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martes, 15 de diciembre de 2015

Terremoto político: la nueva asamblea

 
         Los resultados de las elecciones parlamentarias en Venezuela fueron un terremoto político para el gobierno de Nicolás Maduro. Dificulto que las fuerzas oficialistas no conocieran con anterioridad el escenario que tenían a la vuelta de la esquina. Más bien, por saber lo que venía, arreciaron con abusos el día de los comicios y persistieron en un lenguaje hostil intentado hacerse visibles ante una sociedad que ya no los mira como antes, asqueada de la profunda crisis y del colérico verbo oficial.
            24 horas después de las adjudicaciones (112 curules para la Unidad contra 55 del Gran Polo Patriótico) los espacios de opinión del chavismo se desbordaron en reflexiones, mea culpas, actos de constricción y cánticos a las tres erres de Alfredo Maneiro: revisión, rectificación y reimpulso. Un sector del oficialismo, crítico y revisionista, salió a la palestra a manifestar, como hijos de Chávez y herederos reclamantes de un patrimonio político intangible, su gran descontento con la nomenclatura del PSUV.
La escena fue la siguiente: opinadores y ex jerarcas de la burocracia roja desde su esfera inmaculada fustigaron a la élite del Partido, a la nómina alta del gobierno y a las “medidas” que Maduro ha impulsado para palear una crisis que no tiene comparación en nuestra historia. Señalaron las equivocaciones del gobierno como culpables de la derrota mientras que Miraflores a su vez culpaba a la “Guerra económica”, a la derecha y a miles de factores que pululan en el mismo aire por el que vuela el pajarito que algún día picó en la cabeza del Presidente, según él mismo relató.
Pues bien, ante este terreno de subjetividades y ficción en el que se desenvuelve el chavismo, embadurnado con esa cosa que aun nadie entiende que es su marco ideológico, la oposición fija un camino a seguir con un plan legislativo que pretende dar orden constitucional a la vida venezolana y acabar con la discreción del Ejecutivo, al tiempo que advierten las dificultades que deberán sortear una vez asuman el control del Legislativo el próximo 5 de enero, como por ejemplo la alfombra de arbitrariedades y descalabros que deja la mayoría simple del PSUV.
¿Qué puede hacer la nueva Asamblea con las dos terceras partes de diputados opositores? Comencemos diciendo que, salvo la Constituyente de 1946-47 (137 AD, 19 Copei, 2 URD y 2 PC), nunca un solo sector ha obtenido, democráticamente, tal cantidad de curules. La conformación actual de la fracción Unidad, con 112 diputados, tiene facultades constitucionales para lo siguiente: activación de referendos aprobatorios de proyectos de Ley o tratados internacionales, calificación de una Ley como orgánica, aprobación de la separación del cargo a un diputado, designar el Poder Ciudadano (Defensor del Pueblo, Contralor General y Fiscal General), aprobación de una reforma constitucional, convocatoria de una Asamblea Constituyente y nombramiento y remoción de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.
Sin duda que todas estas decisiones, en manos de la oposición, desmontan el Estado chavista, y por eso, vemos el nombramiento apurado de nuevos magistrados al TSJ, reformas de leyes, decretos presidenciales, medidas trasnochadas, etc. Es un preámbulo de la guerra de poderes entre el Ejecutivo, y eventualmente el Judicial y el Ciudadano, versus el Legislativo. Empero, tal como siguen las cosas en la calle, con un incremento sostenido de la catástrofe económica que vive Venezuela, seguiremos viendo cómo se escribe el epitafio del chavismo.

Ángel Arellano

martes, 4 de agosto de 2015

¿Qué sucedió en San Félix?

