Aquí encuentras mi opinión, lo que pienso sobre Venezuela y el momento que nos ha tocado vivir. Lecturas, crónicas, artículos, relatos y crítica... Bienvenidos.

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martes, 14 de junio de 2016

La ausencia de ideas


La pérdida de apoyo popular de los gobiernos progresistas en América Latina trae consigo una preocupación implícita: la ausencia de ideas para afrontar los retos que imponen las nuevas dinámicas económicas. La izquierda, golpeada por sus propios errores, ha demostrado carecer de elementos para reordenarse y salir del atolladero. Los ejemplos de Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, y (distante pero también dentro del espectro) Uruguay, evidencian cómo el progresismo que se presentó fértil a principios de siglo, se ha quedado sin agenda, preso de una retórica afilada en tiempos de bonanza pero errante en tiempos de ajustes y recortes.
            Un par de interrogantes nos llaman la atención: ¿Tienen capacidad las izquierdas para renovarse desde las derrotas? Y, al margen de esto, los sectores que desde la oposición han venido avanzando para asumir el control ¿traen algo nuevo? ¿Hay algo inédito en las nuevas derechas latinoamericanas? En resumidas cuentas: ¿inicia la región un periodo con gobiernos más pragmáticos que idealistas?
La ola progresista impuso programas de reformas radicales en lo discursivo, en lo diplomático, en lo económico, sin embargo, su estilo de gobernar no distó mucho de las prácticas de los partidos tradicionales en sus países. En puntos clave como la descentralización se echó marcha atrás, lo mismo en el diálogo político con la oposición y en el fomento de un clima de entendimiento con reglas claras dentro del sistema político. La izquierda, que en casi todos los casos llegó al Ejecutivo con mayorías parlamentarias, aplicó con comodidad su proyecto. Fue el cambio de una élite por otra, con transformaciones en cuanto al reparto de la riqueza, a la redistribución, a la participación, pero con un fuerte componente de autoritarismo como en Venezuela y Argentina, y de pretensiones continuistas como en el resto de los países mencionados.
Pablo Stefanoni propone la siguiente reflexión: “Al final de cuentas, las perspectivas de radicalización de la democracia promueven eso (su radicalización), no la transformación de los procesos de cambio en formas de régimen que ahogan el debate interno, alinean militarmente a los militantes, premian más las lealtades oportunistas que la eficiencia y la honestidad intelectual en un simulacro ‘leninista’ que no solo podría no ser deseable sino que básicamente no es eficaz frente a las ‘nuevas derechas’ que se expanden en la región. Después, solo podremos contentarnos con la consoladora ‘épica de la derrota”.
Por otro lado están las derechas, o lo que la izquierda ha posicionado como las derechas: todo aquello que esté fuera de su órbita. Plantean restaurar el sistema democrático en los términos de las constituciones nacionales, apelando al diálogo interpartidista como condicionante fundamental de la gobernabilidad y la estabilidad.
Siguiendo a Verónica Giordano, la calidad de la democracia de hoy es concebida más por la capacidad del sistema político de demostrar una inclusión efectiva de la ciudadanía en la toma de decisiones, y por los elementos ligados a la igualdad y a la justicia social, que por los postulados tradicionales del término “democracia”. Citamos: “antes la democracia era concebida solo en su dimensión formal (democracia política); hoy es defendida, aunque más discursivamente que en las prácticas políticas, en términos de sus contenidos: democracia social o inclusiva. Para ello, las derechas se sirven de un eficaz instrumento de ayer y de hoy: el consensualismo”. Y ha sido este consensualismo un factor determinante en los sectores que vienen desplazando a la izquierda del poder en la región: el gobierno de Cambiemos en Argentina, la coalición que lidera Michel Temer en la presidencia interina de Brasil, la experiencia de la MUD en Venezuela que ganó la mayoría del Parlamento, todos ejemplos claros de consensos logrados por los sectores alternativos al progresismo. El consenso como práctica y programa, como forma y fondo. “Un eficaz instrumento de ayer y hoy”. Nada nuevo.

Ángel Arellano

martes, 7 de junio de 2016

La derrota ideológica y ética de la izquierda



Recojo una expresión del profesor uruguayo Francisco Panizza (LSE): “a diferencia de lo que sucede con los políticos de una orientación ‘derechista’, a quienes se les atribuye comúnmente la corrupción, el abuso de poder y el enriquecimiento escandaloso, la corrupción liquida a la ‘izquierda’ porque fulmina la bandera ‘moral’ que sustenta a su base electoral mayoritariamente pobre”.
            El ocaso de los gobiernos progresistas en América Latina llegó con una ola de escándalos de corrupción que los hacen impresentables a su electorado. Aun cuando son cuantiosos los intentos para mantenerse en la escena pública como defensores de la población menos favorecida y albaceas de la reserva ética continental, encontrando todavía cierto apoyo al legado de sus administraciones, la realidad es otra.
            Existen todavía los estigmas que echaron bases en el pasado y se han preservado como herencia de una cultura política que premia la ignorancia y la distorsión histórica, aunque también, frases como esta siguen frescas: “todos son socialistas, progresistas y humanistas hasta que les tocan el bolsillo. Ahí sí el capitalismo vale la pena”. A propósito de esa reflexión citadina, cito in extenso un comentario de Antonio Sánchez García que tiene cabida más o menos de la misma forma en toda la región:

“Decirse liberal, en Venezuela, desde la desaparición del llamado ‘liberalismo amarillo’, acarrea el desprecio público. Decirse socialista, en cambio, así los resultados concretos del socialismo doméstico estén a la vista en la crisis humanitaria que ha provocado, la mortandad y la hambruna que ha inducido, el hambre, la miseria y el sufrimiento que ha generado, continúa siendo, a pesar de los brutales hechos en contrario, de buen tono. Al extremo de que el término podría representar por igual a reprimidos y represores. 
Así, mientras el país se hunde en los abismos de la regresión, la hambruna y el caos, el socialismo no parece haber perdido ni un ápice de su brillo auroral. Y nadie osa llamarse liberal, pues despertaría las mayores sospechas. Acarrearía la ominosa confesión de ser de derechas, y en la Venezuela golpista, supersticiosa, bárbara, irresponsable, ladrona e ignorante, ser de derechas es pecaminoso. Mientras que ser de izquierdas denota sensibilidad social y humanitarismo. Y ello sigue siendo así precisamente ahora, cuando la izquierda socialista, por primera vez en el poder gracias a su subordinación al caudillismo militarista y autocrático, se ha robado 300.000 millones de dólares, ha permitido el asesinato de 300.000 venezolanos y ha devastado material y espiritualmente a Venezuela”.

            Aun cuando las cosas en la región sean, repito, más o menos así, podemos asegurar que en Latinoamérica la derecha no está ganado espacios: la izquierda los está perdiendo.
Hoy el gran tema que se discute en los foros políticos es la derrota ideológica y ética de la izquierda. Para sostener esta idea, referimos al historiador Gerardo Caetano: “¿cuándo prueba su consistencia un gobierno transformador? La prueba en épocas difíciles. Es muy fácil distribuir en épocas de bonanza. Pero un gobierno que ha sabido distribuir en épocas de bonanza, si no tiene idea, si no tiene libreto para responder a una época de desaceleración económica, no merece el respaldo de la ciudadanía para que continúe”. El progresismo exhibió los logros sociales que obtuvo tras la distribución del boom de las materias primas en la primera década del siglo sin ocuparse de diseñar programas para gobernar cuando la bonanza se agotara.
            Volvemos a Caetano: “A diferencia de esas bobadas que se dicen de que la corrupción es de derecha y no de izquierda, pues la corrupción es de derecha y es de izquierda (forma parte de la naturaleza humana), sin embargo tiene efectos distintos: la corrupción desgasta a cualquier gobierno, pero al de izquierda lo liquida. Liquida su legitimidad, liquida su capacidad para proponer lo nuevo”.

