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lunes, 16 de noviembre de 2015

Cachivaches en la Venezuela de hoy

 
En Pueblo Viejo, un caserío perteneciente al Municipio Píritu ubicado a la orilla de la Troncal 9 o Carretera de la Costa, una docena de viviendas entregadas por el Gobierno Nacional fueron tatuadas con los ojos de Chávez. Se les colocó la propaganda antes que el agua por tuberías y otros servicios públicos fundamentales. El lugar es un lunar en medio de la carretera, un urbanismo extraño con casas distintas a las que se encuentran en la zona.
                Los planificadores de la obra no dispusieron en su proyecto ningún tipo de arborización. Esto no sorprende, el “ecosocialismo”, término cursi acuñado por la Revolución, se ha caracterizado más por su guerra contra las áreas verdes que por su aporte al medio ambiente. Similar situación se vive en el norte de Anzoátegui, entre Barcelona y Puerto La Cruz. Han construido un canal de “Bus de Transporte Rápido” que ralentizó, paradójicamente, el tránsito mientras destruía cuanto atisbo de verde encontraba a su paso. Lo mismo sucedió años atrás en Guanta, con la eliminación de gigantescos árboles para que el alcalde exhibiera un mural alusivo al oficialismo. Etc., etc., etc. Nunca la flora venezolana sufrió tanto el delirio destructivo de una tóxica gestión de gobierno.
En la entrada de aquel desierto en Píritu, colocan eventualmente un tarantín atendido por una mujer que agita una lámina de cartón para darse brisa. Un toldo, cuya lona está carcomida por la angustia y la pobreza que ahí lo instaló, intenta protegerla del inclemente sol oriental. La acompañan dos cabuyas amarradas a un par de postes de madera que en algún momento fueron la línea perimetral del terreno vecino. Las cuerdas, estaban rebosadas de pantalones viejos, franelas de tela desgastada y una docena de ganchos que exhibían vestidos femeninos, usados en mil y un aventuras. Era una venta de ropa de segunda mano, o de tercera, como tantas que abundan en las barriadas venezolanas.
Con la carencia de posibilidades en la frente y el alto costo de la vida como signo del momento, los vecinos de aquel sector improvisado, a la sombra de la mirada de Chávez, se dejaban caer uno a uno en el kiosko de la señora. Todos revisaban la pila de pantalones, el arrume de zapatos o las bolsas que contenían algunas franelillas para salvar la temporada. Los precios eran regateados porque no había otra opción, o se pedía descuento o no se compraba, pues hasta lo usado tiene un elevado costo en la Venezuela de estos días.
Como la premisa es comer, matar el hambre, engañarlo, o hacernos creer que lo estamos engañando, cualquier cachivache sirve para cubrir el cuerpo. La moda, el confort, los hilos costosos, la marca, la variedad y la abundancia, son cosas exclusivas de los nuevos grandes cacaos bolivarianísimos, que hablan de socialismo con la boca llena, portando lujosos trajes, con fortunas en la moneda imperial, hijos en distinguidos colegios internacionales y familiares causando estragos en otras tierras (ya no es secreto que la hija mayor de Chávez es una dama “aburguesada” ni que la familia del matrimonio Maduro-Flores se baña en todos los chorritos, hasta en el del narcotráfico).
Hemos vivido bonanzas impresionantes, ciclos de gastos a manos llenas, endeudamiento e inversiones colosales, sin embargo, el hambre siempre ha estado presente, como dijo Betancourt, “la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre a la venezolana”.
La miseria no le es ajena a los venezolanos. Aunque el apasionado discurso político de los últimos tres lustros estuvo copado de frases absurdas como “ser rico es malo” y “ser pobre es bueno”, nuestra sociedad, desde hace 100 años, no ha dejado de ser una nación atascada en un modelo rentista que empobreció (y empobrece) a la gran mayoría de ciudadanos. Condenándolos, por decir lo menos, a vivir esta temporada de malas noticias que ensangrientan las calles y aniquilan la esperanza. No obstante, siempre hay una salida: votar.

