Aquí encuentras mi opinión, lo que pienso sobre Venezuela y el momento que nos ha tocado vivir. Lecturas, crónicas, artículos, relatos y crítica... Bienvenidos.

Mostrando entradas con la etiqueta Ecuador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecuador. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de junio de 2016

La ausencia de ideas


La pérdida de apoyo popular de los gobiernos progresistas en América Latina trae consigo una preocupación implícita: la ausencia de ideas para afrontar los retos que imponen las nuevas dinámicas económicas. La izquierda, golpeada por sus propios errores, ha demostrado carecer de elementos para reordenarse y salir del atolladero. Los ejemplos de Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, y (distante pero también dentro del espectro) Uruguay, evidencian cómo el progresismo que se presentó fértil a principios de siglo, se ha quedado sin agenda, preso de una retórica afilada en tiempos de bonanza pero errante en tiempos de ajustes y recortes.
            Un par de interrogantes nos llaman la atención: ¿Tienen capacidad las izquierdas para renovarse desde las derrotas? Y, al margen de esto, los sectores que desde la oposición han venido avanzando para asumir el control ¿traen algo nuevo? ¿Hay algo inédito en las nuevas derechas latinoamericanas? En resumidas cuentas: ¿inicia la región un periodo con gobiernos más pragmáticos que idealistas?
La ola progresista impuso programas de reformas radicales en lo discursivo, en lo diplomático, en lo económico, sin embargo, su estilo de gobernar no distó mucho de las prácticas de los partidos tradicionales en sus países. En puntos clave como la descentralización se echó marcha atrás, lo mismo en el diálogo político con la oposición y en el fomento de un clima de entendimiento con reglas claras dentro del sistema político. La izquierda, que en casi todos los casos llegó al Ejecutivo con mayorías parlamentarias, aplicó con comodidad su proyecto. Fue el cambio de una élite por otra, con transformaciones en cuanto al reparto de la riqueza, a la redistribución, a la participación, pero con un fuerte componente de autoritarismo como en Venezuela y Argentina, y de pretensiones continuistas como en el resto de los países mencionados.
Pablo Stefanoni propone la siguiente reflexión: “Al final de cuentas, las perspectivas de radicalización de la democracia promueven eso (su radicalización), no la transformación de los procesos de cambio en formas de régimen que ahogan el debate interno, alinean militarmente a los militantes, premian más las lealtades oportunistas que la eficiencia y la honestidad intelectual en un simulacro ‘leninista’ que no solo podría no ser deseable sino que básicamente no es eficaz frente a las ‘nuevas derechas’ que se expanden en la región. Después, solo podremos contentarnos con la consoladora ‘épica de la derrota”.
Por otro lado están las derechas, o lo que la izquierda ha posicionado como las derechas: todo aquello que esté fuera de su órbita. Plantean restaurar el sistema democrático en los términos de las constituciones nacionales, apelando al diálogo interpartidista como condicionante fundamental de la gobernabilidad y la estabilidad.
Siguiendo a Verónica Giordano, la calidad de la democracia de hoy es concebida más por la capacidad del sistema político de demostrar una inclusión efectiva de la ciudadanía en la toma de decisiones, y por los elementos ligados a la igualdad y a la justicia social, que por los postulados tradicionales del término “democracia”. Citamos: “antes la democracia era concebida solo en su dimensión formal (democracia política); hoy es defendida, aunque más discursivamente que en las prácticas políticas, en términos de sus contenidos: democracia social o inclusiva. Para ello, las derechas se sirven de un eficaz instrumento de ayer y de hoy: el consensualismo”. Y ha sido este consensualismo un factor determinante en los sectores que vienen desplazando a la izquierda del poder en la región: el gobierno de Cambiemos en Argentina, la coalición que lidera Michel Temer en la presidencia interina de Brasil, la experiencia de la MUD en Venezuela que ganó la mayoría del Parlamento, todos ejemplos claros de consensos logrados por los sectores alternativos al progresismo. El consenso como práctica y programa, como forma y fondo. “Un eficaz instrumento de ayer y hoy”. Nada nuevo.