Ángel Arellano

martes, 31 de mayo de 2016

El ocaso del progresismo latinoamericano



Los medios de comunicación y los foros de reflexión política comienzan a dar abundante espacio a un tema que esperábamos desde hace algunos años: ¿el fin de la ola de gobiernos de izquierda en América Latina? Digo “esperábamos” porque mientras los gobiernos progresistas post-neoliberales lograban el mayor consenso en la región para imponer su retórica, favorecidos por el repunte espectacular de las materias primas en la década 2000-2010, liquidaban de la escena pública a quienes tuvieran una postura crítica, muchas veces reprimiendo manifestaciones, cerrando medios de comunicación social y hasta encarcelando a dirigentes políticos.
Paradójicamente, el discurso reformista se consolidó en voceros sordos a la disidencia. Quienes fueron contundentes críticos del neoliberalismo de los noventa, intentaron liquidar a sus propios críticos cuando les llegó el turno de gobernar. Los abusos de estas administraciones bajo el manto de las “realizaciones sociales” y la disminución de la pobreza, nutrieron un nuevo establishment que destaca entre los más corruptos registrados en el Continente.
            Ahora bien, tiene espacio la siguiente interrogante: ¿gobiernos “izquierdistas” o gobiernos “progresistas”? ¿Han sido el chavismo, el kirchnerismo, el lulismo y los otros movimientos en Nicaragua, Ecuador, Bolivia, etc. realmente gobiernos izquierdistas? ¿O se abrazaron de una propaganda que los mostraba como la “nueva izquierda” latinoamericana para aprovechar el beneficio semántico que esto suponía en una región del mundo en la que la “derecha” sigue estado mal vista? ¿Continuidad o ruptura del neoliberalismo de los noventa?
A diferencia del Frente Amplio uruguayo (1971) y la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile (1988), coaliciones de centro, centro-izquierda e izquierda radical que llegaron al gobierno con programas fundamentados en los postulados históricos de la izquierda mundial (igualdad, inclusión, estado de bienestar, laicidad, pacifismo), ni el chavismo militarista, ni el elitesco kirchnerismo, ni el lulismo pragmático (que pactó hasta con la derecha para lograr su permanencia en el poder), son precisamente referentes auténticos de la izquierda. Aun cuando todos estos pseudo izquierdistas hayan hecho lo imposible para congraciarse con Fidel Castro, o aplaudido la creación del ALBA como respuesta al ALCA, no dejan de ser experimentos “progresistas” con un alto contenido autoritario.
El pensamiento pragmático occidental, al que por cierto se ha plegado China en los últimos años posicionándose como la potencia mundial con mayor crecimiento e influencia en el mercado, ha tenido como soporte ciertas bases que resumimos en las famosas “seis aplicaciones asesinas para prosperar” del historiador británico Niall Ferguson: La competencia, la revolución científica, el derecho de propiedad, la sociedad de consumo, la medicina moderna y la ética de trabajo. Mientras los países del mundo buscan un espacio en el mercado global para mejorar (de esa manera liberal) la calidad de vida de sus ciudadanos, la izquierda iliberal persigue, con su discurso romántico, temerario y altisonante, un fin totalmente distinto: la entronización en el poder beneficiando a la nueva élite política y empresarial.
            ¿No han sido Alemania y Corea ejemplos suficientes del desempeño de territorios iguales, con la misma gente, la misma geografía, la misma historia, pero distintas ideas (capitalismo vs comunismo), instituciones (abiertas vs cerradas) y formas de gobierno (democracia vs dictadura)? ¿Acaso fue el marxismo y la savia socialista el triunfante de ese experimento? ¿O mejor es darle espacio a aquella filosofía de la derrota que reza en una frase de Galeano en su introducción a “Las venas abiertas de América Latina” de la cual terminó disintiendo antes de morir? (“ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”).
            Continuará…

Ángel Arellano

martes, 24 de mayo de 2016

“… la tradicional, la inenarrable hambre venezolana”


          -Ya no sé qué decirle mano. Ni arepa con mortadela se puede comer. El aseo personal ha pasado a ser algo de poca importancia en comparación con el hambre. En el barrio las familias comen mango porque no hay comida. Así matan el hambre. No me explico por qué no ha explotado un peo.
            Mango, el nuevo alimento de la patria. La dieta que impuso la crisis. Tanta es la miseria que vive Venezuela, que nuestros compatriotas se encaraman en las matas buscando frutas para mitigar la escasez que carcome sus entrañas. El hambre está en todas partes.
Los venezolanos de hoy viven una situación que nunca conocieron, pues los libros de historia carecen de referencias sobre coyunturas semejantes. Incluso la barbarie de la guerra de Independencia y las crisis posteriores no nos sirven para establecer comparaciones. En aquel momento el Estado que nacía era sumamente pobre. No gozó de las fortunas que dos siglos después derrochó la Revolución Bolivariana. Son eventos infinitamente distintos, y aunque “el pasado se niega a ir al cementerio y se disfraza y se maquilla de presente”, en palabras de don Elías Pino Iturrieta, la actualidad nos sorprende con una catástrofe inédita.
Cuando lo que después se tradujo como “chavismo” se abría camino en la década de los noventa, condenando el bipartidismo y las realizaciones de la “Cuarta”, se trazaron las líneas de una oscura narrativa que llegado el momento de controlar el poder, el nuevo gobierno potenció al extremo haciendo uso de todos los medios a su favor para posicionar que durante la República Civil el “pueblo” sólo conocía una dieta de agua de arroz, agua de pasta y perrarina. Así lo relataron de Chávez para abajo una y otra vez sin cesar, evangelizando a la sociedad sobre las tinieblas de los gobiernos adeco-copeyanos y el contraste con la buena nueva que traía la espada de Bolívar bendecida por la bonanza petrolera. Años después, los demonios que le acuñaron a la “Cuarta” terminaron exorcizando a la “Quinta” como preámbulo de su eventual despedida de Miraflores.
Este es el cuadro actual: el consumo calórico diario en los niños bajó de 2.500 a 1.780 según el Observatorio Venezolano de la Salud y la desnutrición infantil es la más alta de América Latina con un 9%. Existe un desabastecimiento de alimentos básicos en un 80% de los supermercados y en el 40% de los hogares. Al 87% de los venezolanos no les alcanza el dinero para comprar comida.
Ha dicho Germán Carrera Damas que el proyecto nacional venezolano “es el esfuerzo implementado por los vencedores”. ¿El chavismo dejó de ser el sector vencedor luego de 17 años gobernando? La desgracia que cubre el país es el derrotero de un proyecto cuyo líder y eje cohesionador desapareció físicamente y se mantiene sostenido por los endebles andamios que provee un Tribunal tránsfuga y unas fuerzas militares corrompidas. 
En 1943 el Ejecutivo abordó comunicacionalmente la crisis alimentaria a nivel nacional partiendo de que no existía tal déficit de comida, sino “avitaminosis”: falla o deficiencia en la cantidad de vitaminas que el organismo requiere. Para salir al paso, con un sonoro discurso en favor de la democracia, Rómulo Betancourt expresó desde el Nuevo Circo en Caracas que “un flagelo está destruyendo a nuestro pueblo: es el hambre que ahora tiene un nombre pedante: avitaminosis. (…) Se llama avitaminosis, pero es la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre venezolana”.
Ni mango es comida, ni Nicolás Maduro es líder, ni el Socialismo del Siglo XXI es un proyecto viable. Los tres sujetos, cuando han estado acompañados de los predicados mencionados anteriormente, han terminado en un engaño.