Ángel Arellano

lunes, 19 de octubre de 2015

Cuando nos hicimos magos (II)

 
El relato de aquella mujer resultaba la encarnación de todos los titulares de la prensa: crisis, escasez, caos, sufrimiento. Como si las noticias se hubiesen consumido en un solo parlamento.
-Espéreme un segundo aquí, por favor –notifiqué para desplazarme hacia el mostrador y pedir dos botellas de agua. Había visto que un hombre salía del establecimiento con un par de cajas de agua mineral, cosa sumamente extraviada de las neveras de los comercios.
Pagué ambas botellas con 30 bolívares. Cuando se la acerqué a la mujer, noté en su mano izquierda la áspera textura de quien las usa para trabajos arduos. La escoba, la esponja, el cepillo, la ropa, los niños, el martillo, el alambre, el destornillador, el machete y todos los implementos que pasan a diario por esas manos, develando más sacrificio y esfuerzo que detalles de manicura y cuidados delicados.
Aproveché para repetir algo que por lo general había escuchado en muchos lugares.
-¿Cómo no vamos a estar viviendo las miserias de esta crisis si con lo que vale un dólar yo compro por lo menos 46 botellas de agua como esta? Las dos me costaron 30 bolívares y el dólar está en más de 700 bolívares. Me pregunto si solo la etiqueta puede tener ese valor. Este desbarajuste nos tiene a todos así como anda usted, con una mano en el sustento y con otra cargando la vida.
-Gracias por el agua, chamo. Allá arriba en el hospital no hay nada. En toda la noche tomé un jugo que me dio una señora que estaba conmigo, durmiendo sentada en un pasillo, porque no hay sillas, no hay algodón, no hay jeringas...
Su voz era el canal por el que se expresaba la tristeza y la indignación. Un segundo bastó para que el quebranto inundara los ojos de aquella mujer y rompiera a llorar.
Supe que se llamaba Luisa porque un motorizado que la reconoció gritó el nombre antes de levantar la mano para saludarla. Contó dos o tres detalles de su pernocta entre zancudos, calor y rezos de los parientes que esperaban la mejoría de sus familiares en el hospital. Fueron 10 ó 15 minutos de conversación y a mí me parecía que conocí toda su vida. Lo que salía de su boca era una imagen de lo que se veía en todas partes. Nunca fue tan difícil vivir en un país en el que todo había parecido ser siempre fácil.
Persistí en mejorar la radiografía que ya tenía sobre ella y lancé otra interrogante.
-¿Y tus niños estudian?
-Bueno, los dos grandecitos sí. El otro está muy pequeño todavía. El mayor tiene ocho años y vive con mi mamá en Guanta, allá está yendo a la escuela. Ella me ayuda porque no podemos tenerlos a todos en la casa.
La calculadora que montaba guardia en mi cabeza comenzó a hacer estimaciones de la edad de la mujer con respecto a la edad del hijo mayor. –Si efectivamente tenía 25 años, como yo creía, dio a luz por primera vez a los 17 años –pensé, una edad por lo demás precoz, común denominador en la mujer venezolana que reproduce a nuestra raza.
No había tiempo para digresiones. Ella continuaba su cuento.
-Nada más con los útiles uno se vuelve como loca –prosiguió. –La escuela pide y pide pero ¿cómo se hace si no alcanza? Aquí los únicos que tienen dinero son los que están metidos en mafias o los que andan por ahí revendiendo carísimo. En el barrio los que tienen bastante dinero son los malandritos que después que el gobierno les dio de todo, porque por allá incluso fue una vez un concejal con una gente de la alcaldía y hasta motos rifaban en unas bebederas de cerveza y anís que montaban, ahora no hayan qué hacer con ellos porque andan robando a todo el mundo pistola en mano.

Ángel Arellano

lunes, 10 de agosto de 2015

El pueblito y su pobreza

 

