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miércoles, 22 de junio de 2016

Cuando el hambre es la consigna

 
“Hambre, hambre, hambre...”.
El viejo no consiguió ayuda para empujar su destartalada camioneta. La batería, rendida con ácidos y rezos hasta el último aliento, había llegado a su prolongado desenlace final. El viejo reunió fuerzas que hacía tiempo no veía para empujar la camioneta algunos metros más adelante, alejándose lo más posible de aquel abasto del barrio Brasil en Cumaná. Minutos después, la muchedumbre inició el saqueo, acabando con aquella propiedad de un inmigrante asiático. El viejo se subió al techo de la camioneta con un palo en la mano para alejar a todo aquel que se acercara a su fiel vehículo. Cumplida la hora, se hizo presente la policía disparando y arremetiendo, dejando heridos y llanto. Al viejo le encajaron tres o cuatro carajazos que le dejó la estampida. Solo un par de vidrios de la camioneta soportaron la revuelta. El viejo terminó bastante golpeado en la emergencia de un hospital ruinoso, con la esperanza de volver al sitio para irse empujado su cacharro.
“¡Saquearon la pollera”, sonó el grito a lo lejos. Luego pasó un muchacho bastante joven corriendo con cuatro aves recién asadas en la mano. Jamás imaginaron los conquistadores, 500 años atrás, que “La Primogénita del continente americano” sufriría tanta hambre a pesar de su exuberante naturaleza y sus gigantescas potencialidades.
A la altura del Parque del Oeste Alí Primera en Catia, cientos de caraqueños se congregaron a primera hora de la mañana para protestar por la falta de comida. En Gato Negro, otro sector popular, se hizo lo mismo, un símil a escala de las trifulcas registradas en las calles de Cumaná, Barquisimeto, Barcelona, San Cristóbal, Mérida, Maracaibo, Valencia, Maracay, y otras, durante las últimas dos semanas. A cada rato alguien habla de toque de queda en las cadenas que envían por Whatsapp y otras redes sociales, oficializando un decreto emitido por la delincuencia desde hace varios años.
En cada ciudad del país, en cada pueblo y caserío, hay un hambre que no consigue alimento y cientos de enfermedades que no encuentran medicinas. Los productos de aseo personal son joyas extrañas, casi olvidadas. La humillación no tiene límites. Ciudadanos de todos los colores sudan a chorros en las colas de los supermercados, de las bodegas, de las farmacias, de las gasolineras, de las tiendas de repuestos, de las ventas de cauchos y baterías.
Los pequeños estallidos sociales de las últimas semanas han movilizado más gente que el reventón del Caracazo. El doble, el triple… no sabemos cuánto.
Junto a la vidriera de un Farmatodo capitalino, una mujer y sus tres hijos pusieron en práctica un nuevo método para robar impuesto por la crisis. Esperaron a algunos de los que hicieron la fila para comprar algunos artículos y los abordaron en la salida. “Señora, no la voy a dejar pasar. Deme lo que tiene”. “Mujer, pero si no tengo nada no ves que vengo de hacer la cola ¿qué coño puedo tener? ¡Mátame!”. “Mis hijos y yo tenemos hambre. Dame el pan y las galletas esas que llevas ahí”. “Toma vale, qué desgracia. ¡Quédate con esa vaina!”.
La gente grita "¡Tenemos hambre!" y el gobierno, sumergido en su estupidez, responde "¡Tenemos Patria!". La sangre llega al río, basta saber cuánto hace falta para que el caudal arrastre la represa, las casas y lo que queda de país.
En medio del ruido, alguien a lo lejos habla de diálogo. Se intentan algunas señas llamando al “entendimiento nacional”. Por un lado, el gobierno liquida cualquier iniciativa de reorientar la política de la catástrofe, por la sencilla razón de que ellos la encarnan, el caos es su inspiración. Por el otro, el Parlamento empuja una y otra vez las reformas necesarias. La primera de ellas, sacar al gobierno del poder, a como dé lugar.
El diálogo es una quimera, qué atrocidad...

Ángel Arellano

martes, 1 de marzo de 2016

Oposición procura ley para exportar el coque acumulado en Anzoátegui

Especial para ElEstímulo.comCoque2La Asamblea Nacional se propone aprobar una ley que permita exportar los millones de toneladas que desde hace más de seis años Pdvsa acumula en los patios del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui, y que tienen un valor de Bs 2,72 mil millones al año.