Ángel Arellano

martes, 31 de mayo de 2016

El ocaso del progresismo latinoamericano



Los medios de comunicación y los foros de reflexión política comienzan a dar abundante espacio a un tema que esperábamos desde hace algunos años: ¿el fin de la ola de gobiernos de izquierda en América Latina? Digo “esperábamos” porque mientras los gobiernos progresistas post-neoliberales lograban el mayor consenso en la región para imponer su retórica, favorecidos por el repunte espectacular de las materias primas en la década 2000-2010, liquidaban de la escena pública a quienes tuvieran una postura crítica, muchas veces reprimiendo manifestaciones, cerrando medios de comunicación social y hasta encarcelando a dirigentes políticos.
Paradójicamente, el discurso reformista se consolidó en voceros sordos a la disidencia. Quienes fueron contundentes críticos del neoliberalismo de los noventa, intentaron liquidar a sus propios críticos cuando les llegó el turno de gobernar. Los abusos de estas administraciones bajo el manto de las “realizaciones sociales” y la disminución de la pobreza, nutrieron un nuevo establishment que destaca entre los más corruptos registrados en el Continente.
            Ahora bien, tiene espacio la siguiente interrogante: ¿gobiernos “izquierdistas” o gobiernos “progresistas”? ¿Han sido el chavismo, el kirchnerismo, el lulismo y los otros movimientos en Nicaragua, Ecuador, Bolivia, etc. realmente gobiernos izquierdistas? ¿O se abrazaron de una propaganda que los mostraba como la “nueva izquierda” latinoamericana para aprovechar el beneficio semántico que esto suponía en una región del mundo en la que la “derecha” sigue estado mal vista? ¿Continuidad o ruptura del neoliberalismo de los noventa?
A diferencia del Frente Amplio uruguayo (1971) y la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile (1988), coaliciones de centro, centro-izquierda e izquierda radical que llegaron al gobierno con programas fundamentados en los postulados históricos de la izquierda mundial (igualdad, inclusión, estado de bienestar, laicidad, pacifismo), ni el chavismo militarista, ni el elitesco kirchnerismo, ni el lulismo pragmático (que pactó hasta con la derecha para lograr su permanencia en el poder), son precisamente referentes auténticos de la izquierda. Aun cuando todos estos pseudo izquierdistas hayan hecho lo imposible para congraciarse con Fidel Castro, o aplaudido la creación del ALBA como respuesta al ALCA, no dejan de ser experimentos “progresistas” con un alto contenido autoritario.
El pensamiento pragmático occidental, al que por cierto se ha plegado China en los últimos años posicionándose como la potencia mundial con mayor crecimiento e influencia en el mercado, ha tenido como soporte ciertas bases que resumimos en las famosas “seis aplicaciones asesinas para prosperar” del historiador británico Niall Ferguson: La competencia, la revolución científica, el derecho de propiedad, la sociedad de consumo, la medicina moderna y la ética de trabajo. Mientras los países del mundo buscan un espacio en el mercado global para mejorar (de esa manera liberal) la calidad de vida de sus ciudadanos, la izquierda iliberal persigue, con su discurso romántico, temerario y altisonante, un fin totalmente distinto: la entronización en el poder beneficiando a la nueva élite política y empresarial.
            ¿No han sido Alemania y Corea ejemplos suficientes del desempeño de territorios iguales, con la misma gente, la misma geografía, la misma historia, pero distintas ideas (capitalismo vs comunismo), instituciones (abiertas vs cerradas) y formas de gobierno (democracia vs dictadura)? ¿Acaso fue el marxismo y la savia socialista el triunfante de ese experimento? ¿O mejor es darle espacio a aquella filosofía de la derrota que reza en una frase de Galeano en su introducción a “Las venas abiertas de América Latina” de la cual terminó disintiendo antes de morir? (“ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”).
            Continuará…