La angustia se apoderó del pueblo al saber que el kilo de verdura alcanzó los 100 bolívares. Iniciando el año, en enero, los cartones que anunciaban los precios en los tarantines de la avenida principal, al igual que en los pequeños locales del Mercado Municipal, resaltaban "Verdura a 25 el kilo". Ahora, apenas siete meses más tarde, el monto se multiplicó por cuatro.
En las casas del barrio las sopas se hacen con el mismo hueso. Quedaron para el recuerdo los cruzados de res con pollo y los suculentos sancochos de pescado. El kilo de lagarto llegó a los 600 bolívares y el de pollo a 500. Del solomo se olvidaron porque con un kilo en 1200 bolívares ya nadie quiere saber de bistec. Si antes era costoso hacer un parrillita, ahora lo es veinte veces más. Un lujo. La proteína desapareció del plato en que come el pobre.
Aun cuando el pueblo está rodeado de fincas, hatos y tierras productivas, cercanas al río y con un clima que permite la siembra durante todo el año, no hay vacas, ni gallinas, ni cosechas. Los pocos peces que sacan las atarrayas son algunas guabinas, buscos, bagres y loras captadas en la laguna.
Los chanceros que esperan turno en el muro del cementerio para que algún patrón eventual los invite a limpiar un patio, levantar un muro, "echar" un piso o acomodar la línea de alguna parcela, recogen las piedras del asfaltado que no ha llegado a la avenida principal. A los ingenieros de la Alcaldía se les ocurrió romper toda la vía y ahora la polvareda es tremenda. Las máquinas para tal labor se encuentran cumpliendo otras funciones en nombre del "socialismo", la "patria" y vaya usted a saber qué otro eslogan.
En el pueblo no hay trabajo. Los muchachos, cuando no andan matando el tiempo vendiendo lotería o taxiando en una moto, alzan vuelo hacia la ciudad. Pero allá tampoco encuentra nada. Los recibe la crisis con los brazos abiertos. Tanto estudiar, tanto sacrificio, tanto desvelo, para terminar buscando un sitio en el bachaqueo, el único oficio rentable que no exige currículo ni conocimiento.
El viejo que llevaba en la espalda su machete envuelto en papel periódico luego de una faena cortando el monte en el fondo de una casa colonial, exclamó un punto de encuentro: "¡a lo que hemos llegado!". Quien lo acompañaba, el aparente ayudante, respondió: "¡y lo que falta!".
En el pueblo las colas para tomar el autobús son enormes. El número de habitantes se multiplicó en menos de tres lustros, pero la cantidad de unidades de transporte decreció. En la avenida esperan una, dos, tres, cuatro horas. La Alcaldía, tras demoler la vieja parada, pequeña y agrietada, prometió un terminal “de primer mundo”, avalando inconscientemente el abismo que existe entre el pueblo y la civilización moderna. Pero el nuevo alcalde ya va para dos años en la silla y no ha puesto ni un tabelón en el sitio. Una mata de mango con escasa sombra recibe y despide a propios y visitantes.
Al pueblo llega a cuentagotas el arroz, la pasta, el jabón, el aceite, los bombillos, los remedios, los repuestos. Estar rodeado de tierra fértil no sirve de nada porque el gobierno nos dijo que lo importante era la integración con nuestros hermanos latinoamericanos. Por eso comemos caraotas de Nicaragua, pollos de Brasil, atún de Ecuador y carne de Argentina. Nada es hecho en casa.
El campo muere de mengua y el pueblo llora por un vaso de leche. El tractor se quedó sin cauchos, al camión se le dañó el motor y la cosechadora espera por una batería nueva. Volvimos a los tiempos del burro, el conuco, el fogón y la leña, justo cuando nos decían que la Revolución iba pa' lante.

Ángel Arellano

martes, 28 de julio de 2015

Las vacaciones de Manuel

 
-¿Cómo te llamas?- le dije al muchacho que colocaba los alimentos en bolsas plásticas luego de rodar por la bandeja del cajero en el pequeño abasto en el que encontré (¡por fin!) el botellón de agua que buscaba.
-Manuel. Gracias por su compra y no deje de visitarnos, señor- respondió alegre. Era su coletilla de cierre. La usa para todos los clientes que tras aceptarle las bolsas con las compras, le dejan propina.
-Gracias chamo, no soy señor. Supongo que aún no. Soy otro chamo, solo que un poquito más grande que tú. ¿Qué estudias?
-Sexto grado… bueno, ya estoy en primer año.
-¿En dónde?
-En el (Liceo) Calatrava de Lechería.
-Ya. Qué bueno. Rayaste las franelas blancas porque pasaste a ser camisa azul, me imagino.
-No señor. Las dejé para que mis hermanos estudien.
-¿Cuántos son en tu casa?
-Cinco. Mi mamá, mi papá, mis dos hermanos y yo. Les daré las franelas a ellos porque todavía estudian en la escuela y no tenemos para comprar más.