Desde 2009 Petróleos de Venezuela (Pdvsa) tiene una tarea pendiente por resolver: la acumulación a cielo abierto de coque y azufre en el Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui ubicado en las afueras de la ciudad de Barcelona. Ambos elementos son subproductos del petróleo crudo procesado por los cuatro mejoradores instalados en el Complejo.
 El coque y el azufre tienen un alto contenido tóxico. Su almacenamiento, que en principio se hizo en patios acondicionados para su posterior exportación, cuando Venezuela se beneficiaba por colocar estos elementos en mercados europeos, asiáticos y del norte de América, ahora se realiza en una suerte de cordillera en la que, según distintas fuentes consultadas, se encuentran más de 20 millones de toneladas de este polvo negro que ha contaminado los suelos y vegetación de zonas aledañas, enfermando miles de seres humanos (vías respiratorias, vista y piel) y animales de comunidades ubicadas a varios kilómetros de distancia.
Sectores de la oposición han denunciado reiteradamente el foco de corrupción que se ha generado con la acumulación excesiva de estos subproductos petroleros, toda vez que el mantenimiento de estas montañas, no previstas en los planes operativos anuales de Pdvsa ni de las empresas mixtas que trabajan dentro del Complejo Criogénico, ha dado pie a contrataciones mil millonarias para el manejo, transporte y disposición de estos elementos.
Cientos de volquetas, maquinaria pesada y un cuantioso recurso humano se ha desplegado desde 2009 para amontonar el coque y el azufre en la cordillera que se observa desde la Carretera de la Costa (Troncal 9).
La empresa con mayor número de contrataciones en el área ha sido la Constructora Urbano Fermín Compañía Anónima (Cuferca, RIF J-311298193), muy cercana a gobernantes oficialistas como el alcalde del municipio Guanta, Jhonnattan Marín, cuestionado hace un par de semanas por la contratación de artistas internacionales para los Carnavales de la pequeña localidad que dirige, financiados, tal como afirmó ante la prensa, mediante “aportes de la empresa privada”.
El año pasado, la familia Urbano Fermín compró el diario El Norte de Barcelona y de acuerdo con su historial en el Registro Nacional de Contratistas (RNC Nro. 0800000311298193) ha prestado servicios por inmensas cantidades de dinero a Pdvsa Gas, empresas mixtas ubicadas en el Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui y a la alcaldía de Puerto La Cruz, también controlada por el PSUV. Por otro lado, aparece la empresa T&C Services Compañía Anónima (RIF J306788425), registrada en el año 2000 y en cuyo RNC (0000105306788425) aparecen diversas operaciones dentro del Complejo Criogénico.
En 2014, en la Comisión de Energía y Petróleo de la Asamblea Nacional, parlamentarios de la Mesa de Unidad Democrática expusieron en dos de las diez sesiones de ese año, el importante gasto que Pdvsa estaba haciendo en el mantenimiento de la cordillera de coque, adjudicando impresionantes cantidades para cumplir con las contratistas y desestimando la activación de un plan que permitiese retomar las exportaciones del coque y el azufre.
Un informe presentado el 16 de marzo de 2015 ante el despacho de Diosdado Cabello y sobre el que no hubo respuesta oficial por parte del entonces presidente del Parlamento, señalaba lo siguiente:

“Las 15.000 toneladas [de coque] producidas diariamente en el Criogénico de Jose tienen un valor en el mercado de $1.200.000, cuyo equivalente mensual es de $36.000.000 y anual de $432.000.000. Usando la tasa de cambio de Bs 6,30 por dólar establecida por el Centro Nacional de Comercio Exterior (Cencoex), la producción de coque representaría unos Bs 7.560.000 diarios, Bs 226.800.000 mensuales y Bs 2.721.600.000 al año: casi tres mil millones de bolívares anuales que no ingresan a las arcas de la nación por la paralización en la exportaciones”.

Más adelante se indicaba:

“En medio de la crisis de escasez, desabastecimiento y déficit financiero que vive la nación, la industria petrolera se permite el mal manejo de este producto que afecta el ambiente, la salud y la economía del país. El traslado de coque en camiones y gandolas no adecuadas para tal servicio, desde los cuatro mejoradores del Complejo Criogénico, a las montañas que hoy los ciudadanos pueden ver desde la Carretera de la Costa, le cuesta al Estado unos Bs 2.160.000.000, poco menos del presupuesto total de la Gobernación de Anzoátegui para 2013: Bs 2.446.000.000. Sin embargo, al sumar los otros gastos que permiten el mantenimiento de las montañas de coque (más de 400 personas contratadas, unidades cisternas para riego, sistemas de alumbrado y maquinaria pesada) la cifra supera con creces el presupuesto de 2014 del gobierno regional”.

