dicho desde luego que para recuperar la democracia y sus libertades inherentes, es necesario dar paso a un gobierno de civiles donde el poder militar esté, más que subordinado, excluido de la militancia política. Pero retomemos: ¿cuándo termina este episodio? ¿Cuándo concluye el colapso o por lo menos cuándo cambian los actores para administrar el colapso y con suerte salir de él?
                No hay respuesta cierta, por tanto no podemos ensayar aproximaciones, y por tanto no podemos ser portadores de una explicación rimbombante en el papel, pero pobre en la práctica. Sólo podemos decir que el colapso del sistema actual en Venezuela culmina, eso creemos, con la sustitución del régimen vigente por otro de orden democrático, plural, civil y que se apegue profundamente al respeto de la institucionalidad constitucional y la división de los poderes públicos. El colapso, o lo que entendemos por colapso, puede encontrar fin si el antídoto tiene un componente democrático y otro que opere como estabilizador de un sistema que, una vez instalado, tras la salida del chavismo, pueda soportar, mediante acuerdo, pactos, concesiones, o conciliación de élites, los embates futuros.
Concluyendo: capaz el colapso no termina con nuevos actores, pero sí conseguirá otro rumbo que nos puede ayudar, con suerte, a salir de él.

Ángel Arellano

martes, 31 de mayo de 2016

El ocaso del progresismo latinoamericano



Los medios de comunicación y los foros de reflexión política comienzan a dar abundante espacio a un tema que esperábamos desde hace algunos años: ¿el fin de la ola de gobiernos de izquierda en América Latina? Digo “esperábamos” porque mientras los gobiernos progresistas post-neoliberales lograban el mayor consenso en la región para imponer su retórica, favorecidos por el repunte espectacular de las materias primas en la década 2000-2010, liquidaban de la escena pública a quienes tuvieran una postura crítica, muchas veces reprimiendo manifestaciones, cerrando medios de comunicación social y hasta encarcelando a dirigentes políticos.
Paradójicamente, el discurso reformista se consolidó en voceros sordos a la disidencia. Quienes fueron contundentes críticos del neoliberalismo de los noventa, intentaron liquidar a sus propios críticos cuando les llegó el turno de gobernar. Los abusos de estas administraciones bajo el manto de las “realizaciones sociales” y la disminución de la pobreza, nutrieron un nuevo establishment que destaca entre los más corruptos registrados en el Continente.
            Ahora bien, tiene espacio la siguiente interrogante: ¿gobiernos “izquierdistas” o gobiernos “progresistas”? ¿Han sido el chavismo, el kirchnerismo, el lulismo y los otros movimientos en Nicaragua, Ecuador, Bolivia, etc. realmente gobiernos izquierdistas? ¿O se abrazaron de una propaganda que los mostraba como la “nueva izquierda” latinoamericana para aprovechar el beneficio semántico que esto suponía en una región del mundo en la que la “derecha” sigue estado mal vista? ¿Continuidad o ruptura del neoliberalismo de los noventa?
A diferencia del Frente Amplio uruguayo (1971) y la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile (1988), coaliciones de centro, centro-izquierda e izquierda radical que llegaron al gobierno con programas fundamentados en los postulados históricos de la izquierda mundial (igualdad, inclusión, estado de bienestar, laicidad, pacifismo), ni el chavismo militarista, ni el elitesco kirchnerismo, ni el lulismo pragmático (que pactó hasta con la derecha para lograr su permanencia en el poder), son precisamente referentes auténticos de la izquierda. Aun cuando todos estos pseudo izquierdistas hayan hecho lo imposible para congraciarse con Fidel Castro, o aplaudido la creación del ALBA como respuesta al ALCA, no dejan de ser experimentos “progresistas” con un alto contenido autoritario.
El pensamiento pragmático occidental, al que por cierto se ha plegado China en los últimos años posicionándose como la potencia mundial con mayor crecimiento e influencia en el mercado, ha tenido como soporte ciertas bases que resumimos en las famosas “seis aplicaciones asesinas para prosperar” del historiador británico Niall Ferguson: La competencia, la revolución científica, el derecho de propiedad, la sociedad de consumo, la medicina moderna y la ética de trabajo. Mientras los países del mundo buscan un espacio en el mercado global para mejorar (de esa manera liberal) la calidad de vida de sus ciudadanos, la izquierda iliberal persigue, con su discurso romántico, temerario y altisonante, un fin totalmente distinto: la entronización en el poder beneficiando a la nueva élite política y empresarial.
            ¿No han sido Alemania y Corea ejemplos suficientes del desempeño de territorios iguales, con la misma gente, la misma geografía, la misma historia, pero distintas ideas (capitalismo vs comunismo), instituciones (abiertas vs cerradas) y formas de gobierno (democracia vs dictadura)? ¿Acaso fue el marxismo y la savia socialista el triunfante de ese experimento? ¿O mejor es darle espacio a aquella filosofía de la derrota que reza en una frase de Galeano en su introducción a “Las venas abiertas de América Latina” de la cual terminó disintiendo antes de morir? (“ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”).
            Continuará…

Ángel Arellano

lunes, 9 de mayo de 2016

Los líderes de la oposición

Leopoldo López y Henrique Capriles durante las elecciones primarias de la MUD en 2012

 Leopoldo López (45 años) y su partido Voluntad Popular han sido desde la muerte de Hugo Chávez impulsores de iniciativas de calle que incrementen el nivel de tensión social como un dispositivo para el desmoronamiento de la estructura de gobierno y la erosión del apoyo popular en las bases electorales del chavismo. Esta estrategia tuvo por nombre “La Salida”. Desde su ingreso a la prisión de Ramo Verde el 18 de febrero de 2014, se potenció como una figura estelar en la opinión pública nacional a través de comunicados firmados con su puño y letra, y una agenda de contactos internacionales encabezada por su esposa Lilian Tintori, que ha ganado entre otras cosas el pronunciamiento de la ONU, la OEA, un gran número de expresidentes y presidentes en ejercicio como Barack Obama, premios Nobel de la Paz, etc., demandando su liberación inmediata y el restablecimiento de las libertades democráticas en Venezuela. VP se mantiene con la agitación de calle convocando constantemente movilizaciones a nivel nacional para protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. Sus planteamientos son radicales y persiguen una sustitución del sistema de gobierno chavista por uno basado en los términos de la Constitución Nacional, para eso dieron luz verde a una campaña pro Asamblea Constituyente aunque ésta no logró el apoyo de la MUD.
            Henrique Capriles Radonski (43 años): dirigente de Primero Justicia que comparte el liderazgo de la organización con el diputado Julio Borges, presidente del partido. Capriles fue dos veces candidato presidencial. Ha hecho hincapié en el activismo social, promoviendo visitas a los sectores más pobres y priorizando el discurso sobre temas económicos y sociales asociados a la vida del venezolano de a pie, por encima de la retórica política y la confrontación. Se ha mantenido recorriendo el país con giras periódicas logrando una gran notoriedad pública en las elecciones municipales de diciembre de 2013 y en coyunturas clave como el “Diálogo por la Paz” que se efectuó en 2014 entre la oposición y el gobierno de Maduro, y las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. En adelante, ha persistido en la promoción del referendo revocatorio y en su propia plataforma comunicacional con énfasis en las redes sociales.