 
         Una explosión social a menor escala censurada por los medios de comunicación de largo alcance exceptuando las hasta ahora “libres” redes sociales (a pesar de que sean otro espacio para la persecución).
         La ola de saqueos se desarrolló en varios puntos del país, todos con la coincidencia del desabastecimiento. Guayana fue el foco más importante, el que captó toda la atención. El saqueo es una respuesta a la escasez, y, aunque es un método violento que por su naturaleza anárquica, destructora de la propiedad, se distancia de los mecanismos cívicos y democráticos para exigir respuestas a la crisis nacional, es una realidad que está allí, latente, muy presente en cualquier región esperando para hacer erupción.
         En Guayana, el gobernador oficialista se encontraba concentrado en la “Expobolívar” para el momento de los hechos. Un evento que reúne, según informó a la prensa, más de 300 expositores entre “inversionistas, productores, industriales y nuevos emprendedores”. Esta es la ficción, la fábula narrada por el gobierno en la que el estado Bolívar es un referente, un “polo en franco desarrollo” como lo bautizaron los ingenieros de Harvard y el Massachussetts Institute of Technology cuando participaron en el diseño de la ciudad de Puerto Ordaz hace más de cincuenta años atrás sin saber que hoy sería ejemplo de caos urbanístico y desorden existencial. En la vida real, la hemeroteca más simple recoge miles de reportes, boletines oficiales, investigaciones y testimonios extraoficiales que soportan la verdad verdadera: las empresas básicas de Guayana, emblema de la región, tienen años en quiebra manteniendo sus gruesas nóminas con asignaciones especiales del Gobierno Nacional sin generar ningún aporte al país más allá de un modelo expropiación absurda de lo que antes era productivo y rentable, para convertirlo en una rémora que desangra al Estado. De tal manera que una “Expobolívar” sólo tendría lógica si exhibe las ruinas de la Corporación Venezolana de Guayana, las mafias del oro y la contaminación de su extenso reservorio natural, comenzando por “El soberbio Orinoco” de Verne.
         En este marco han ocurrido en Bolívar una serie de saqueos que cobraron la vida de un ciudadano y dejaron más de tres decenas de heridos, de acuerdo con los números oficiales. Igualmente, el balance arroja pérdidas materiales incuantificables y una sociedad en shock.
         El espectáculo se apoderó de inmediato de la noticia. La imagen del charco de sangre en que dio su último respiro el fallecido copó las redes sociales. En segundos la expresión en todos los círculos sociales que conversaban sobre estos hechos, era la siguiente: “¿Viste? ¡Aquí va a venir un peo!”.
         Tras los hechos de San Félix llegaron informaciones de otros altercados de menor nivel pero que preocupan igual que el primero. ¿Por qué? Se ha subestimado la reacción que puede tener la población general ante una situación de crisis que asfixia a la familia venezolana y atenta contra su necesidad más inmediata: el hambre.
         Mientras el show continúa en cadena nacional y los canales de televisión públicos y privados no sólo obvian la tensión sino que suprimen la noticia de lo acontecido en Bolívar; mientras el debate de la élite política de ambos sectores está concentrada en el evento electoral, el oficial dedicado al abuso y el opositor colocándole velas a “san acuerdo”; mientras el dólar sube y los economistas hablan en su complejísima jerga sin que la mayoría comprenda; mientras la cultura, la reflexión y la educación son elementos que no están en la agenda del pobre porque su prioridad es comer; abajo, en la sociedad llana, en la tierra y el asfalto, donde todos somos iguales, el descontento sigue en vertiginoso ascenso, nuestra indiscutible bomba de tiempo.
         No se puede obviar el hambre de la gente. Rememorando unas palabras antisistema de Rafael Caldera a manera de ilustración y no de invocar los hechos que la inspiraron, podemos decir que “es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer”. Y el problema es ese, la democracia, el respeto a un sistema que funciona y funcionó en este país, pero que 16 años de condena lo han mostrado, con el agregado de que buena parte de la sociedad convalida esta aseveración, como un hecho borroso, impreciso, de difícil recuerdo.
         Si algo nos va a costar luego de esta crisis y de reinstitucionalizar el Estado, es acostumbrarnos a producir, volver a ver los anaqueles llenos, volver a ahorrar, volver a invertir legalmente, neutralizar el bachaqueo y mantener a raya al abuso, la palanca y la rosca.
         ¿Queremos un estallido social? ¿Queremos una vaguada de saqueos en todo el territorio? ¿Queremos que la democracia termine siendo un objeto inalcanzable en vez de un fin en sí mismo? Recojo una reflexión que encaja en este momento, proviene de un ensayo del filósofo español Julián Marías, citado por el doctor Ramón Guillermo Aveledo en su discurso ante el “Diálogo con justicia por la Paz” del año pasado: “Los políticos, los partidos, los votantes, ¿querían la guerra civil? Creo que nadie la quiso entonces, pero ¿cómo fue posible? Lo malo es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil, quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al otro con el mal. c) No tenerlo en cuenta ni quiera como pedido real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo del medio políticamente, físicamente si es necesario. Se dirá que esto es una locura, lo era, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica”.
         No porque algo esté quieto significa que deja de representar un peligro latente. A veces el ruido ensordecedor viene precedido de un silencio sepulcral en el que nada más se perciben algunas voces, ondas lejanas que claman por el orden y la cordura. Un fragmento que no he dejado de referir últimamente es el siguiente, extraído del libro “Ideología, alienación e identidad nacional” de la socióloga Maritza Montero: “Lo que ha sido reprimido, suprimido y negado continúa ocupando un lugar y no ha dejado de existir por el hecho de que haya sido ocultado e ignorado”.
         Hay un volcán esperando que el engranaje del reloj marque su tiempo. Nadie quiere que explote pero nadie hace algo para evitarlo. Por un lado, el régimen protagoniza una épica de agitación, confrontación, propaganda y uso de todos los poderes en contra de su adversario. Por el otro, la disidencia resiste los embates con una debilidad estratégica central: carecen de un plan común, pactado y acordado que trascienda la coyuntura electoral ante una eventual sustitución del gobierno vigente, bien por una victoria tajante sobre el chavismo en la Asamblea Nacional, bien en un escenario de transición, bien en unas elecciones generales anticipadas, bien en un referendo a Nicolás Maduro, etc. Los actores pueden prevenir la erupción. El oficialismo querrá, como de costumbre, profundizar en el clientelismo, las dádivas y el engaño. La oposición puede orientar el descontento hacia una fulminante derrota del gobierno, un pase de factura que agrupe a radicales, indecisos y “chavismo light” llamando a castigar la crisis a través del voto, el principal activo de la democracia.