Coque5

Esta situación ha sido desatendida por el Ministerio del Ambiente, por la directiva de Pdvsa y por el Ejecutivo Nacional. Diversas denuncias de organizaciones no gubernamentales, grupos ambientalistas, dirigentes políticos y consejos comunales reposan en los archivos de las autoridades nacionales.
Buscando alternativas a la acumulación de coque y azufre a cielo abierto en el estado Anzoátegui, la bancada de la MUD se encuentra próxima a incluir en la agenda de las sesiones ordinarias de 2016 un proyecto de Ley de Asignación Especial por la Comercialización del Coque y el Azufre del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui o “Ley del Coque”.
Carlos Andrés Michelangeli (AD), diputado por el circuito número tres de Anzoátegui y líder del proyecto, dice que el planteamiento persigue impulsar la puesta en marcha de la exportación de estos subproductos petroleros y, además de sanear los varios kilómetros cuadrados contaminados directamente por la cordillera de coque, transferir los recursos al estado Anzoátegui para invertirlos en áreas como salud, plantas de agua, promoción del agro en los campos afectados e investigación asociada a la prevención de daños al medio ambiente.

-¿Qué persigue la “Ley del Coque” que llevará la MUD al Parlamento?
-Buscamos que esas montañas se acaben, que se vendan y esos recursos se lleven a Anzoátegui para sanear la zona y se inviertan en los ambulatorios desmantelados, en una unidad caumatológica con la que hoy no cuentan ni los trabajadores petroleros ni los ciudadanos en general; en vialidad y en investigación científica para que esto no suceda más.

-Los recursos provenientes de los hidrocarburos, según la legislación vigente, son manejados por el Poder Nacional, no por las regiones. ¿Cómo se trasladarán esos recursos al estado Anzoátegui?
-Por eso queremos una ley nacional que faculte al Ejecutivo para que transfiera esos recursos. Pero ojo, no queremos nada discrecional, en este país se tiene que acabar la discrecionalidad que tanto daño nos ha hecho porque los gobernantes, desde la presidencia hasta algunos alcaldes, creen que el dinero es de ellos y lo disponen como les da la gana. Nuestro planteamiento es que participe el Consejo Legislativo Estadal como ente regulador, controlador y foro de discusión pública para que incorpore a la sociedad, la escuche y oriente a la Gobernación en la ejecución de esos recursos. Que se cumpla con el objetivo y no se despilfarre en cosas que no sean las que la ley prevé.

-¿En qué se debe invertir el dinero del coque?
-El proyecto de ley es claro en los cuatro renglones que serán beneficiados: recuperación de los centros hospitalarios de toda la zona norte y oeste de Anzoátegui que están por el suelo y no tienen capacidad ni insumos para atender a la gente; limpiar toda la zona costera y rural afectada por la contaminación del coque y el azufre, que sabemos tomará tiempo pero que hay que hacerlo; protección y conservación ambiental; y promoción de proyectos de investigación en el área científica y tecnológica para prevenir daños ulteriores al ambiente. En Anzoátegui tenemos buenos centros de enseñanza como la Universidad de Oriente y distintas universidades privadas cuyas escuelas de ingeniería quieren ayudar a salir de este problema. Ha sido una lucha de años y es importante que se haga una ley.

Coque1

Del lado del oficialismo pocas impresiones se han escuchado respecto a este proyecto. En julio de 2012 el entonces vicepresidente de Pdvsa, Eulogio del Pino, prometió que las montañas de coque y azufre del Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui serían retiradas en un lapso de seis meses. No dio detalles sobre el operativo que se llevaría a cabo. Lo cierto es que en 2016 la cordillera sigue creciendo, dando de comer a un reducido grupo de contratistas que han levantado inmensas fortunas con el transporte de coque y azufre de un lado hacia a otro, inflando las montañas y dando largas a la tan esperada exportación.