Ángel Arellano

lunes, 9 de mayo de 2016

Los líderes de la oposición

Leopoldo López y Henrique Capriles durante las elecciones primarias de la MUD en 2012

 Leopoldo López (45 años) y su partido Voluntad Popular han sido desde la muerte de Hugo Chávez impulsores de iniciativas de calle que incrementen el nivel de tensión social como un dispositivo para el desmoronamiento de la estructura de gobierno y la erosión del apoyo popular en las bases electorales del chavismo. Esta estrategia tuvo por nombre “La Salida”. Desde su ingreso a la prisión de Ramo Verde el 18 de febrero de 2014, se potenció como una figura estelar en la opinión pública nacional a través de comunicados firmados con su puño y letra, y una agenda de contactos internacionales encabezada por su esposa Lilian Tintori, que ha ganado entre otras cosas el pronunciamiento de la ONU, la OEA, un gran número de expresidentes y presidentes en ejercicio como Barack Obama, premios Nobel de la Paz, etc., demandando su liberación inmediata y el restablecimiento de las libertades democráticas en Venezuela. VP se mantiene con la agitación de calle convocando constantemente movilizaciones a nivel nacional para protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. Sus planteamientos son radicales y persiguen una sustitución del sistema de gobierno chavista por uno basado en los términos de la Constitución Nacional, para eso dieron luz verde a una campaña pro Asamblea Constituyente aunque ésta no logró el apoyo de la MUD.
            Henrique Capriles Radonski (43 años): dirigente de Primero Justicia que comparte el liderazgo de la organización con el diputado Julio Borges, presidente del partido. Capriles fue dos veces candidato presidencial. Ha hecho hincapié en el activismo social, promoviendo visitas a los sectores más pobres y priorizando el discurso sobre temas económicos y sociales asociados a la vida del venezolano de a pie, por encima de la retórica política y la confrontación. Se ha mantenido recorriendo el país con giras periódicas logrando una gran notoriedad pública en las elecciones municipales de diciembre de 2013 y en coyunturas clave como el “Diálogo por la Paz” que se efectuó en 2014 entre la oposición y el gobierno de Maduro, y las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. En adelante, ha persistido en la promoción del referendo revocatorio y en su propia plataforma comunicacional con énfasis en las redes sociales.

Henry Ramos Allup
            Henry Ramos Allup (72 años): secretario general de Acción Democrática desde el año 2000. No disputa el liderazgo de la organización y ha logrado la cohesión del partido para impulsar el consenso como método de selección de candidaturas en eventos electorales. Ramos tiene trayectoria como parlamentario y es miembro del Comité Ejecutivo Nacional de su partido desde hace más de 30 años. Regresó a la AN en las elecciones de diciembre de 2015 tras ser candidato por acuerdo interno de la MUD en una de las circunscripciones de Caracas. Logró la presidencia del Parlamento luego de salir airoso en una elección de la bancada opositora. Ha mantenido en su discurso el método del consenso entre partidos como instrumento para la resolución de conflictos y la toma de decisiones dentro de la oposición. Desde su ascenso a la presidencia de la AN ha ganado popularidad por su oratoria desafiante al régimen en momentos cruciales y su experiencia como legislador.
Podemos intentar algunas conjeturas anticipadas: un eventual gobierno de López pudiera estar nutrido de medidas de ajuste radicales para sustituir el sistema de gobierno chavista; por otra parte, probablemente en una presidencia de Capriles tengan mayor espacio las iniciativas sociales y las acciones moderadas colocando el acento en la reconciliación nacional como palanca de impulso; y una administración dirigida por Henry Ramos puede esté orientado por el consenso partidista como soporte del restablecimiento del sistema democrático en los términos de la Constitución. En todos estos escenarios bien pueden tener preponderancia los partidos de los líderes o el programa general de la coalición unitaria, logrando un acuerdo no sólo en lo programático, que aparece en escena como una necesidad vital para que la oposición logre llegar al poder, sino como un mecanismo de estabilidad en un país cuya realidad económica, social y política es catastrófica.

Ángel Arellano

lunes, 11 de abril de 2016

¿El gobierno que nos merecemos?

Fuente: http://yvnoticias.com/archivos/11852

-¿Eres de Venezuela?
-Sí
-Venezuela. ¿Nicolás Maduro, no? ¿Allá es donde el Congreso quiere cambiar al Presidente y ahora el Presidente quiere liquidar al Congreso?
-Se pudiera decir que sí.
-Ah, ya. Leí que Maduro decretó los viernes como no laborales para ahorrar electricidad. ¿Es verdad?
-Sí claro, reciente.
-Y vi que la inseguridad es tal que la gente toma justicia por sus manos con linchamientos y han quemado a varios delincuentes, incluso a uno que ahora todo apunta que era inocente. ¿Es así?
-Tal cual.
-Me enteré que aumentaron en 6000% el precio del combustible pero aún con eso siguen siendo el país con la gasolina más barata pero con el nivel de miseria más alto del continente. Una lástima.
-Eso también es verdad.
-Una página web publicó un reportaje que me erizó la piel: resulta que hay enfermos de cáncer que prefieren suicidarse antes de tratarse la enfermedad en Venezuela debido a la gran escasez de medicinas y colapso de los hospitales y clínicas…
-También lo leí.
-¿Y cómo llegaron a ese punto? Nosotros admirábamos el desarrollo de Venezuela hace tiempo. Cuando estábamos en dictadura ustedes acogieron a cientos de compañeros que huyeron al exilio. Eran la vitrina de la democracia y ahora están en el fondo. ¿Qué les pasó?

            ¿Qué nos pasó? Esa es la pregunta que se cuela en cualquier foro, conversación, cena familiar o charla. Los venezolanos, en especial los más jóvenes, cuya diáspora, según estimaciones, ronda el millón de almas, se preguntan qué le pasó al país del que hablaban sus abuelos, en el que todo era infinitamente mejor con respecto a la barbarie que se vive en estos días. No son pocas las incongruencias que se escuchan cuando alguien intenta analizar la trayectoria del “cómo” llegamos a este punto. Algunos pasan la factura al sistema político, otros resumen las causas, deportivamente, en una injusta frase de la que desconocen su origen y sentido estricto: “Cada nación tiene el gobierno que se merece” (Joseph de Maistre, 1753-1821). Del resto, palabras más, palabras menos, las acusaciones van en la misma dirección. Intentemos una respuesta resumida citando a los investigadores Daron Acemoglu y James Robinson en el prominente ensayo “Por qué fracasan los países” (7ª ed., 2014, Deusto: Madrid), quienes abordaron brevemente el tema:
“Venezuela también hizo la transición a la democracia después de 1958, pero esto ocurrió sin cesión de poder a las bases y no creó un reparto pluralista del poder político. Lo que sucedió fue que los políticos corruptos, las redes de clientelismo y los conflictos persistieron en Venezuela, y, en parte, como resultado de ello, cuando los votantes fueron a las urnas, incluso estaban dispuestos a dar apoyo a déspotas en potencia como Hugo Chávez, y la causa más probable es que pensaran que solamente él podría hacer frente a las élites establecidas de Venezuela” (pp. 535-536).
La crisis del sistema político y de la economía basada en el rentismo petrolero, fue el preámbulo para una sociedad que en buena parte no se sentía representada por la dirigencia y exigía una vuelta al reparto de la riqueza de los setenta. Chávez consolidó su proyecto con dinero a manos llenas, gastando todos los recursos que, por suerte, habíamos obtenido con los altos precios del petróleo durante su mandato. Falleció, y con él también murió la bonanza. Al país le tocó enfrentarse a su realidad: todo lo que consume lo importa, lo poco que produce no abastece el mercado interno, educación de baja calidad, pobreza y miseria creciendo sin control...
Vivimos sobre las ruinas de un sistema democrático que funcionó y que fue ejemplar. También que puede volver a serlo, con el concierto de la dirigencia y de la sociedad. No es que solo los gobiernos deciden el rumbo de un país o que solo los pueblos, sin organización ni sistema, determinan su futuro. Un poco de uno y un poco del otro.