Ángel Arellano

lunes, 19 de enero de 2015

La cola, experiencia nacional

Los venezolanos hacemos colas diariamente para adquirir cualquier producto
 En medio de un bululú desesperante de personas molestas por el sol, la lluvia, el calor y el hambre, pude entrar al Abasto Bicentenario que está justo al lado del Centro Comercial Regina de Puerto La Cruz. Mi intención en la cola era sacar algunas fotografías, sin embargo, por un movimiento inesperado del contingente de la Guardia Nacional que organizaba la cola, quedé entre los primeros de un grupo de 300 personas que amontonadas en una improvisada baranda de carritos de mercado, esperaban ingresar a comprar “lo que quedara”, o lo que dejaron quienes amanecieron en el sitio.
Observé cosas deprimentes, pero más que eso, alarmantes. Funcionarios de la GNB gritando a la concurrencia para mantener un intento de orden; filas, muchas, de todos los tamaños y con cualquier cantidad de asistentes; niños, bebés, embarazadas, padres, madres, todos corriendo hacia las neveras que tenían carne brasileña a precio regulado; perniles uruguayos y del Brasil, todos los que no vendieron en diciembre; caraotas nicaragüenses, sardinas portuguesas, atunes ecuatorianos, nuevas marcas de aceite de alguna fábrica emergente y beneficiada por las divisas del gobierno, y arroz “El Alba”. Los elementos importados del menú son una de las características de la crisis.
En la fila para cancelar, una señora me pregunta: “Mijo, ¿y desde qué hora estás aquí?”. “Desde hace un rato señora. Con la sampablera quedé en el primer lote de los que entraron. Ando tomando fotos”, le dije. “¡Qué suerte tienes tú, muchacho! Yo estoy desde las 3:00pm. Me calé el palo de agua y ‘la’ calor que hace aquí. Hace rato la Guardia golpeó a un muchacho que se quería colear. Te salvaste. Hay gente que durmió aquí para comprar barato”. “Sí, me salvé. Pero vea cómo está esto. No hay nada. Lo poco que llegó vea cómo se lo llevan. Uno entra aquí asustado”, respondí antes de irme. “Asustados estamos todos, muchacho”, sentenció en la despedida. Eran las 7:16pm.
No había productos para completar un mercado. Apenas seis o siete cosas, de las muchas esenciales, estaban en los anaqueles. Una sola presentación por cada alimento. La variedad de marcas, modelos y tipos, es cosa del recuerdo. La dieta del venezolano se ajustó al azar, distinto del millonario gasto en dólares que el Estado paga en hoteles, chefs, aviones y viáticos para la comitiva presidencial que viaja por el planeta buscan financiamiento, hipotecando varias generaciones de un solo plumazo.
Por los pasillos y alrededores del Abasto Bicentenario, “patriotas cooperantes”, funcionarios del Sebin y demás soplones, vigilaban quién compraba y cómo lo hacía. Requisaban las bolsas en la salida y no quitaban el ojo a los que parecieran tomar fotografías con su celular. De ser así, realizaban una breve detención y solicitaban borrar cada imagen o video. Pretenden, en una actividad más cursi que desafiante, ocultar el desastre de Venezuela amedrentando a unas personas que por necesidad pasan por mil y un penurias para comprar “lo que haiga”.
El país se convirtió en una cola. La escasez es el complemento de nuestro alimento. Cada respiro se acompasa con una noticia negativa que evidencia nuevamente el fracaso de un proyecto que ni siquiera con la sorprendente fortuna que percibimos los últimos tres lustros, pudo arrimar un punto positivo a eso que los socialistas llaman “felicidad social”. El 82% de los venezolanos, que hoy rechaza y condena el caos que ocasionó el gobierno, sabe que la cúpula corrupta que conduce la nación, es el centro de la crisis.

Ángel Arellano