 Ángel Arellano

Publicado en El Estímulo
http://elestimulo.com/elinteres/oposicion-procura-ley-para-exportar-el-coque-acumulado-en-anzoategui/

lunes, 16 de noviembre de 2015

Cachivaches en la Venezuela de hoy

 
En Pueblo Viejo, un caserío perteneciente al Municipio Píritu ubicado a la orilla de la Troncal 9 o Carretera de la Costa, una docena de viviendas entregadas por el Gobierno Nacional fueron tatuadas con los ojos de Chávez. Se les colocó la propaganda antes que el agua por tuberías y otros servicios públicos fundamentales. El lugar es un lunar en medio de la carretera, un urbanismo extraño con casas distintas a las que se encuentran en la zona.
                Los planificadores de la obra no dispusieron en su proyecto ningún tipo de arborización. Esto no sorprende, el “ecosocialismo”, término cursi acuñado por la Revolución, se ha caracterizado más por su guerra contra las áreas verdes que por su aporte al medio ambiente. Similar situación se vive en el norte de Anzoátegui, entre Barcelona y Puerto La Cruz. Han construido un canal de “Bus de Transporte Rápido” que ralentizó, paradójicamente, el tránsito mientras destruía cuanto atisbo de verde encontraba a su paso. Lo mismo sucedió años atrás en Guanta, con la eliminación de gigantescos árboles para que el alcalde exhibiera un mural alusivo al oficialismo. Etc., etc., etc. Nunca la flora venezolana sufrió tanto el delirio destructivo de una tóxica gestión de gobierno.
En la entrada de aquel desierto en Píritu, colocan eventualmente un tarantín atendido por una mujer que agita una lámina de cartón para darse brisa. Un toldo, cuya lona está carcomida por la angustia y la pobreza que ahí lo instaló, intenta protegerla del inclemente sol oriental. La acompañan dos cabuyas amarradas a un par de postes de madera que en algún momento fueron la línea perimetral del terreno vecino. Las cuerdas, estaban rebosadas de pantalones viejos, franelas de tela desgastada y una docena de ganchos que exhibían vestidos femeninos, usados en mil y un aventuras. Era una venta de ropa de segunda mano, o de tercera, como tantas que abundan en las barriadas venezolanas.
Con la carencia de posibilidades en la frente y el alto costo de la vida como signo del momento, los vecinos de aquel sector improvisado, a la sombra de la mirada de Chávez, se dejaban caer uno a uno en el kiosko de la señora. Todos revisaban la pila de pantalones, el arrume de zapatos o las bolsas que contenían algunas franelillas para salvar la temporada. Los precios eran regateados porque no había otra opción, o se pedía descuento o no se compraba, pues hasta lo usado tiene un elevado costo en la Venezuela de estos días.
Como la premisa es comer, matar el hambre, engañarlo, o hacernos creer que lo estamos engañando, cualquier cachivache sirve para cubrir el cuerpo. La moda, el confort, los hilos costosos, la marca, la variedad y la abundancia, son cosas exclusivas de los nuevos grandes cacaos bolivarianísimos, que hablan de socialismo con la boca llena, portando lujosos trajes, con fortunas en la moneda imperial, hijos en distinguidos colegios internacionales y familiares causando estragos en otras tierras (ya no es secreto que la hija mayor de Chávez es una dama “aburguesada” ni que la familia del matrimonio Maduro-Flores se baña en todos los chorritos, hasta en el del narcotráfico).
Hemos vivido bonanzas impresionantes, ciclos de gastos a manos llenas, endeudamiento e inversiones colosales, sin embargo, el hambre siempre ha estado presente, como dijo Betancourt, “la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre a la venezolana”.
La miseria no le es ajena a los venezolanos. Aunque el apasionado discurso político de los últimos tres lustros estuvo copado de frases absurdas como “ser rico es malo” y “ser pobre es bueno”, nuestra sociedad, desde hace 100 años, no ha dejado de ser una nación atascada en un modelo rentista que empobreció (y empobrece) a la gran mayoría de ciudadanos. Condenándolos, por decir lo menos, a vivir esta temporada de malas noticias que ensangrientan las calles y aniquilan la esperanza. No obstante, siempre hay una salida: votar.