Ángel Arellano

martes, 29 de marzo de 2016

Tender la mano, reconciliar y pintar la casa

 
         En Venezuela, ¿pasará el temblor? ¿La profunda crisis social, económica y política encontrará cauce para una futura normalización institucional y democrática? Sí. Llegará el momento, más pronto que tarde, en el que las instituciones vuelvan a ser autónomas y no un apéndice del PSUV, y la gente sienta que vive en un país, digamos, “normal”, y no en un campo minado que en cualquier momento puede explotar.
            Ese momento, el del retorno del sistema democrático, pasa por un gran esfuerzo de reconciliar a la sociedad y “civilizar” (me parece el término adecuado) a los sectores más radicales del chavismo que militan al margen de la ley actuando impunemente contra la disidencia: colectivos paramilitares y demás grupos armados adscritos al oficialismo. Son muchos los dolores de cabeza que tiene y tendrá la oposición, lo que se pretende sustituir no es un partido político que administra el poder desde hace 17 años, sino un sistema que ha corrompido cada átomo de la institucionalidad, reemplazando la historia nacional por un libreto amañado y confeccionado a la medida del “proceso” que dirigen, y demoliendo los valores de la democracia moderna para imponer la “moral socialista” de la clase dominante caracterizada por el nepotismo, la apropiación de los recursos públicos, el abuso de poder, la judicialización de la política, la promoción de acciones delictivas y el narcotráfico como común denominador en la élite del gobierno.
            Para la épica labor de destronar al chavismo, la oposición cuenta con el factor más importante: el rechazo popular casi total a Nicolás Maduro. Según Hinterlaces, encuestadora cercana al oficialismo, 58% de la población considera que la solución a la crisis es la salida de Maduro. Otras consultoras, más independientes, aseguran que esta cifra llega a un 82%. Estos números que apoyan la salida constitucional del Presidente que se busca desde la oposición, exigen igualmente la persistencia en un mensaje de reconciliación nacional que permita contener las tensiones en la calle. 
Reconciliar es la tarea más difícil. Se pueden activar los mecanismos democráticos para deponer a Maduro e iniciar una depuración en los altos mandos de los poderes de la nación, las empresas públicas y las fuerzas armados. No obstante, la diferencia estará en la valoración que el venezolano de a pie dé a este proceso. Si algo logró con eficiencia el chavismo, además de dejar sin comida y medicinas a la población, fue dividir a las familias y sembrar odio en las comunidades.
Violeta Chamorro fue la primera mujer en llegar a ser presidente de su país en América (Nicaragua, 1990-1997). Entrevistada por los periodistas Diego Achard y Manuel Flores para el libro “Gobernabilidad: un reportaje de América Latina” (Fondo de Cultura Económica, 1997), comentó sobre el proceso de reconciliación nacional que impulsó luego de ganar las elecciones al Frente Sandinista de Liberación Nacional:

-¿Cómo comenzó ese proceso de reconciliación, de tender la mano?
-¿Sabe qué fue lo primero que yo hice cuando gané?... Fui a pintar mi casa.
-¿Cómo a pintar su casa?
-Es que mi casa tiene un muro desde que la construí hace 33 años. ¡Qué no decía ese muro! “Vendepatria”, “Traidora”. Y lo pinté de blanco, como era antes. Eso se llama reconciliación: olvidar. Por eso es que no me gusta ni recordar el pasado, porque ¿para qué? Y vaya a ver ahora. Usted sale por Managua, por donde la gente va construyendo sus casas, y está todo pintadito. Ahorita, en esta campaña [electoral], Dios mío, la van a empezar a ensuciar. Casualmente ayer estaba hablando sobre cómo hacer para sacar una ley, como en Chile o en otros lugares más civilizados, para que no manchen las paredes, de modo que a cada partido le toque un lugar. Y después lo pintan. Pero para eso se necesita tiempo y educación, así que no tenemos más remedio que volver a pintar.

Ángel Arellano

lunes, 21 de marzo de 2016

El suicidio de la izquierda

Aire Force One en su llegada a La Habana. 20/03/2016 Foto: Reuters

          A 15 años del predominio de los gobiernos progresistas en el sur de América, las conclusiones parecen evidentes. La izquierda aprovechó el momento de mayor bonanza que tuvo la región para marcar el terreno y mostrar sus resultados: líderes con ansia reeleccionista, actuaciones autoritarias, abundantes escándalos de corrupción, cercenamiento de la libertad de prensa y cierre de medios de comunicación, situaciones económicas complicadas cuando no caóticas como el caso de Venezuela, y un discurso deteriorado, empobrecido y sin expectativa de reorientarse en lo inmediato. Como marco a estos elementos cabe introducir una característica esencial de esta izquierda gobernante entre los años 2000 y 2015: la solidaridad automática dentro de sus filas y también con los gobiernos que estén en sintonía con sus postulados doctrinarios (o coqueteen con ellos). Solidaridad entre dirigentes, aun cuando estos estén acusados por la justicia o cuestionados de violaciones de derechos humanos entre otros principios refrendados ante organismos internacionales.
La izquierda ha trapeado tantas veces el piso con el estandarte de la ética y la moral progresista que esgrimieron con fuerza durante las últimas cuatro décadas del siglo anterior, que hoy esas banderas son solo tela sucia y remojada en el trasnocho de lecturas oxidadas que inspiran discursos febriles en el intento de tapar o maquillar alguno de los elementos anteriormente señalados.
“Si es de izquierda, no es corrupto. Y si es corrupto, no es de izquierda”, ha sido la frase-fuerza de Raúl Sendic, vicepresidente del Uruguay y miembro del Frente Amplio, la coalición progresista que gobierna el país desde 2005, para escudarse ante los señalamientos documentados de mal manejo de la única empresa petrolera sudamericana que acompañó a Petróleos de Venezuela en el reporte de déficit mientras el barril de crudo superaba los 100$.
¿Si es de izquierda no es corrupto? Esta interrogante quedó rezagada para la poesía progresista de antaño que vislumbraba un mundo mejor para cuando sus irreverentes líderes llegaran al poder derrochando bienestar, prosperidad y felicidad en todas las comunidades. Esa misma poesía, y los miles de libros escritos con la tinta del romanticismo guerrillero, quedaría pálida al mirar los carteles que recibieron en el casco histórico de La Habana al presidente de EEUU en su visita a Cuba: “Welcome Mr. Obama”.
Para ser corrupto no hay que estar afiliado a una corriente ideológica. Izquierdistas y derechistas han sido señalados por hechos de corrupción gravísimos que arrastraron a sus países a bárbaras crisis económicas.
            Para vergüenza de quienes hicieron del ideal progresista un punto de referencia inmaculado, la izquierda, a 15 años de su influencia casi total en los gobiernos de la región, deja una triste postal: los malos manejos económicos, corrupción y nepotismo en Argentina; la pretensión felizmente paralizada de reelección indefinida en Bolivia; la lucha contra los medios de comunicación en Ecuador; la aguda corrupción en Brasil que vincula a su ex presidente progresista y a su sucesora; el aviso hecho por el actual gobierno de Uruguay de excluir a toda la oposición de las instituciones y dependencias del Estado; y el desmantelamiento de la democracia con una crisis humanitaria sin precedentes y un profundo abismo económico en Venezuela.
         ¿Qué mensaje envían los dirigentes de la izquierda latinoamericana a las nuevas generaciones? ¿Qué enseñanza dejan los 15 años de gobiernos progresistas en la región? Pareciera que luego de controlar el poder en lo que va de siglo XXI se confirma la regla puesta en marcha en Europa, Asia y Estados Unidos: es momento del pragmatismo, atrás quedó la definición ideológica. El futuro impone retos que no saben de banderas ni colores.