Por curiosidad, quise indagar más.
-¿Y estudias mucho? ¿Por qué estás aquí trabajando?, pregunté.
-Estudio en las mañanas y trabajo en las tardes. Ahorita aprovecho para trabajar todo el día porque ando de vacaciones. Estoy reuniendo para comprar el uniforme. Mañana voy a Puerto La Cruz con mi papá a buscarlo.
-¿Cuántos años tienes Manuel?
-Doce, señor. Soy el mayor en mi casa. Después de mi papá, obviamente.
-¿Y cuánto debes reunir para comprar lo que necesitas?
-Bueno, bastante señor. La semana pasada fuimos a ver unos zapatos más o menos. Estaban en 1800 Bs. Hoy me dijeron que subieron y están en 2000 Bs. Mañana voy a ver si puedo comprarlos.
-¿Y qué más te hace falta?
-Bueno, de todo. Usted sabe: cuadernos, franelas, lápices, reglas, compás… El morral se me rompió el lapso pasado. Lo usaba desde primer grado. Demasiada pela le di. Ahora llevo los cuadernos en la mano porque no tenemos para uno nuevo.
-¿Y con lo que ganas aquí puedes reunir lo suficiente?
-No, claro que no. Bueno, no creo. Yo aquí me siento en este banquito de acá, ayudo a revisar los botellones de agua a ver si no están rotos, embolso las cosas y la gente me ayuda con algo. El turco me da permiso de estar aquí sentado y como soy un niño nadie se mete conmigo.
-Manuel, pero no eres un niño. Eres un hombre, con responsabilidades de hombre y estás asumiendo un compromiso con tu familia y con tu futuro al ser tan disciplinado. Trabajar es algo importante.
-No sé, señor. Lo que uno se gana aquí sí es verdad que no alcanza para nada. Ya el año escolar va a comenzar otra vez y yo necesito comprar mis cosas para seguir estudiando. Estas son mis vacaciones.
-¿Qué otra cosa te gustaría hacer?
-Jugar claro y pasear. Yo antes jugaba pelota pero me sacaron. Uno no puede hacer más nada señor. Todos los días sube todo. Me lo dice mi mamá. Si yo compré un Doritos hoy en 80 Bs. y la semana pasada lo compraba en 50 Bs. En estos días se enfermó mi hermanito que tiene siete años y mi papá me dijo que no había remedio para la fiebre. Entonces uno tiene que trabajar. Toque el bolso, vea, tóquelo- me indicó, llevando mi mano al pequeño morral que tenía terciado en el pecho. Estaba lleno de monedas de un bolívar, billetes de baja denominación y uno que otro caramelo de menta, de esos que utilizan los cajeros para redondear el vuelto de una cuenta.

Esto sucedió hoy. El reloj marcaba las siete de la noche en Lechería. Buscaba algún comercio que vendiera botellones de agua pues ahora están algo escasos. Sería extraño que no fuera así.
El diálogo duró unos minutos. En ese corto tiempo escuché las palabras de este muchacho que apenas cuenta 12 años y trabaja para colaborar con su humilde familia, de precarios ingresos y mucha necesidad. Así miles en toda Venezuela. Así millones en el mundo. Paradójico que el socialismo prometiera un apoyo cuantioso al estudio de los niños y jóvenes del país al tiempo que destruía cualquier posibilidad de desarrollo en los planes de asistencia al estudiante.
Escuchando a Manuel recordé los pantalones y las camisas de la beca, o “bequeras”, como decíamos en la escuela. Estudié en una escuela pública, al igual que él, pero en aquel tiempo, el preámbulo al desmantelamiento de la democracia, aun subsistían algunos programas que ayudaban a los estudiantes de bajos recursos. Como mi sitio de estudio era un pueblo en el que las mayorías de las instituciones académicas estaban calificadas como rurales, la totalidad de la matrícula recibía la dotación. No olvido los morrales azules oscuros con las iniciales “ME” alusivas al Ministerio de Educación. Cuadernos, lápices y libros, servían de apoyo y estímulo para seguir estudiando.
            En contraste, un estudiante sin comodidades económicas, en el corazón de la metrópoli de Anzoátegui, solo cuenta con el olvido del rentismo. El abandono del presupuesto nacional. Su poquito de petróleo no llegó, así como las “canaimitas” que en algún momento le prometieron pero que nunca entregaron. Así miles. Así millones.


Ángel Arellano