Henry Ramos Allup
            Henry Ramos Allup (72 años): secretario general de Acción Democrática desde el año 2000. No disputa el liderazgo de la organización y ha logrado la cohesión del partido para impulsar el consenso como método de selección de candidaturas en eventos electorales. Ramos tiene trayectoria como parlamentario y es miembro del Comité Ejecutivo Nacional de su partido desde hace más de 30 años. Regresó a la AN en las elecciones de diciembre de 2015 tras ser candidato por acuerdo interno de la MUD en una de las circunscripciones de Caracas. Logró la presidencia del Parlamento luego de salir airoso en una elección de la bancada opositora. Ha mantenido en su discurso el método del consenso entre partidos como instrumento para la resolución de conflictos y la toma de decisiones dentro de la oposición. Desde su ascenso a la presidencia de la AN ha ganado popularidad por su oratoria desafiante al régimen en momentos cruciales y su experiencia como legislador.
Podemos intentar algunas conjeturas anticipadas: un eventual gobierno de López pudiera estar nutrido de medidas de ajuste radicales para sustituir el sistema de gobierno chavista; por otra parte, probablemente en una presidencia de Capriles tengan mayor espacio las iniciativas sociales y las acciones moderadas colocando el acento en la reconciliación nacional como palanca de impulso; y una administración dirigida por Henry Ramos puede esté orientado por el consenso partidista como soporte del restablecimiento del sistema democrático en los términos de la Constitución. En todos estos escenarios bien pueden tener preponderancia los partidos de los líderes o el programa general de la coalición unitaria, logrando un acuerdo no sólo en lo programático, que aparece en escena como una necesidad vital para que la oposición logre llegar al poder, sino como un mecanismo de estabilidad en un país cuya realidad económica, social y política es catastrófica.

Ángel Arellano

lunes, 2 de mayo de 2016

La Unidad está lista para gobernar Venezuela

Henry Ramos y Henrique Capriles llevan planilla de firmas para activar Referendo Revocatorio a la cárcel de Ramo Verde junto a familiares de Leopoldo López
          Cualquier análisis del comportamiento interno de la oposición antes de 2016 evidencia marcadas divisiones internas en las que se privilegiaba el programa o plan político, muchas veces oculto o discreto, de la dirección nacional de cada partido. Al respecto se han escrito kilómetros de páginas. Por lo general cada corriente interna dentro de la MUD contaba con una agenda propia que en demasiadas eventualidades, públicas y escandalosas por lo general, tenían puntos de encuentro o desencuentro con las otras corrientes. Esta dinámica daba espacio al predominio de tensiones internas y disminuía las posibilidades de acuerdo para programas de actividades comunes que pudieran realizarse continuamente y mantenerse en el tiempo, a la vez que potenciaba la crítica chavista, a la que nunca le importó que el país estuviese en llamas mientras controlaran el poder total.
            Sin embargo, el triunfo de la elección parlamentaria por parte de la MUD trajo consigo un cambio sustancial que ahora, luego de cuatro meses manejando el Poder Legislativo, comienza a mostrarse.
            Existen tres corrientes definidas dentro de la oposición. Cada una aglomera partidos políticos, grupos de intelectuales, ONGs, y tiene una considerable popularidad. Ninguna puede prescindir de la otra en el afán de salir del gobierno, pues la discrepancia en el mecanismo constitucional para cambiar al Presidente fue lo que terminó por darles no sólo una identidad a lo interno de la MUD, sino una también a lo externo, hacia el público que no pocas veces criticaba a los actores de la oposición por no mostrar sus cartas y mantenerse en constante confrontación interna, aun cuando las coyunturas electorales siempre subsanaron problemas nacionales y redimensionaron la dinámica para que el interés de llegar al poder se mantuviese por encima de cualquier otra cosa.
            Cada corriente en la MUD tiene una figura política que la encabeza, con un programa político sumamente difundido en lo público, y con el cual un segmento de la sociedad se identifica: Leopoldo López (Voluntad Popular), el preso político número uno del chavismo y probablemente el más popular en América, desde el evento por el que terminó en la cárcel (“La Salida”, febrero 2014) hasta la actualidad, ha persistido en que el mecanismo constitucional debe tener un fuerte contenido de movilizaciones de calle y agitación que permita incrementar la presión contra el gobierno de Maduro (de la Asamblea Constituyente no se hablado más); Henrique Capriles (Primero Justicia) insistió desde la victoria de la MUD el 6D, en que el Referendo Revocatorio es el camino y se ha mantenido promoviendo públicamente esta vía; Henry Ramos Allup (Acción Democrática) ha propuesto la Enmienda Constitucional a través de la Asamblea Nacional para acortar el mandato presidencial y realizar elecciones en el corto plazo. Cada corriente tiene puntos de contacto y choque, no obstante, han mostrado sus cartas, y la sociedad, aun cuando la crisis golpea al extremo, entiende el mensaje. Los estudios de opinión pública muestran mayor o menor apoyo a los mecanismos mencionados y a los actores nombrados, no obstante, se evidencia una oposición que por encima de todo, prioriza salir del chavismo.
            La gráfica de Henrique Capriles, Henry Ramos y familiares de Leopoldo López llevando a la cárcel de Ramo Verde la planilla para iniciar el proceso de convocatoria de un Referendo Revocatorio, el primer mecanismo constitucional activado, es, aun cuando el Ejecutivo ha previsto jugar con los días hábiles para obstaculizarlo (solo se contarán lunes y martes porque el resto de la semana se mantendrá feriado), un evento que a todas luces oxigena a la oposición y la exhibe como un sector que, priorizando el bien nacional, aun cuando tengan diversos programas, puede gobernar el país.
            Es, como reza el título de la obra de Mirtha Rivero, la “Historia menuda de un país que ya no existe”… pero que volverá.

           
Ángel Arellano

lunes, 25 de abril de 2016

Crisis política en Brasil y sus efectos en América

 
         La crisis política en Brasil tiene un gran impacto en toda la región. Es un espectáculo, sí; es lamentable, también; y es el reflejo de una cultura política, de una forma de hacer las cosas. No obstante, el que la justicia brasilera haya decidido avanzar vigorosamente en una investigación que ha puesto tras las rejas a docenas de empresarios y dirigentes políticos por casos de corrupción que lesionan gravemente las finanzas públicas, requiere, por decir lo menos, el apoyo de la sociedad latinoamericana que mira expectante cómo los referentes de lo que en un momento fue la ola progresista, terminan salpicados, divididos y con un gigante rechazo popular, producto de su mal manejo de los recursos públicos y del abuso de poder para financiar campañas electorales y garantizar su permanencia en el gobierno.
            “En Brasil es así: cuando un pobre roba va a la cárcel, pero cuando un rico roba se hace ministro”, dijo en 1988 el entonces diputado federal Lula da Silva, quien 27 años después, en una maniobra para salvarlo del proceso judicial que se le adelantaba por corrupción, terminó nombrado como Jefe de Gabinete de su sucesora, Dilma Rousseff.
            El caso Petrobras-Partido de los Trabajadores-Empresarios-Da Silva-Rousseff, ha tenido altos y bajos, y ha generado una intensa polémica seguida con atención por buena parte de la sociedad global, con mucho énfasis, como corresponde, en América. En su desarrollo, se han visto eventos propios del espectáculo circense, como la aprensión a Lula para comparecer ante el juzgado o la votación de los diputados del Congreso para aprobar el juicio político. Errores, me atrevo a decir, propios de una clase dirigente (en todos los poderes) que a la hora de elegir entre la política serena y sesuda, y el show televisivo, decantó por esto último, dando paso, incluso, a la victimización de los victimarios.
            Se ha hablado en abundancia sobre el juicio político (“impeachment”) a Rousseff, y, como es de esperarse, los aliados “progresistas” ha dicho que es una causa meramente política sin sustento, un “golpe de Estado”. ¿Y qué es un juicio político sino una acusación política? Es un procedimiento, constitucional, en el que las cámaras del Congreso establecen la responsabilidad de los funcionarios del Estado ante un acto u omisión de éstos en perjuicio del interés público. ¿Acaso un Presidente no tiene responsabilidad ante el maquillaje de la deuda pública, postergar transferencias a estados y municipios, y tomar préstamos de bancos estatales para demostrar “orden” presupuestario durante su campaña para la reelección?
            Nuevamente esta “izquierda” plantea la dicotomía absurda con la que evalúa todas las acciones políticas: si somos nosotros, el “progresismo”, quien apoya tal medida o acción, aun cuando se violen los derechos humanos, se incurra en ilegalidades o se intenten encubrir escándalos de corrupción, es bueno; y cuando es otro actor, es malo. No caben matices ni medias tintas. Es la lucha del bien contra el mal en los términos de una clase política que recoge las cenizas de una batalla ideológica obsoleta y vacía ante los retos del mundo en la actualidad como el avance de la tecnología y el Internet en cada átomo de la vida humana, el deterioro ambiental y el desarrollo sustentable.
Cualquier cosa viene bien para hablar de lo que no hay que hablar: la izquierda, mayoritariamente pseudo izquierda, fracasó en su intento de cambiar el mundo e imponer proyectos de gobierno luego de que sus modelos de gestión comenzaran a hacer ascuas pasado el boom de las materias primas en la década anterior y que los escándalos de corrupción socavaran su base electoral.
            Al corte de hoy, los latinoamericanos tenemos que preocuparnos mucho más por el legado de gobiernos progresistas como el de Brasil que impactan duramente a la región, y por la demostración incivilizada del show de esta clase política que intenta ocultar su retirada, que por el descalabro de una presidenta.