Ángel Arellano

viernes, 18 de marzo de 2016

Diputados de Venezuela en Montevideo

(Publicado el 14/03/2016) La semana pasada se realizó en Montevideo un grato encuentro entre venezolanos residentes en el Uruguay y un grupo de representantes ante el Parlamento nacional que realizan una gira por América Latina hablando sobre la crisis que vive el país, los aspectos que trabaja en estos momentos la bancada de la Mesa de la Unidad Democrática y los dispositivos constitucionales que están siendo aprobados para el cambio de gobierno en Venezuela.
Los diputados venezolanos de la Comisión de Politica Exterior, Luís Florido (presidente), Carlos Valero (miembro), Williams Dávila (miembro), y el asesor y perseguido político Carlos Vecchio hicieron un espacio en la agenda de reuniones con diputados, senadores, ex presidentes y hasta el canciller uruguayo, para escuchar a los compatriotas establecidos en la tierra de Artigas y compartir impresiones sobre diversas preocupaciones.
El encuentro se celebró en el anexo del Palacio Legislativo, cedido cordialmente por el Congreso uruguayo. Entre los temas abordados figuró el de las remesas familiares y las asignaciones de dólares preferenciales para estudiantes y pensionados. Al respecto, los diputados refirieron a los presentes informar su estatus ante la Comisión de Política Exterior, Soberanía e Integración de la Asamblea Nacional para incorporar su solicitud a la base de datos de los casos que el Parlamento está gestionando ante el Ejecutivo.
Fue un grato momento lleno de jóvenes, padres y madres que han salido dolorosamente de Venezuela por diversas razones. No recibieron de sus legisladores ningún tipo de reclamo ni cuestionamiento, solo un mensaje de esperanza, ánimo y valor para seguir colaborando desde el exterior a la recuperación del sistema democrático y la normalización del país por el bien de todos.
Desde este blog se aporta ese granito de arena. Sigamos adelante dejando en alto el tricolor que nos vio nacer.
Nota: Esta semana se encuentra en Montevideo otra delegación de diputados de la AN que asistieron a la XXXVI Sesión Ordinaria del Parlamento del Mercosur. La última imagen es una reunión de esta comitiva enviada ayer domingo 13 a las 11pm por nuestra amiga la diputada Marialberth Barrios, una de las legisladoras más jóvenes del país.

martes, 1 de marzo de 2016

“¿El poder?... ¡Me encanta!”


          ¿Por qué algunos políticos pasan a la historia y otros fueron limitados por la crónica diaria de la prensa? ¿Por qué algunos pueden trepar hasta dejar una marca en la vida de la sociedad, cuando no partirla en dos, y otros apenas son recordados por apariciones vagas y difusas? ¿Qué importancia tiene la ambición, el sentido histórico y la pragmática dentro de la carrera del político?
En “Anatomía de un instante”, el monumental libro que relata los acontecimientos del golpe de Estado de 1981 en España, Javier Cercas dedica un espacio en establecer las distinciones del “político puro” con respecto al resto de los líderes.
            Para el autor, el presidente del gobierno en ese momento, Adolfo Suarez (próximo a cumplir dos años de fallecido el 23 de marzo), fue el político español más importante del siglo XX: se encargó de capitanear el país  desde la prolongadísima dictadura de Francisco Franco al desconocido sistema democrático que se comenzaba a instalar con apoyo de la Corona a mediados de la década de los setenta. Suarez, el ícono español del liderazgo transformador, era el símbolo de la atracción por el poder. Aunque parte de su proceder no encajó en ciertos enclaves éticos, estuvo orientado por una ambición desaforada. En palabras de Cercas, “fue una ambición en carne viva y nunca se avergonzó de serlo, porque nunca aceptó que hubiera algo censurable en desear el poder. Pensaba que sin poder no había política y que sin política no había para él la menor posibilidad de plenitud vital”.
            ¿Está mal anhelar el poder? Revisemos los aspectos positivos y negativos del político puro referidos por el narrador. Virtudes: “la inteligencia natural, el coraje, la serenidad, la garra, la astucia, la resistencia, la sanidad de los instintos, la capacidad de conciliar lo inconciliable”. Defectos: “la impulsividad, la inquietud constante, la falta de escrúpulos, el talento para el engaño, la vulgaridad o ausencia de refinamiento en sus ideas y sus gustos; también, la ausencia de vida interior o de personalidad definida, lo que lo convierte en un histrión camaleónico y un ser transparente cuyo secreto más recóndito consiste en que carece de secreto”.
            Político puro aquel que no sólo es un hombre de acción, pero tampoco un ideólogo. El político puro, siguiendo a Cercas, prioriza el conocimiento y lo exhibe. Demuestra sus capacidades como seguidor de una idea, pero su agenda es la actividad cuerpo a cuerpo. Convence. Suma. Soporta a otros y puede soportarse a él mismo. Cercas destaca dos elementos en la estrategia del político puro que, a diferencia del académico y del hombre de pocas luces, alimentan su ambición: la “intuición histórica” (José Ortega y Gasset) y el “sentido de la realidad” (Isaiah Berlin): ubicación, pertinencia y acierto, ponderación y método. Esta habilidad no se encuentra en la biblioteca ni en el instituto de formación política. Nace por medio de una sucesión de hechos específicos en la vida del político. Es una cualidad original adaptada a cada caso y que prioriza, por encima de cualquier objetivo, la obtención del poder.
            Citamos una frase de Suárez tomada de la obra de Cercas: “Toda la vida soñé con ser presidente del Gobierno (…) ¿El poder? ¡Me encanta! Eso me encanta, sí, presidir el destino de mi país”.
            Ambicionar el poder no puede ser reprochable. Controlarlo, da paso a la tarea de gobernar a semejantes y distintos. No obstante, la democracia, el sistema político que más felicidad le ha dado el mundo, con sus crisis y desiertos, sirve de trampolín para todo tipo de líderes, entre ellos, los que han llegado a la cima para suicidarse con ella. En ese mundo muchas veces copado de incertidumbre, se distingue el político puro del liderazgo común que no logra mayor trascendencia.

Ángel Arellano

lunes, 22 de febrero de 2016

Y al chavismo… ¿qué le pasó?