Ángel Arellano

lunes, 21 de marzo de 2016

El suicidio de la izquierda

Aire Force One en su llegada a La Habana. 20/03/2016 Foto: Reuters

          A 15 años del predominio de los gobiernos progresistas en el sur de América, las conclusiones parecen evidentes. La izquierda aprovechó el momento de mayor bonanza que tuvo la región para marcar el terreno y mostrar sus resultados: líderes con ansia reeleccionista, actuaciones autoritarias, abundantes escándalos de corrupción, cercenamiento de la libertad de prensa y cierre de medios de comunicación, situaciones económicas complicadas cuando no caóticas como el caso de Venezuela, y un discurso deteriorado, empobrecido y sin expectativa de reorientarse en lo inmediato. Como marco a estos elementos cabe introducir una característica esencial de esta izquierda gobernante entre los años 2000 y 2015: la solidaridad automática dentro de sus filas y también con los gobiernos que estén en sintonía con sus postulados doctrinarios (o coqueteen con ellos). Solidaridad entre dirigentes, aun cuando estos estén acusados por la justicia o cuestionados de violaciones de derechos humanos entre otros principios refrendados ante organismos internacionales.
La izquierda ha trapeado tantas veces el piso con el estandarte de la ética y la moral progresista que esgrimieron con fuerza durante las últimas cuatro décadas del siglo anterior, que hoy esas banderas son solo tela sucia y remojada en el trasnocho de lecturas oxidadas que inspiran discursos febriles en el intento de tapar o maquillar alguno de los elementos anteriormente señalados.
“Si es de izquierda, no es corrupto. Y si es corrupto, no es de izquierda”, ha sido la frase-fuerza de Raúl Sendic, vicepresidente del Uruguay y miembro del Frente Amplio, la coalición progresista que gobierna el país desde 2005, para escudarse ante los señalamientos documentados de mal manejo de la única empresa petrolera sudamericana que acompañó a Petróleos de Venezuela en el reporte de déficit mientras el barril de crudo superaba los 100$.
¿Si es de izquierda no es corrupto? Esta interrogante quedó rezagada para la poesía progresista de antaño que vislumbraba un mundo mejor para cuando sus irreverentes líderes llegaran al poder derrochando bienestar, prosperidad y felicidad en todas las comunidades. Esa misma poesía, y los miles de libros escritos con la tinta del romanticismo guerrillero, quedaría pálida al mirar los carteles que recibieron en el casco histórico de La Habana al presidente de EEUU en su visita a Cuba: “Welcome Mr. Obama”.
Para ser corrupto no hay que estar afiliado a una corriente ideológica. Izquierdistas y derechistas han sido señalados por hechos de corrupción gravísimos que arrastraron a sus países a bárbaras crisis económicas.
            Para vergüenza de quienes hicieron del ideal progresista un punto de referencia inmaculado, la izquierda, a 15 años de su influencia casi total en los gobiernos de la región, deja una triste postal: los malos manejos económicos, corrupción y nepotismo en Argentina; la pretensión felizmente paralizada de reelección indefinida en Bolivia; la lucha contra los medios de comunicación en Ecuador; la aguda corrupción en Brasil que vincula a su ex presidente progresista y a su sucesora; el aviso hecho por el actual gobierno de Uruguay de excluir a toda la oposición de las instituciones y dependencias del Estado; y el desmantelamiento de la democracia con una crisis humanitaria sin precedentes y un profundo abismo económico en Venezuela.
         ¿Qué mensaje envían los dirigentes de la izquierda latinoamericana a las nuevas generaciones? ¿Qué enseñanza dejan los 15 años de gobiernos progresistas en la región? Pareciera que luego de controlar el poder en lo que va de siglo XXI se confirma la regla puesta en marcha en Europa, Asia y Estados Unidos: es momento del pragmatismo, atrás quedó la definición ideológica. El futuro impone retos que no saben de banderas ni colores.

Ángel Arellano