Ángel Arellano

lunes, 11 de abril de 2016

¿El gobierno que nos merecemos?

Fuente: http://yvnoticias.com/archivos/11852

-¿Eres de Venezuela?
-Sí
-Venezuela. ¿Nicolás Maduro, no? ¿Allá es donde el Congreso quiere cambiar al Presidente y ahora el Presidente quiere liquidar al Congreso?
-Se pudiera decir que sí.
-Ah, ya. Leí que Maduro decretó los viernes como no laborales para ahorrar electricidad. ¿Es verdad?
-Sí claro, reciente.
-Y vi que la inseguridad es tal que la gente toma justicia por sus manos con linchamientos y han quemado a varios delincuentes, incluso a uno que ahora todo apunta que era inocente. ¿Es así?
-Tal cual.
-Me enteré que aumentaron en 6000% el precio del combustible pero aún con eso siguen siendo el país con la gasolina más barata pero con el nivel de miseria más alto del continente. Una lástima.
-Eso también es verdad.
-Una página web publicó un reportaje que me erizó la piel: resulta que hay enfermos de cáncer que prefieren suicidarse antes de tratarse la enfermedad en Venezuela debido a la gran escasez de medicinas y colapso de los hospitales y clínicas…
-También lo leí.
-¿Y cómo llegaron a ese punto? Nosotros admirábamos el desarrollo de Venezuela hace tiempo. Cuando estábamos en dictadura ustedes acogieron a cientos de compañeros que huyeron al exilio. Eran la vitrina de la democracia y ahora están en el fondo. ¿Qué les pasó?

            ¿Qué nos pasó? Esa es la pregunta que se cuela en cualquier foro, conversación, cena familiar o charla. Los venezolanos, en especial los más jóvenes, cuya diáspora, según estimaciones, ronda el millón de almas, se preguntan qué le pasó al país del que hablaban sus abuelos, en el que todo era infinitamente mejor con respecto a la barbarie que se vive en estos días. No son pocas las incongruencias que se escuchan cuando alguien intenta analizar la trayectoria del “cómo” llegamos a este punto. Algunos pasan la factura al sistema político, otros resumen las causas, deportivamente, en una injusta frase de la que desconocen su origen y sentido estricto: “Cada nación tiene el gobierno que se merece” (Joseph de Maistre, 1753-1821). Del resto, palabras más, palabras menos, las acusaciones van en la misma dirección. Intentemos una respuesta resumida citando a los investigadores Daron Acemoglu y James Robinson en el prominente ensayo “Por qué fracasan los países” (7ª ed., 2014, Deusto: Madrid), quienes abordaron brevemente el tema:
“Venezuela también hizo la transición a la democracia después de 1958, pero esto ocurrió sin cesión de poder a las bases y no creó un reparto pluralista del poder político. Lo que sucedió fue que los políticos corruptos, las redes de clientelismo y los conflictos persistieron en Venezuela, y, en parte, como resultado de ello, cuando los votantes fueron a las urnas, incluso estaban dispuestos a dar apoyo a déspotas en potencia como Hugo Chávez, y la causa más probable es que pensaran que solamente él podría hacer frente a las élites establecidas de Venezuela” (pp. 535-536).
La crisis del sistema político y de la economía basada en el rentismo petrolero, fue el preámbulo para una sociedad que en buena parte no se sentía representada por la dirigencia y exigía una vuelta al reparto de la riqueza de los setenta. Chávez consolidó su proyecto con dinero a manos llenas, gastando todos los recursos que, por suerte, habíamos obtenido con los altos precios del petróleo durante su mandato. Falleció, y con él también murió la bonanza. Al país le tocó enfrentarse a su realidad: todo lo que consume lo importa, lo poco que produce no abastece el mercado interno, educación de baja calidad, pobreza y miseria creciendo sin control...
Vivimos sobre las ruinas de un sistema democrático que funcionó y que fue ejemplar. También que puede volver a serlo, con el concierto de la dirigencia y de la sociedad. No es que solo los gobiernos deciden el rumbo de un país o que solo los pueblos, sin organización ni sistema, determinan su futuro. Un poco de uno y un poco del otro.

Ángel Arellano

martes, 29 de marzo de 2016

Tender la mano, reconciliar y pintar la casa

 
         En Venezuela, ¿pasará el temblor? ¿La profunda crisis social, económica y política encontrará cauce para una futura normalización institucional y democrática? Sí. Llegará el momento, más pronto que tarde, en el que las instituciones vuelvan a ser autónomas y no un apéndice del PSUV, y la gente sienta que vive en un país, digamos, “normal”, y no en un campo minado que en cualquier momento puede explotar.
            Ese momento, el del retorno del sistema democrático, pasa por un gran esfuerzo de reconciliar a la sociedad y “civilizar” (me parece el término adecuado) a los sectores más radicales del chavismo que militan al margen de la ley actuando impunemente contra la disidencia: colectivos paramilitares y demás grupos armados adscritos al oficialismo. Son muchos los dolores de cabeza que tiene y tendrá la oposición, lo que se pretende sustituir no es un partido político que administra el poder desde hace 17 años, sino un sistema que ha corrompido cada átomo de la institucionalidad, reemplazando la historia nacional por un libreto amañado y confeccionado a la medida del “proceso” que dirigen, y demoliendo los valores de la democracia moderna para imponer la “moral socialista” de la clase dominante caracterizada por el nepotismo, la apropiación de los recursos públicos, el abuso de poder, la judicialización de la política, la promoción de acciones delictivas y el narcotráfico como común denominador en la élite del gobierno.
            Para la épica labor de destronar al chavismo, la oposición cuenta con el factor más importante: el rechazo popular casi total a Nicolás Maduro. Según Hinterlaces, encuestadora cercana al oficialismo, 58% de la población considera que la solución a la crisis es la salida de Maduro. Otras consultoras, más independientes, aseguran que esta cifra llega a un 82%. Estos números que apoyan la salida constitucional del Presidente que se busca desde la oposición, exigen igualmente la persistencia en un mensaje de reconciliación nacional que permita contener las tensiones en la calle. 
Reconciliar es la tarea más difícil. Se pueden activar los mecanismos democráticos para deponer a Maduro e iniciar una depuración en los altos mandos de los poderes de la nación, las empresas públicas y las fuerzas armados. No obstante, la diferencia estará en la valoración que el venezolano de a pie dé a este proceso. Si algo logró con eficiencia el chavismo, además de dejar sin comida y medicinas a la población, fue dividir a las familias y sembrar odio en las comunidades.
Violeta Chamorro fue la primera mujer en llegar a ser presidente de su país en América (Nicaragua, 1990-1997). Entrevistada por los periodistas Diego Achard y Manuel Flores para el libro “Gobernabilidad: un reportaje de América Latina” (Fondo de Cultura Económica, 1997), comentó sobre el proceso de reconciliación nacional que impulsó luego de ganar las elecciones al Frente Sandinista de Liberación Nacional:

-¿Cómo comenzó ese proceso de reconciliación, de tender la mano?
-¿Sabe qué fue lo primero que yo hice cuando gané?... Fui a pintar mi casa.
-¿Cómo a pintar su casa?
-Es que mi casa tiene un muro desde que la construí hace 33 años. ¡Qué no decía ese muro! “Vendepatria”, “Traidora”. Y lo pinté de blanco, como era antes. Eso se llama reconciliación: olvidar. Por eso es que no me gusta ni recordar el pasado, porque ¿para qué? Y vaya a ver ahora. Usted sale por Managua, por donde la gente va construyendo sus casas, y está todo pintadito. Ahorita, en esta campaña [electoral], Dios mío, la van a empezar a ensuciar. Casualmente ayer estaba hablando sobre cómo hacer para sacar una ley, como en Chile o en otros lugares más civilizados, para que no manchen las paredes, de modo que a cada partido le toque un lugar. Y después lo pintan. Pero para eso se necesita tiempo y educación, así que no tenemos más remedio que volver a pintar.

Ángel Arellano

martes, 8 de marzo de 2016

Chavismo: un movimiento en retirada

Imagen: César Mejías

Cuando Pedro Márquez salió a las seis de la mañana de su residencia en la calle 132 de la urbanización Las Acacias de Valencia, el pasado 5 de febrero de 2015, un motorizado y su parrillero se detuvieron en medio de la calle para propinarle una golpiza. Pedro no los conocía, ni supo nunca más de ellos. Para su sorpresa, el dúo que lo atacó no buscaba robarlo ni lo confundían con un miembro alguna banda criminal contraria como para considerar que lo sucedido era parte de un ajuste de cuentas o una mera equivocación.
El delito de Pedro era trabajar para Empresas Polar, los “responsables de la escasez que hay en el país”, como dijeron sus agresores. Las patadas y los golpes lo dejaron a la merced del asfalto. Unos vecinos lo auxiliaron y trasladaron a un hospital para que recibiera atención médica, con el déficit de insumos y personal disponible ya bastante conocido por los venezolanos. El hecho apenas lo reseñaron algunos medios digitales el año pasado. La historia tuvo la intención de hacerse viral pero el mismo día quedó opacada por otra de peor magnitud. La violencia de los grupos criminales que están a disposición del gobierno golpea todos los días, desde hace más de diez años.
En el intento de buscar responsables externos a la crisis, Nicolás Maduro se ha esforzado por atacar a Empresas Polar en Cadena Nacional casi a diario. La única corporación que opera a máxima capacidad en el rubro de bebidas y alimentos, aun cuando tengan déficit en varios sectores por la escasez en materia prima antes producida por Venezuela. En el discurso oficial, la oposición, el imperialismo yankee, la web dolartoday.com y Empresas Polar, son los culpables de cada átomo del caos venezolano. Los lectores entenderán que este argumento está tan devaluado como el bolívar, toda vez que la consultora Datanálisis ubica la aprobación de Maduro en 24,3%, cifra que se reduce hasta 17,3 % en los estudios de Hercon Consultores. Estos números eran impensables hace una década cuando estábamos ante el esplendor de un chavismo que se mostraba indestructible. Tampoco hace tres años, cuando la muerte del líder supremo parecía servir como talismán para la permanencia del oficialismo durante un buen tiempo. Pero sucedió que, como todo proyecto autocrático, con la muerte de la figura central el sistema hizo aguas y hoy lo que vemos son las cenizas de un chavismo que intenta aferrarse al poder, cueste lo que cueste.
Las señales de violencia son claras y lo han sido desde que Maduro subió a la silla presidencial. Los presos políticos siguen en sus celdas, las violaciones a los derechos humanos se mantienen, los ataques de los grupos armados del gobierno continúan perpetrándose y la convocatoria a un “baño de sangre” sigue presente en los mensajes públicos del Ejecutivo.
El chavismo se descompone aceleradamente. Si bien 2015 fue el año para la profundización de una gravísima crisis económica, en 2016 el caos económico es acompañado del declive del sistema de gobierno. Las fracturas internas son notorias y el grupo parlamentario del PSUV, con sus discordancias, incoherencias y gritos en la Cámara, es la mejor representación de un movimiento en retirada.
El gobierno ha hecho del Poder Judicial su arma de guerra para luchar contra la mayoría disidente de la Asamblea. Pero de la ignorancia y el improviso nadie los salva pues sus tácticas han sido tan burdas y ramplonas que hasta en la decisión de liquidación del Parlamento que emitió el TSJ, violaron su propia ley orgánica quedando como al hazmerreir nacional. “Los payasos van pal circo así anden desarreglaos”.
“Los zorros del desierto de Serucha aúllan como demonios cuando llega la noche; ¿sabes por qué?: para quebrar el silencio que los aterroriza”. La frase es extraída de “La ciudad y los perros” (1962), célebre novela de Mario Vargas Llosa.

Ángel Arellano

lunes, 22 de febrero de 2016

Y al chavismo… ¿qué le pasó?