 
         En algún sitio preguntaron: “¿y al chavismo qué le pasó?”. Todavía el viento trae recuerdos de cosas que decíamos los venezolanos cuando ese modelo, primero presentando como regenerador de la democracia, reformador y revitalizador de las libertades, comenzó a mostrar su verdadero rostro: una autocracia más, un huracán populista potenciado por la renta petrolera y la decadencia del sistema de partidos políticos tradicionales. Simulemos algunas frases: “Los avances de Chávez en material social son innegables”, “Chávez ha hecho cosas buenas, sólo que tiene su estilo”, “Yo no creo que cierre RCTV, emisoras de radio, periódicos, tenga presos políticos o ampare el reinado de la delincuencia”, “No puede, no debe, no lo permitiremos”. Líneas así impregnaron el debate político durante años. Hoy, ¿cuáles son las conclusiones?
                Las cenizas de Venezuela dejan un manojo de incógnitas, todas dirigidas a quienes tuvieron la responsabilidad de regentar una administración con abundantes recursos y amplia autonomía de vuelo. A casi tres años de la muerte de Chávez, podemos hallar respuesta a esto:
                ¿Qué pasó con la división de poderes, la descentralización, el respeto a las minorías, la productividad económica y la Venezuela potencia de la que el chavismo habló en su primer período presidencial? ¿Acaso no fueron los máximos promotores y defensores de la Constitución de 1999 los primeros que la liquidaron para concentrar todo el poder en el Ejecutivo? ¿No fueron quienes se presentaron como salvadores de los pobres, defensores de los humildes y necesitados, los pata en el suelo, los de abajo, quienes al ser beneficiados con las mieles del poder terminaron empobreciendo al país mientras se enriquecían groseramente? ¿Dónde quedaron los valores éticos propugnados por la Revolución cuando sus dirigentes, que vivían en las cumbres del oeste caraqueño, dieron la espalda a sus raíces para terminar instalándose en las lujosas lomas del este o cuando los líderes chavistas provenientes de caseríos y pueblos rurales coronaron sus corruptas carreras procurándose fortunas escandalosas en el extranjero? ¿Qué de la lucha contra el imperio, los yankees, los ricos, cuando casi todas las figuras públicas del oficialismo están inmersas en un escándalo monumental por sus cuentas en dólares?
            Encontramos un referente que inspira estos cuestionamientos a la Revolución Bolivariana en las interrogantes que se planteara Hannah Arendt en “Sobre la revolución” (Alianza, 2006) a mediados del siglo pasado, cuando analizando la Revolución Francesa, sus promotores, causas y consecuencias, se pregunta lo siguiente:
“¿No habían sido realistas en 1789 los mismos que en 1793 no sólo se vieron conducidos a la ejecución de un rey (independientemente de que hubiera sido o no un traidor), sino a la condena de la monarquía como ‘un crimen eterno’ (Saint-Just)? ¿No habían sido abogados ardientes de los derechos de la propiedad privada los mismos que en Ventoso de 1794 proclamaron la confiscación de las propiedades, no sólo de la Iglesia y de los émigrés, sino también de todos los ‘sospechosos’, para que fueran entregadas a los ‘desfavorecidos de la fortuna’?”.
Como asegura Arendt, y como después quedó confirmado por el devenir de los hechos, “todas las historias iniciadas y realizadas por hombres descubren su verdadero sentido únicamente cuando han llegado a su fin”. El chavismo llegó a su fin. Encontró terreno fértil en 1992, ascendió al poder en 1998, se consolidó en 2004 y murió con la desaparición física del líder carismático en 2013. Lo demás, eso de “El Legado” y otros cuentos, es esoterismo, mito y propaganda. En adelante, solo quedaron los sepultureros del sistema, tambaleándose, resistiendo, cargando a cuestas un saco con los resultados de 17 años de mal gobierno; soportando embates internos y externos hasta que, definitivamente, desalojen o sean desalojados del poder. Lo que suceda primero.

Ángel Arellano

lunes, 8 de febrero de 2016

Defensa apasionada de la democracia

 
            En su reciente artículo “El naufragio de la democracia”, Axel Capriles introduce un cuestionamiento al sistema democrático a partir de la experiencia venezolana en el siglo XXI: “Por medio del método democrático Hugo Chávez ascendió al poder y por respeto a los formalismos del método democrático permitimos que el chavismo se mantuviera durante más de 16 años en el poder. ¿Es correcto y útil un sistema político que permite la devastación y desolación de un país? ¿Vale la pena?”. La crítica, parte de una tesis superficial, que no por eso deja de ser relevante: “el culto cuasi religioso del método democrático ha obrado en contra de las mismas libertades e ideales que pregona”. Intentaré argumentar una discrepancia con el Dr. Capriles.
                Primero, sí es cierto que la democracia sirvió como trampolín para el ascenso de Hugo Chávez y el proyecto que inició un sostenido proceso de recentralización, debilitamiento de la representación popular y liquidación de la división de poderes. La Revolución Bolivariana es antidemocrática, con una carátula moldeable a las circunstancias y un discurso internacional de reivindicación de las libertades de un “pueblo” al que terminó llevando a una catástrofe económica, política y social.
                Segundo, también es cierto que el sistema político venezolano se encontraba naufragando como antesala al ascenso de Chávez, con partidos débiles y fragmentados, lo que posibilitó la entrada del líder redentor que modificó la Constitución e hizo del Estado un todo controlado por la Presidencia.
                Tercero… ¿vale la pena la democracia?
Si bien el culto a la democracia por la democracia misma, y no porque la sociedad adopte un comportamiento cívico y democrático, ha colaborado con el debilitamiento de esta forma de gobierno, al punto de llegar a niveles de erosión institucional como en el caso de Venezuela en donde hay espacio para que hoy algunos pensadores cuestionen la factibilidad de la democracia en un país tan devastado, no es menos cierto que la democracia ha sido el sistema que ha permitido mayor libertad y paz en los países que la practican (118 en 2013), al tiempo que las sociedades con democracias de, digamos, "mayor calidad", poseen los mejores indicadores de bienestar, desarrollo e innovación del mundo.
¿La democracia es imperfecta al punto de que existen momentos, como el actual (partiendo de lo que se vive en Venezuela), en que pareciera más la enfermedad que el antídoto? Sí. Y es así porque así se comporta el ser humano. La democracia es en momentos sublime y en momentos caótica, como nuestra especie: errante, sedentaria, belicista, incoherente, y lo es, porque ha podido ser también emprendedora, buscadora de soluciones apostando a las transformaciones radicales, adicta a la tecnología y a la reiteración en las interrogantes que marcan nuestro camino: ¿Cómo?, ¿por qué? y ¿para qué? Somos lo primero porque hemos podido ser lo segundo y es eso lo que nos sirve como referencia para establecer una comparación sustantiva. De tal manera que la democracia se inscribe en esta contraposición: es una respuesta a la barbarie, al absolutismo y a las conductas totalitarias, para imponer la razón siempre imperfecta de la mayoría. En esto último, la democracia ha evolucionado históricamente incorporando a las minorías, a quienes en un auténtico sistema democrático se les reconocen por igual sus derechos y opiniones.
Entonces, es superfluo condenar al sistema democrático por transitar un momento crítico, pues, como hemos sostenido, la democracia es una respuesta a la oscuridad, una reacción de lo que entendemos como el "bien" (elecciones, representación, división de poderes) contra el "mal" (imposición, dominación, dinastía, represión).
En esa respuesta a la oscuridad no todo es claro, encontramos diversas tonalidades, todas son obra y gracia de la humanidad, por tanto, la responsabilidad siempre se le debe adjudicar a sus creadores (o dirigentes), no a la creación.