 
         En algún sitio preguntaron: “¿y al chavismo qué le pasó?”. Todavía el viento trae recuerdos de cosas que decíamos los venezolanos cuando ese modelo, primero presentando como regenerador de la democracia, reformador y revitalizador de las libertades, comenzó a mostrar su verdadero rostro: una autocracia más, un huracán populista potenciado por la renta petrolera y la decadencia del sistema de partidos políticos tradicionales. Simulemos algunas frases: “Los avances de Chávez en material social son innegables”, “Chávez ha hecho cosas buenas, sólo que tiene su estilo”, “Yo no creo que cierre RCTV, emisoras de radio, periódicos, tenga presos políticos o ampare el reinado de la delincuencia”, “No puede, no debe, no lo permitiremos”. Líneas así impregnaron el debate político durante años. Hoy, ¿cuáles son las conclusiones?
                Las cenizas de Venezuela dejan un manojo de incógnitas, todas dirigidas a quienes tuvieron la responsabilidad de regentar una administración con abundantes recursos y amplia autonomía de vuelo. A casi tres años de la muerte de Chávez, podemos hallar respuesta a esto:
                ¿Qué pasó con la división de poderes, la descentralización, el respeto a las minorías, la productividad económica y la Venezuela potencia de la que el chavismo habló en su primer período presidencial? ¿Acaso no fueron los máximos promotores y defensores de la Constitución de 1999 los primeros que la liquidaron para concentrar todo el poder en el Ejecutivo? ¿No fueron quienes se presentaron como salvadores de los pobres, defensores de los humildes y necesitados, los pata en el suelo, los de abajo, quienes al ser beneficiados con las mieles del poder terminaron empobreciendo al país mientras se enriquecían groseramente? ¿Dónde quedaron los valores éticos propugnados por la Revolución cuando sus dirigentes, que vivían en las cumbres del oeste caraqueño, dieron la espalda a sus raíces para terminar instalándose en las lujosas lomas del este o cuando los líderes chavistas provenientes de caseríos y pueblos rurales coronaron sus corruptas carreras procurándose fortunas escandalosas en el extranjero? ¿Qué de la lucha contra el imperio, los yankees, los ricos, cuando casi todas las figuras públicas del oficialismo están inmersas en un escándalo monumental por sus cuentas en dólares?
            Encontramos un referente que inspira estos cuestionamientos a la Revolución Bolivariana en las interrogantes que se planteara Hannah Arendt en “Sobre la revolución” (Alianza, 2006) a mediados del siglo pasado, cuando analizando la Revolución Francesa, sus promotores, causas y consecuencias, se pregunta lo siguiente:
“¿No habían sido realistas en 1789 los mismos que en 1793 no sólo se vieron conducidos a la ejecución de un rey (independientemente de que hubiera sido o no un traidor), sino a la condena de la monarquía como ‘un crimen eterno’ (Saint-Just)? ¿No habían sido abogados ardientes de los derechos de la propiedad privada los mismos que en Ventoso de 1794 proclamaron la confiscación de las propiedades, no sólo de la Iglesia y de los émigrés, sino también de todos los ‘sospechosos’, para que fueran entregadas a los ‘desfavorecidos de la fortuna’?”.
Como asegura Arendt, y como después quedó confirmado por el devenir de los hechos, “todas las historias iniciadas y realizadas por hombres descubren su verdadero sentido únicamente cuando han llegado a su fin”. El chavismo llegó a su fin. Encontró terreno fértil en 1992, ascendió al poder en 1998, se consolidó en 2004 y murió con la desaparición física del líder carismático en 2013. Lo demás, eso de “El Legado” y otros cuentos, es esoterismo, mito y propaganda. En adelante, solo quedaron los sepultureros del sistema, tambaleándose, resistiendo, cargando a cuestas un saco con los resultados de 17 años de mal gobierno; soportando embates internos y externos hasta que, definitivamente, desalojen o sean desalojados del poder. Lo que suceda primero.

Ángel Arellano

miércoles, 17 de febrero de 2016

¡Y la aumentó!


         Desde que soy muy niño vengo escuchando en las reuniones de familia, en la calle, en la escuela y después en el liceo, que el gobierno nunca aumentaba la gasolina porque ese era un bien preciado de todos los venezolanos al que debíamos tener acceso casi gratuito, para reverenciar, por supuesto, el santo hallazgo de los manantiales de petróleo que abundan en nuestro subsuelo. El último ajuste al precio del combustible se hizo en 1996, cuando tenía seis años, por tanto, entenderán cómo yo y otros millones de venezolanos, le perdimos la pista al tema.
         En Venezuela la gasolina ha sido históricamente un asunto fuera de toda discusión. Es barata y punto. Los políticos siempre se han asomado a opinar al respecto con mucho recelo y bastante cuidado. Saben que caminar sobre ese terreno minado es sumamente peligroso para su carrera. La devoción por la gasolina regalada es parte de nuestra idiosincrasia. Hace juego con la divinidad de Bolívar, el béisbol, la caja de cerveza de 36 botellas y los feriados no laborables.
Un ejercicio que hemos puesto en práctica todos los días es pagar la gasolina con las moneditas de la guantera, el vuelto de alguna compra de último momento, el sencillo que estaba en el fondo de la cartera o los billetes de baja, bajísima denominación, que estuvieron estancados por semanas en los alrededores de la palanca, los pedales o en el fondo del asiento. Tanto, que desde hace algunos años era mayor la propina que se le daba al bombero por limpiar los vidrios, que por llenar el tanque, así fuese el de un Volkswagen escarabajo o el de un gigantesco transporte de carga pesada. Esto nos da una idea de por qué mientras en gran parte del mundo las estaciones de servicio cuentan con mecanismos de pago a través de tarjetas de crédito, carnets inteligentes, huellas dactilares, chips, domiciliación de cobros, aplicaciones móviles o envíos de facturas por correo tradicional o digital, en Venezuela seguimos pagando en efectivo o, en rigor, con el “chere-chere” de nuestros bolsillos.
         Lo cierto es que este tema, trascendental en la vida de los países normales, pero insípido y olvidado en la Venezuela del siglo XXI, cobra vigencia hoy, 17 de febrero de 2016. Hace minutos, el presidente Nicolás Maduro decretó un aumento a la gasolina. El precio del litro de la de 91 octanos pasó de Bs. 0,070 a Bs. 1,00 (subió 1.328%), y el precio del litro de la de 95 octanos pasó de Bs. 0,097. a Bs. 6,00 (subió 6.085%). El excedente que ingresará al Estado, de acuerdo con la alocución de Maduro en Cadena Nacional, será dirigido al financiamiento de un “fondo de misiones”. Los detalles de la implementación de estos recursos, el cómo, el cuándo, el por qué y el para qué, quedan reservados a la discreción con la que se vienen dirigiendo las finanzas públicas desde el ascenso al poder del chavismo.
         Como medidas complementarias, intentando, absurdamente, salvaguardar el salario del venezolano, el presidente anunció también un incremento al salario mínimo y al bono de alimentación (cesta ticket) los cuales pasan a estar en Bs. 11.578 y Bs. 13.275, respectivamente. Sin embargo, tomando las modestas cifras de inflación que algunas instituciones internacionales de análisis financiero han difundido sobre Venezuela, con la inflación rondando el 500% cualquier aumento que se haga en estos renglones sin corregir el profundo desabastecimiento y la escasez en todos los sectores de le economía nacional, el salario seguirá, en perfecto venezolano, “palo abajo”.
         Maduro también habló de correcciones, reestructuraciones, reorientaciones, reorganizaciones, remodelaciones, modificaciones y renovaciones en las redes de Abasto Bicentenario, Mercal y Pdval, todas funcionando a menos de la mitad de su capacidad y envueltas en una serie crisis de persecuciones y capturas contra gerentes generales, superintendentes y supervisores, rojos rojitos psuvistas rodilla en tierra, por escándalos de corrupción, especulación, acaparamiento, bachaqueo, reventa y distribución ilegal de productos de primera necesidad.
         Con franqueza me tomo la libertad de decir lo siguiente: el precio de la gasolina en Venezuela fue absurdo antes y es absurdo ahora luego de este aumento. El combustible que consumimos, y más aún por ser el único elemento que exportamos y del cual depende el 98% de los ingresos del Estado, no puede subirse de un solo sopetón sin previo aviso y sin incluir a todos los factores de la sociedad venezolana. Este incremento afecta en el bolsillo de todos, incluso en el de Pdvsa, toda vez que, así como la educación, el sistema de salud pública y las policías, quedaron por fuera de la repartición de la torta que ingresará a las arcas estatales luego de que el viernes, contra viento y marea, siguiendo lo que dijo Maduro, el aumento entre en vigencia.
         En la industria petrolera no se invertirá un centavo de la nueva recaudación, menos en escuelas, liceos, universidades, hospitales, etc. Todos, absolutamente todos los sectores de la vida nacional, quedarán padeciendo de este nuevo golpe al bolsillo que ejecutan un grupo de ignorantes que hacen el remedo de dirigir la economía de un país quebrado.

Ángel Arellano

miércoles, 27 de enero de 2016

A propósito del “pueblo analfabeta” de Héctor Rodríguez


"Ese muchacho es lo mejor que tiene el chavismo". Tengo años escuchando esa frase de muchas personas.
Héctor Rodríguez y un grupo de "ñángaras" ucevistas fueron un apéndice de la respuesta que tuvo Hugo Chávez ante la reacción de calle de los universitarios en 2007.
Se hizo popular por aprenderse de memoria algunos pasajes de los libros más famosos de la izquierda y por manejar un discurso de entrega total a la revolución y a la patria, coherente con la distorsión histórica que han impuesto en 17 años. Destacó como presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Derecho de la UCV y luego estuvo a cargo de la Secretaría de Reivindicaciones de la Federación de Centros Universitarios. No se recuerda su paso en ninguno de los dos cargos porque su activismo dentro de la universidad solo sirvió para llamar la atención del comandante Chávez y no para aportar algo a la institución.
Liderando un grupo de estudiantes beneficiados por la Fundación Gran Mariscal Ayacucho (excluyente y “roja rojita”) justificó los destrozos de los grupos más radicales del chavismo en las universidades autónomas y privadas, quienes arremetieron con armamento y bombas contra las protestas en defensa de la libertad de expresión y luego en oposición a la propuesta de Reforma Constitucional. Posterior a eso, Rodríguez, al igual que el difunto Robert Serra, figuraron por dos características esenciales: una exposición gigantesca en los medios de comunicación que gustaban de su verbo encendido, y la bendición de un Hugo Chávez cuyo equipo juvenil se reducía a grupos de asalariados que agitaban banderas y gritaban consignas en los eventos políticos.
Conocí a Rodríguez en una asamblea en la UCV cuando era estudiante. Su ego y su ambición son dos elementos que lo describen formidablemente. No pocas veces su actitud despótica lo ha traicionado. Recordemos que como Ministro de Educación  dijo aquella frase que lo catapultó internacionalmente: “no vamos a sacar a la gente de la pobreza para que luego se conviertan en escuálidos”.
El manto protector de Rodríguez fue Chávez, quien por considerarlo el estudiante más “maduro” de la camada que organizó en 2007 y que acomodó con becas, salarios, escoltas, choferes, camionetas, apartamentos, viajes a Cuba para la formación doctrinaria a Cuba y mucho presupuesto para activismo político, lo nombró Ministro del Despacho de la Presidencia en agosto de 2008. De ahí en adelante ha pasado por distintas carteras: Ministerio de Deporte (2010), Vicepresidente del Área Social (2011), Ministerio de la Juventud (2013), Ministerio de Educación (2014). Ahora es el flamante jefe de la fracción minoritaria del PSUV en la Asamblea Nacional tras ser electo “de vainita” diputado por la lista del estado Bolívar, toda vez que la MUD ganó esa región con el 59,57% de los votos y el único diputado que obtuvo el PSUV fue Rodríguez.
En ninguna de las posiciones que ha ostentado Héctor Rodríguez dejó una obra o labor trascendental por la que se le recuerde. Y ahora, como diputado, la “lumbrera” de la juventud chavista, ahora con 34 años de edad y más “maduro”, nos expone otra de sus célebres frases por las que sí quedará en el registro de la historia: “no hicimos una economía productiva porque había un pueblo analfabeta”.

Ángel Arellano

miércoles, 6 de enero de 2016

Otro currículo… otro venezolano más


            El salón de ventas de la tienda mide a lo largo unos 14 metros y tiene otros ocho de ancho. Durante el día, cuando está lleno de clientes interesados, el encargado hace dúo con la cajera facturando y envolviendo cosas para regalo. Como añadido, recibe lo que ingresa: nueva mercancía y hojas curriculares.
                La mañana siguiente, jueves, cuando la tienda abrió sus puertas, el encargado revisó toda la correspondencia de la jornada anterior. Entre los papeles, despuntaba una docena de hojas curriculares, a las que les dio lectura en voz alta. De 12 currículos, 10 eran de venezolanos. Sus descripciones eran simples, apenas reseñaban datos elementales de nombre, dirección, teléfono, capacidades básicas y educación elemental. 25 años fue la edad promedio. La información sorprendió a los presentes en el salón, pues dos de los vendedores y la cajera de la tienda son jóvenes emigrantes venezolanos.
                Uno de ellos tomó la iniciativa. “Vamos a darle una revisada a esos papeles”.
                De los 10 venezolanos uno era diseñador gráfico, otro ingeniero, otro contador público, otro licenciado en comercio exterior, también había una economista y una arquitecto. Los cuatro restantes resumieron toda su información académica en el título de bachillerato.
                El asombro fue mayúsculo en el salón de ventas, pues los tres venezolanos que ahí laboran también son profesionales: uno en ingeniería, otro en comunicación social y otro en docencia. Cosa similar sucede en la tienda contigua, en la que hay cuatro venezolanos trabajando, egresados en áreas como contaduría, administración y periodismo.
                Aquel jueves a media tarde un joven caraqueño se acercó con la fotocopia de su currículo. De rostro cansado y agitado por lo que seguro había sido una semana interminable de entrega de hojas de vida por toda la ciudad, conversó con uno de los venezolanos empleados en la tienda. Se saludaron y éste último le preguntó al citadino cómo iba la búsqueda de trabajo:
“Bien, todo cansón pero bien. He visitado los centros comerciales y algunas avenidas”, respondió. “¿No tienes ninguna carrera universitaria? Porque en el papel solo dice que eres bachiller en ciencias”, atizó el vendedor. “Sí tengo, claro, soy ingeniero agrónomo, pero cuando llegué me dijeron que ni se me ocurriera colocar eso en el currículo porque me iban a descartar en todos los trabajos por estar sobre-calificado en cualquier tienda o rebusque de medio tiempo”. “Así es. Aquí todos los venezolanos somos profesionales. Es extraño que alguien no lo sea. Lo bueno es que todos tenemos trabajo. Claro, primero esto para comenzar y luego algo mejor. Se consiguen las cosas y se puede vivir”. “Eso escuché. Voy a seguir intentando porque no tengo ahorros en dólares. Antes de venirme de Venezuela el dólar estaba tocando el cielo…”.
Luego de un abrazo, el vendedor le apuntó su número de teléfono y prometió recomendarlo con el encargado.
A la semana siguiente, el joven que recién llegaba a la ciudad era entrevistado por la supervisora de recursos humanos de la tienda, quien está a cargo del personal de otras 20 sucursales y siempre necesita gente nueva para incluir en la plantilla. “Te vamos a dar la oportunidad acá porque tengo a muchos venezolanos y me ha ido muy bien con ellos. Son responsables y tienen ganas de trabajar. Varios ascendieron en la empresa y lo van a seguir haciendo. Quiero que comiences aquí y luego vamos viendo. Sé que necesitas la plata y te daremos comisiones de acuerdo a tu desempeño”, dijo la mujer.
Así inició otro compatriota en la tienda. Con una historia similar van ingresando decenas en puestos de mayor relevancia.
Cada día llegan tres venezolanos al Uruguay y pareciera que la cifra va en ascenso. La diáspora es la peor herida que ha dejado la Revolución.