Ángel Arellano

martes, 26 de enero de 2016

La “mala leche” del Uruguay

 
            Dime con quién andas y te diré quién eres. El segundo gobierno de Tabaré Vásquez decidió acompañar al gobierno de Nicolás Maduro. Las relaciones con “el hijo de Chávez” las heredó de José Mujica, su antecesor; y Mujica, que destacó por el apoyo irrestricto a la administración de Hugo Chávez en tiempos de vacas gordas, llegando al hermanamiento y la solidaridad automática, heredó a su vez del primer gobierno de Tabaré Vásquez, las relaciones con el difunto. De tal manera que en ambos países la amistad gubernamental se han mantenido durante la última década básicamente porque quienes están en el poder son del mismo círculo.
            A pesar de que el actual secretario general de la OEA, Luís Almagro (ex canciller de Mujica y ex amigo de Maduro), uno de los uruguayos más influyentes a nivel internacional, desentona con la línea trazada por el Frente Amplio (coalición de centro-izquierda que llevó a Vásquez y a Mujica a la presidencia) convirtiéndose sorpresivamente en un fuerte crítico a las violaciones de los derechos humanos y al abuso de poder del “primer presidente chavista”, la administración del Dr. Vásquez ha seguido sosteniendo acuerdos en lo económico y en lo político con Venezuela… hasta que sonó una alarma.
            El gobierno de Venezuela adeuda desde el año pasado $95 millones a empresas lácteas del Uruguay. Las principales corporaciones que han sido afectadas son las siguientes: Conaprole, Pili, Claldy y Calcar. Ricardo de Aguirre, presidente del Instituto Nacional de la Leche, afirmó hace un par de días que “si no se cobra el dinero, estamos en quiebra todos”. Los productores de leche protestaron enérgicamente exigiendo al gobierno de Vásquez que exigiera a Venezuela el pago de lo pendiente, toda vez que existe un acuerdo bilateral firmado en julio de 2015 en el que Uruguay se comprometía a cancelar su deuda por concepto de petróleo (a precio preferencial) y Venezuela compraría $300 millones en alimentos. Vale destacar que el 70% de estos productores de leche son empresas familiares. Decía de Aguirre: “nosotros no estamos aquí (reclamando) por negocio, estamos porque (la producción lechera) es nuestra forma de vida”. A diferencia de Venezuela, país en el que conseguir un kilo de leche en polvo se ha convertido en una proeza titánica, en Uruguay el consumo de lácteos es amplísimo: anualmente se consumen 250 litros por persona.
            Pues bien, atendiendo el llamado y las presiones de Vásquez (y quizá del camarada Mujica), Maduro pagó $50 millones de lo adeudado con las lecheras. No obstante, se desconocen detalles sobre el cumplimiento del restante y, algo sumamente delicado y poco publicitado, es que Venezuela debe cancelar además $75 millones a empresas uruguayas como Fármaco Uruguaya, Laboratorios Lima, pinturas Promac  e Inca, Funsa y Urutransfor con la que se firmó un acuerdo de cooperación en mayo de 2013 en un encuentro en Montevideo encabezado por Maduro, Mujica, Almagro y Elías Jaua, para el suministro de transformadores eléctricos al Metro de Caracas.
            Siempre se creyó que la petrochequera venezolana nunca se agotaría. Ahora, los productores pagan las consecuencias. La “mala leche” del Uruguay es juntarse a un gobierno autocrático, que no respeta los DDHH y que no tiene idea del manejo económico. Si el pueblo venezolano está sufriendo en colas producto de la escasez, las expropiaciones, las mafias y el desmantelamiento del aparato productivo nacional, cosa ampliamente conocida en el Uruguay, ¿por qué Vásquez persiste en hacer negocios con Maduro? Las tajadas son jugosas, claro está. En los acuerdos, por ejemplo, se tasa el kilo de queso en $5,30 cuando en otros mercados más serios y responsables lo pagan en $2. Grandes ganancias y comisiones que ahora no se verán porque la deuda se traga todo y quienes sufren son los de abajo.

Ángel Arellano

lunes, 18 de enero de 2016

Henry Ramos: “Come back!”


         Hace 76 semanas el Dr. Ramón Guillermo Aveledo dejaba su cargo como secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática. El anuncio fue el miércoles 30 de julio de 2014 durante la sesión solemne del Concejo Municipal de El Hatillo con motivo del 231 aniversario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar. Un día muy triste para la Unidad, pues aunque cambiaba su “puesto de lucha”, como él mismo refirió incontables veces, me parece, y quisiera equivocarme pero confío en que no lo estoy haciendo, que no hay otra figura con sus credenciales, experiencia e intelecto, para asumir tan noble empresa.
                Entre las frases más importantes de aquel discurso del Dr. Aveledo, rescato una que tiene gran significación: “En la Unidad nunca hemos preguntado de dónde venimos, porque lo que nos importa es estar de acuerdo en a dónde vamos”. Un comentario superficial si tomamos en cuenta que  representa una verdad a la vista pues no pocos de los dirigentes de la Unidad tienen una carrera política muy diversa en la que han ido de un partido al otro buscando su espacio. Pero, también es un comentario profundo, pues esta verdad, poco reflexionada, es la esencia y fuerza real de la Unidad: todos provienen de distintos caminos pero van hacia la misma meta.
                La noche del martes 29, horas antes del mencionado hecho, el Dr. Aveledo se encontraba en la sede del CEN de AD. Ahí, estuvo reunido un par de horas con Henry Ramos Allup. Tuve la oportunidad de participar en el encuentro por unos 45 minutos, toda vez que en aquel instante, trabajando con el diputado por Anzoátegui Carlos Andrés Michelangeli, dimos una “pasadita a saludar” que terminó en una agradable conversación.
                Fue un gusto escuchar al Dr. Aveledo y a Henry Ramos charlando sobre el parlamento, los retos que se presentaban para la Unidad ante la crisis de la democracia y el caos del gobierno. El diálogo entre los dos hombres más influyentes en la oposición (salvando las distancias, más por las características del momento que por  las condiciones de los perfiles, con López, Capriles, Ledezma y Machado) estaba repleto de paréntesis literarios, referencias históricas y recuerdos de los tiempos de ambos en la Cámara de Diputados. Un demócrata-cristiano y un social-demócrata en pleno acuerdo sobre la forma y el fondo, el cómo y el cuándo se le iba a dar la estocada al régimen en días en los que la gente sólo hablaba de calle, de protesta y de alzamientos: las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015.
                Aproveché aquél encuentro para mostrar a Henry mis notas de “Reflexiones sobre el liberalismo” (Ediciones Nueva Visión, 2007), su interesantísimo libro de 528 páginas en el que hace un extenso recuento, pormenorizado, acucioso, excesivamente detallista, de la doctrina liberal. El Dr. Aveledo, fino escritor con más de 15 obras publicadas, ofreció generosas palabras al respecto. Las agradecí y luego nos retiramos. Sin embargo, había notado en algunos gestos del secretario general de AD, una preocupación oculta. Al día siguiente me enteraría por la prensa el por qué: Aveledo dejaba la secretaría ejecutiva de la MUD.
                Casi dos años después, Henry Ramos es el nuevo presidente de la Asamblea Nacional. El parlamentario profesional, que ha destacado con su oratoria, pero también con su escritura, es quien lleva las riendas de esta nueva lucha entre el bien y el mal. Muchos se han impresionado con el impacto de los últimos discursos de Ramos, al punto que Luís Vicente León, director de la consultora Datanálisis, aseguró que en los días que lleva la Asamblea Nacional dirigida por el adeco, su partido ya se posiciona en la opinión pública como el principal referente de la oposición, lo cual no es más que una grata sorpresa. AD está de vuelta. “Come back!”.