Ángel Arellano

domingo, 3 de enero de 2016

Sobre la elección del próximo presidente de la Asamblea Nacional

Algunos datos importantes:

El directorio de la AN corresponde al sector opositor por contar con las 2/3 de las curules.
Hoy, en un evento histórico y sin antecedentes, el nuevo bloque parlamentario de la Unidad conformado por 112 diputados, elegió al presidente de la AN en una votación secreta que arrancó a las 3:00pm y terminó a las 6:00pm. Minutos después se dieron a conocer los resultados.
Se disputaban el cargo el secretario general de AD, Henry Ramos Allup, y Julio Borges, coordinador de Primero Justicia. El adeco resultó victorioso. La proclamación la realizó el Secretario Ejecutivo de la MUD, Jesús Torrealba. No hubo perdedores. El segundo en la elección, Julio Borges, se convirtió automáticamente en el Jefe de la Fracción de la Unidad.
La MUD ya designó al diputado Enrique Marquez como 1er. Vicepresidente. Se espera que el diputado Simón Calzadilla sea 2do. Vicepresidente y la Secretaría de la AN sería asumida por Voluntad Popular (aun no confirmado).
Indiscutiblemente esto es, sin duda, un salto gigantesco que cambia en su totalidad la dinámica cavernaria con la que el chavismo seleccionaba su directiva e imponía decisiones en el Poder Legislativo. Y, además, se espera que el PSUV tenga espacio en las Comisiones Permanentes, en contraste con la anterior legislatura en la que la oposición fue despojada arbitrariamente de la directiva de las Comisiones por quien es hoy diputado de la minoría en el estado Monagas, Diosdado Cabello.
La Unidad da un paso adelante, ejemplarizante y espléndido. Estamos viviendo un grato momento, aun en medio de la turbulencia y las tensiones propias de estos tiempos.
111 diputados votaron. 62 a favor de Henry Ramos Allup, quien será el abanderado de la Unidad para presidir la Asamblea Nacional. La foto del momento del anuncio, me la envió mi amigo Carlos Andrés Michelangeli: Julio Borges informa triunfo de Allup, lo cual no puede ser otra cosa que un buen presagio.
Comienza entonces la actividad del nuevo bloque parlamentario de la Unidad.


lunes, 28 de diciembre de 2015

2015: el autoexamen venezolano

         2015 ha terminado. Un año de turbulencia. Quedará para la historia el episodio del 6 de diciembre como el levantamiento de la conciencia nacional en contra del gobierno de la opresión.
                2015 ha tenido de todo: crisis, protestas, profundización del hambre, la tristeza y el miedo. La vida sigue sin valer un centavo en la calle. Cualquiera, así esté rodeado de un abundante número de escoltas, puede morir con el tiro siempre certero y letal del hampa.
                ¡Qué año este año!
                En el último suspiro del maratón de incertidumbres en el que se convirtió 2015, primero con el sacudón cambiario, luego las primarias de la oposición, después las primarias del oficialismo para vivir la angustia de esperar la fecha de las parlamentarias, posteriormente la tensión a flor de piel de si se realizarían o no las elecciones, la presión internacional, las medidas económicas impopulares, el galope de la inflación, el avance de la escasez, la llegada a la luna del dólar negro venezolano, entre otros eventos que vive un país que tiene más de manicomio que de país, podemos decir que se ha dado un paso adelante para cambiar. O, en perspectiva, como frasea la propaganda electoral, “ha iniciado el cambio”.
                Naturalmente, la turbulencia se mantendrá hasta que el débil gobierno, hoy con más miedo que nunca, con más ganas de reprimir, de amenazar, de envenenar el ambiente y generar conflicto en cada átomo de la sociedad, salga del poder por medio del camino constitucional. ¿Será difícil? Lo será. ¿Qué no ha sido difícil para una nación que tiene varios años prescindiendo de la hallaca, el pan de jamón, el pernil y los juguetes en navidad en ocasión de los altos precios y el desabastecimiento? ¿Poco difícil es el colapso del sistema de salud pública y de todos los servicios que presta el Estado? No hay un milímetro de la administración pública que no se encuentre en caos. Si algo le ha demostrado el chavismo al mundo es cómo un país, en tan poco tiempo, puede deteriorarse hasta el hueso.
                De tal manera que este año ha puesto a la nación frente al espejo y le ha exigido un autoexamen, una revisión profunda de su situación ayer, su situación hoy y su situación mañana. 2015 hizo que el venezolano se evaluara a sí mismo y se consultara sobre cómo sería su vida en el futuro de seguir las cosas por el camino que van. A este autoexamen, se le añadieron algunos elementos dramáticos como la cifra, aun imprecisa, de compatriotas que han huido al extranjero por mil y un razones todas y cada una de ellas fundamentadas en la hecatombe que vive el país: 1.600.000 venezolanos se encuentran fuera del país, según cifras conservadoras, pues otras, quizá más realistas, hablan de más de dos millones, lo que no sorprende a nadie porque, si algo también nos enseñó 2015, fue a liquidar, de una vez por todas, nuestra capacidad de asombro.
                El calendario tuvo una fecha para desahogar el descontento y la gente se expresó con precisión y contundencia. Quedó reseñado ante Dios, ante la comunidad internacional y ante nosotros mismos, nuestra convicción de que sí se puede salir de este mal momento y que sí queremos un sistema verdaderamente democrático, que promueva y respete la libertad, y que sea garante de la paz.
                Si 2015 fue el peor año de la crisis económica, política y social, también fue el mejor año, por lo menos desde hace tres lustros, para la ciudadanía, porque manifestó su condición cívica y su rechazo a la violencia. Si pudiéramos resumir diciembre en una frase, sería algo así: “por el voto llegaste y por el voto te irás”.

Ángel Arellano

martes, 22 de diciembre de 2015

Ser o no ser “el cambio”


         Como sostiene Stuart Mill en “Consideraciones sobre el gobierno representativo” (1861), las instituciones políticas, los gobiernos y la cultura ciudadana son obra del hombre, quien debe su existencia a la voluntad humana. “Los hombres no las han encontrado formadas de improviso al despertarse una mañana. No se parecen tampoco a los árboles, que, una vez plantados, crecen siempre, mientras los hombres duermen”. Así pues, “como todas las cosas debidas al hombre, pueden estar bien o mal hechas, puede haberse desplegado al crearlas juicio y habilidad, o todo lo contrario”.
                De tal manera que los sistemas que rigen la vida de nuestros países son la consecuencia directa de la acción de sus ciudadanos. Esto puede estar bien o puede estar mal. Los ejemplos son diversos y las realidades están a la vista. Un célebre discurso del premio nobel de la paz y ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias, sostiene una frase que tiene un peso gigantesco para todos los latinoamericanos y, muy especialmente, a todos los que ciudadanos de países que pasan por profundas crisis económicas, políticas y sociales como Venezuela. La frase en cuestión no deja lugar a medias tintas, ni a interpretaciones matizadas: “algo hicimos mal”.
                En el mundo, el poder político se ha convertido en una facultad que pierde vigor. Cada vez es más difícil de ejercer y más fácil de perder. Es éste el argumento de Moisés Naím en “El fin del poder” (Debate, 2013). Tomemos como ejemplo un hecho sumamente reciente: ¿Quién iba a pensar en 2011 que el bipartidismo español iba a terminarse cuatro años después y que el Presidente del Gobierno, luego de la victoria de su partido pero sin lograr la mayoría absoluta en el Parlamento, diría en su primer discurso tras el evento electoral que iba a “intentar formar gobierno”? Ahora, en España, la correlación de fuerzas políticas incorpora otros factores, como el partido izquierdista Podemos (afecto al chavismo), y Ciudadanos, organización de centro derecha.
                El poder ya no es lo que era, y, como consecuencia de esto, “el cambio”, el argumento número uno de cada elemento político que se asoma a la palestra buscando su eventual ascenso, tampoco lo es.
                Si la sociedad no respalda la labor de los poderosos, o por lo menos no mayoritariamente, y decide fragmentar su apoyo en una diversidad de actores, es porque, además de que “algo hicimos mal”, la percepción del cambio es distinta. Ahora, la ciudadanía tiene gran número de herramientas para expresar su opinión sobre el sistema que los rige. La revolución del Internet y las redes sociales no ha pasado en vano.
Hoy en el mundo hay más democracias que antes (69 en 1990 y 118 en 2013), salvo lamentables excepciones como la venezolana que, a pesar de elegir a sus representantes por medio de elecciones, los abusos del Estado, las restricciones a la libertad de expresión y la persecución a la disidencia, no la salvan del condicionamiento como autoritarismo.
                El que algo se haya hecho mal no nos obliga a seguir por ese camino. La rectificación es necesaria. Mill asegura que el mecanismo político no obra por sí mismo: “Así como fue creado por hombres, por hombres debe ser manejado”.
                En Venezuela, hay una oportunidad maravillosa de orientar nuevamente el sistema hacia una senda democrática. El autoritarismo ha visto su poder erosionarse progresivamente. ¿Quién iba a pensar en 2006, luego de que Hugo Chávez fue reelecto con casi el 63% de los votos, que en 2007 los estudiantes universitarios evitarían en las urnas la reforma de la Constitución? Y ¿quién iba a pensar que apenas dos años después de su muerte, la oposición iba a ganar las dos terceras partes de la Asamblea Nacional mientras su “legado” hace aguas?
                “El cambio” es posible y hoy en día pareciera la norma en todo el planeta.

Ángel Arellano

martes, 15 de diciembre de 2015

Terremoto político: la nueva asamblea

 
         Los resultados de las elecciones parlamentarias en Venezuela fueron un terremoto político para el gobierno de Nicolás Maduro. Dificulto que las fuerzas oficialistas no conocieran con anterioridad el escenario que tenían a la vuelta de la esquina. Más bien, por saber lo que venía, arreciaron con abusos el día de los comicios y persistieron en un lenguaje hostil intentado hacerse visibles ante una sociedad que ya no los mira como antes, asqueada de la profunda crisis y del colérico verbo oficial.
            24 horas después de las adjudicaciones (112 curules para la Unidad contra 55 del Gran Polo Patriótico) los espacios de opinión del chavismo se desbordaron en reflexiones, mea culpas, actos de constricción y cánticos a las tres erres de Alfredo Maneiro: revisión, rectificación y reimpulso. Un sector del oficialismo, crítico y revisionista, salió a la palestra a manifestar, como hijos de Chávez y herederos reclamantes de un patrimonio político intangible, su gran descontento con la nomenclatura del PSUV.
La escena fue la siguiente: opinadores y ex jerarcas de la burocracia roja desde su esfera inmaculada fustigaron a la élite del Partido, a la nómina alta del gobierno y a las “medidas” que Maduro ha impulsado para palear una crisis que no tiene comparación en nuestra historia. Señalaron las equivocaciones del gobierno como culpables de la derrota mientras que Miraflores a su vez culpaba a la “Guerra económica”, a la derecha y a miles de factores que pululan en el mismo aire por el que vuela el pajarito que algún día picó en la cabeza del Presidente, según él mismo relató.
Pues bien, ante este terreno de subjetividades y ficción en el que se desenvuelve el chavismo, embadurnado con esa cosa que aun nadie entiende que es su marco ideológico, la oposición fija un camino a seguir con un plan legislativo que pretende dar orden constitucional a la vida venezolana y acabar con la discreción del Ejecutivo, al tiempo que advierten las dificultades que deberán sortear una vez asuman el control del Legislativo el próximo 5 de enero, como por ejemplo la alfombra de arbitrariedades y descalabros que deja la mayoría simple del PSUV.
¿Qué puede hacer la nueva Asamblea con las dos terceras partes de diputados opositores? Comencemos diciendo que, salvo la Constituyente de 1946-47 (137 AD, 19 Copei, 2 URD y 2 PC), nunca un solo sector ha obtenido, democráticamente, tal cantidad de curules. La conformación actual de la fracción Unidad, con 112 diputados, tiene facultades constitucionales para lo siguiente: activación de referendos aprobatorios de proyectos de Ley o tratados internacionales, calificación de una Ley como orgánica, aprobación de la separación del cargo a un diputado, designar el Poder Ciudadano (Defensor del Pueblo, Contralor General y Fiscal General), aprobación de una reforma constitucional, convocatoria de una Asamblea Constituyente y nombramiento y remoción de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.
Sin duda que todas estas decisiones, en manos de la oposición, desmontan el Estado chavista, y por eso, vemos el nombramiento apurado de nuevos magistrados al TSJ, reformas de leyes, decretos presidenciales, medidas trasnochadas, etc. Es un preámbulo de la guerra de poderes entre el Ejecutivo, y eventualmente el Judicial y el Ciudadano, versus el Legislativo. Empero, tal como siguen las cosas en la calle, con un incremento sostenido de la catástrofe económica que vive Venezuela, seguiremos viendo cómo se escribe el epitafio del chavismo.

Ángel Arellano

lunes, 7 de diciembre de 2015

El triunfo de la libertad


En las calles del mundo, los venezolanos amanecieron sonreídos, silbando y tarareando el himno nacional. La espera valió la pena, y el trasnocho también. Pasada la media noche, el Consejo Nacional Electoral anunció los resultados que la oposición al chavismo ya conocía minutos después del cierre de las mesas de votación (6:00pm). Las ojeras fueron grandes, pero también la felicidad por la buena nueva.
En Venezuela, la celebración inició en la madrugada. Desde hacía mucho tiempo los lunes no arrancaban con tan buen pie. La actitud de la ciudadanía era positiva, como si la crisis y el caos no estuvieran presentes por un momento. Los periódicos de los kioscos se agotaron rápido, en los autobuses solo se comentaba el gran titular del día, igual en carritos por puestos, plazas públicas, centros comerciales y en las colas por comida o por algún producto de primera necesidad. "¿Y ahora? ¡Se montó la gata en la batea!", era el comentario de rigor.
Cuando Tibisay Lucena anunció la victoria electoral de la Unidad, el país se convirtió en una fiesta. Superadas las expectativas de los propios opositores, y de los propios venezolanos en general, la opción del cambió logró ganar, tras pelear contra el ventajismo y abuso de toda la maquinaria del Estado, sorteando miles de incidentes el día D, la mayoría de diputados en el Parlamento con una altísima participación electoral: 75%.
"No hay una mayoría que quiera aplastar una minoría", fue la frase más trascendental del comunicado de la Unidad. Soplan vientos de cambio, vientos frescos cargados de esperanza, optimismo y libertad. Vientos muy esperados por una nación que ha sufrido una nueva arremetida del germen dictatorial.
Esa misma noche del 6D, Nicolás Maduro reconoció la derrota del chavismo. Sobre ese hecho, un periodista extranjero me preguntó al día siguiente por qué no daba relevancia a lo dicho por Maduro, o, en otras palabras, por qué no creía en la eventual "buena voluntad" tras ellas. Sin problema, respondí que yo estaba asumiendo una postura coherente con lo que he vivido: no sería la primera vez que el chavismo diga algo y al otro día anuncie o haga otra cosa. Para mí, al igual que para la gran mayoría de los venezolanos que votaron por la alternativa democrática, la Revolución Bolivariana desde hace tiempo es una gran mentira. Lo bueno para nosotros, y lo malo para el oficialismo, es que, posterior a estos resultados, el "Socialismo del Siglo XXI" se desdibuja y pasa a ser un proyecto en proceso de extinción.
Aún queda mucho por recorrer, tanto, que estas palabras pueden pecar de triunfalistas o anticipadas. Sin embargo, para toda la juventud venezolana, y para la ciudadanía en general, este es un momento que hay que vivirlo y documentarlo. Que sea el primer paso para el desmantelamiento del autoritarismo chavista y que nunca más vuelvan los fantasmas de la dictadura a oscurecer los designios de nuestra querida patria.
Luchemos, porque la democracia nos espera.
Es, como reza el título de un excelso libro, obra de Juan Germán Roscio, "El triunfo de la libertad sobre el despotismo".


Ángel Arellano