Ángel Arellano

lunes, 28 de diciembre de 2015

2015: el autoexamen venezolano

         2015 ha terminado. Un año de turbulencia. Quedará para la historia el episodio del 6 de diciembre como el levantamiento de la conciencia nacional en contra del gobierno de la opresión.
                2015 ha tenido de todo: crisis, protestas, profundización del hambre, la tristeza y el miedo. La vida sigue sin valer un centavo en la calle. Cualquiera, así esté rodeado de un abundante número de escoltas, puede morir con el tiro siempre certero y letal del hampa.
                ¡Qué año este año!
                En el último suspiro del maratón de incertidumbres en el que se convirtió 2015, primero con el sacudón cambiario, luego las primarias de la oposición, después las primarias del oficialismo para vivir la angustia de esperar la fecha de las parlamentarias, posteriormente la tensión a flor de piel de si se realizarían o no las elecciones, la presión internacional, las medidas económicas impopulares, el galope de la inflación, el avance de la escasez, la llegada a la luna del dólar negro venezolano, entre otros eventos que vive un país que tiene más de manicomio que de país, podemos decir que se ha dado un paso adelante para cambiar. O, en perspectiva, como frasea la propaganda electoral, “ha iniciado el cambio”.
                Naturalmente, la turbulencia se mantendrá hasta que el débil gobierno, hoy con más miedo que nunca, con más ganas de reprimir, de amenazar, de envenenar el ambiente y generar conflicto en cada átomo de la sociedad, salga del poder por medio del camino constitucional. ¿Será difícil? Lo será. ¿Qué no ha sido difícil para una nación que tiene varios años prescindiendo de la hallaca, el pan de jamón, el pernil y los juguetes en navidad en ocasión de los altos precios y el desabastecimiento? ¿Poco difícil es el colapso del sistema de salud pública y de todos los servicios que presta el Estado? No hay un milímetro de la administración pública que no se encuentre en caos. Si algo le ha demostrado el chavismo al mundo es cómo un país, en tan poco tiempo, puede deteriorarse hasta el hueso.
                De tal manera que este año ha puesto a la nación frente al espejo y le ha exigido un autoexamen, una revisión profunda de su situación ayer, su situación hoy y su situación mañana. 2015 hizo que el venezolano se evaluara a sí mismo y se consultara sobre cómo sería su vida en el futuro de seguir las cosas por el camino que van. A este autoexamen, se le añadieron algunos elementos dramáticos como la cifra, aun imprecisa, de compatriotas que han huido al extranjero por mil y un razones todas y cada una de ellas fundamentadas en la hecatombe que vive el país: 1.600.000 venezolanos se encuentran fuera del país, según cifras conservadoras, pues otras, quizá más realistas, hablan de más de dos millones, lo que no sorprende a nadie porque, si algo también nos enseñó 2015, fue a liquidar, de una vez por todas, nuestra capacidad de asombro.
                El calendario tuvo una fecha para desahogar el descontento y la gente se expresó con precisión y contundencia. Quedó reseñado ante Dios, ante la comunidad internacional y ante nosotros mismos, nuestra convicción de que sí se puede salir de este mal momento y que sí queremos un sistema verdaderamente democrático, que promueva y respete la libertad, y que sea garante de la paz.
                Si 2015 fue el peor año de la crisis económica, política y social, también fue el mejor año, por lo menos desde hace tres lustros, para la ciudadanía, porque manifestó su condición cívica y su rechazo a la violencia. Si pudiéramos resumir diciembre en una frase, sería algo así: “por el voto llegaste y por el voto te irás”.

Ángel Arellano

martes, 22 de diciembre de 2015

Ser o no ser “el cambio”


         Como sostiene Stuart Mill en “Consideraciones sobre el gobierno representativo” (1861), las instituciones políticas, los gobiernos y la cultura ciudadana son obra del hombre, quien debe su existencia a la voluntad humana. “Los hombres no las han encontrado formadas de improviso al despertarse una mañana. No se parecen tampoco a los árboles, que, una vez plantados, crecen siempre, mientras los hombres duermen”. Así pues, “como todas las cosas debidas al hombre, pueden estar bien o mal hechas, puede haberse desplegado al crearlas juicio y habilidad, o todo lo contrario”.
                De tal manera que los sistemas que rigen la vida de nuestros países son la consecuencia directa de la acción de sus ciudadanos. Esto puede estar bien o puede estar mal. Los ejemplos son diversos y las realidades están a la vista. Un célebre discurso del premio nobel de la paz y ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias, sostiene una frase que tiene un peso gigantesco para todos los latinoamericanos y, muy especialmente, a todos los que ciudadanos de países que pasan por profundas crisis económicas, políticas y sociales como Venezuela. La frase en cuestión no deja lugar a medias tintas, ni a interpretaciones matizadas: “algo hicimos mal”.
                En el mundo, el poder político se ha convertido en una facultad que pierde vigor. Cada vez es más difícil de ejercer y más fácil de perder. Es éste el argumento de Moisés Naím en “El fin del poder” (Debate, 2013). Tomemos como ejemplo un hecho sumamente reciente: ¿Quién iba a pensar en 2011 que el bipartidismo español iba a terminarse cuatro años después y que el Presidente del Gobierno, luego de la victoria de su partido pero sin lograr la mayoría absoluta en el Parlamento, diría en su primer discurso tras el evento electoral que iba a “intentar formar gobierno”? Ahora, en España, la correlación de fuerzas políticas incorpora otros factores, como el partido izquierdista Podemos (afecto al chavismo), y Ciudadanos, organización de centro derecha.
                El poder ya no es lo que era, y, como consecuencia de esto, “el cambio”, el argumento número uno de cada elemento político que se asoma a la palestra buscando su eventual ascenso, tampoco lo es.
                Si la sociedad no respalda la labor de los poderosos, o por lo menos no mayoritariamente, y decide fragmentar su apoyo en una diversidad de actores, es porque, además de que “algo hicimos mal”, la percepción del cambio es distinta. Ahora, la ciudadanía tiene gran número de herramientas para expresar su opinión sobre el sistema que los rige. La revolución del Internet y las redes sociales no ha pasado en vano.
Hoy en el mundo hay más democracias que antes (69 en 1990 y 118 en 2013), salvo lamentables excepciones como la venezolana que, a pesar de elegir a sus representantes por medio de elecciones, los abusos del Estado, las restricciones a la libertad de expresión y la persecución a la disidencia, no la salvan del condicionamiento como autoritarismo.
                El que algo se haya hecho mal no nos obliga a seguir por ese camino. La rectificación es necesaria. Mill asegura que el mecanismo político no obra por sí mismo: “Así como fue creado por hombres, por hombres debe ser manejado”.
                En Venezuela, hay una oportunidad maravillosa de orientar nuevamente el sistema hacia una senda democrática. El autoritarismo ha visto su poder erosionarse progresivamente. ¿Quién iba a pensar en 2006, luego de que Hugo Chávez fue reelecto con casi el 63% de los votos, que en 2007 los estudiantes universitarios evitarían en las urnas la reforma de la Constitución? Y ¿quién iba a pensar que apenas dos años después de su muerte, la oposición iba a ganar las dos terceras partes de la Asamblea Nacional mientras su “legado” hace aguas?
                “El cambio” es posible y hoy en día pareciera la norma en todo el planeta.

Ángel Arellano