Ángel Arellano

lunes, 12 de octubre de 2015

Cuando nos hicimos magos (I)

Si los ojos de aquella mujer narraran todo lo que han visto, capaz ofrecieran un relato detallado de la vida del venezolano promedio, el que brinca charcos que crearon las tuberías rotas, invierte buena parte de su tiempo en la irritable espera del autobús de turno o guarda en las gavetas de la cocina algunas velas para iluminar la casa cada tanto, cuando el apagón visita y se queda a dormir.
                Ella descendía del bulevar de comercios que hacen antesala al Hospital Luís Razetti de Barcelona. Caminaba apurada con un trío de bolsas en la mano derecha, el morral de madre a cuestas y la criatura entre sus hombros. Un pañuelo de una tela rosada y delgada, con el centro transparente, producto del uso y desgaste, protegía al bebé del sol anzoatiguense. El calor evaporaba cualquier atisbo de sonrisa en un rostro que parecía invadido por el estrés y la incertidumbre.
                Cuando una de las bolsas que llevaba cayó al suelo, apresuré la marcha para ayudarla.
                -¡Epa! Espérate. Aquí está tu bolsa.
No era una mujer mayor, capaz tenía mi edad. Era exagerado pensar que superara los 25 años. La bolsa contenía un paquete de 32 pañales y en su mano llevaba otro idéntico. Recordé que aquella mañana la gente corría de un lado al otro, y a los pies del hospital, se observaba una fila de más de 400 personas, de acuerdo con mis estimaciones a vuelo de pájaro: esperaban comprar pañales en una farmacia, un producto atesorado en la Venezuela de la escasez y el hambre.
-¡Coño! Gracias, creí que te la ibas a llevar –respondió luego de un sorbo de aire que la tranquilizó.
-¿Y por qué me voy a llevar esos pañales? Eso no se hace.
-Carajo, si eso es lo normal. La vez pasada estaba en el (Abasto) Bicentenario cuando se armó un rollo ahí. La Guardia llegó justo después cuando iba saliendo con las bolsas y me quedé sin nada por culpa de aquél peo en medio del gentío. Menos mal que andaba sola.
Periodista al fin, no pude asfixiar una pregunta.
-Ah, pero no andabas con tu niña por ahí, que bueno.
-No es mi chama, es mi sobrina. La traje al hospital anoche porque no le bajaba la fiebre y no conseguía un remedio. Hoy temprano le dieron de alta porque no hay donde tenerla y le bajó la calentura. Me metí en esa cola a ver qué había y compré rápido porque me vieron con la niña, porque si no, bueno, estuviera llevando más sol que una teja.
La acompañé a cruzar la calle y se detuvo debajo de la sombra que brindaba una panadería justo enfrente de la parada de camionetas y camiones que hacen de transporte público.
-¿Cómo haces para cargar todo eso? –volví, curioso.
-Así como voy, con todo encima. No has visto nada. Cuando se consiguen las cosas, la harina, la leche o la azúcar, a veces en los chinos o en el mercado, uno aprovecha, y como venden regulado, cargas con lo que te dejen llevar, si no ¿qué vas a comer?, ¿qué comen los carajitos? Uno aguanta hambre a veces, pero los niños no tienen la culpa de lo que está pasando –respondió.
Su aclaratoria fue un desahogo. Cuando agregaba líneas al diálogo, inhalaba aire con fuerza, dejando entrever alguna dificultad respiratoria de diagnóstico desconocido.
-A veces pareciera que fuéramos magos rindiendo la comida, estirando todo, pidiendo fia’o, de aquí para allá.
La criatura debajo del pañuelo contaba algunos meses desde su llegada al mundo. Su vida, tan frágil, dependía de aquella mujer que había dormido algunos minutos en los pasillos del hospital esperando la buena nueva del médico de guardia para retornar a casa. Nunca abrió los ojos, entregada a un profundo sueño en el sauna de los mediodías de barceloneses.

Ángel Arellano

domingo, 20 de septiembre de 2015

Las paradas se quedaron sin autobuses

(Versión original)

*
         Desde el fondo de la unidad observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportan los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Quienes viajábamos en el autobús no podíamos mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. Un puñado de segundos eran acompañados con diminutos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
         “Ta’ vacía’o. Suba, suba. Cárcel vieja, chica, fuente”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos al azar en la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche, la idiosincrasia nacional. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
         En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club que en Venezuela no tiene beneficios, llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de franela azul porque arbitrariamente la unidad decretó el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
         Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa sostenían con sus piernas las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos. El dato propagado por la televisión oficial que afirma que Venezuela es el país más feliz del mundo, era combatido por las almas que iban en el autobús.

**
         La ruta exigía trasbordo. Cuando el colectivo se detuvo en alguna parada con un nombre no registrado, un mar de almas se había amontonado para subir. Esta muchedumbre tenía quizá una o dos horas esperando, un espacio de tiempo similar al que yo había demorado en el centro de Puerto La Cruz para conseguir un transporte que me llevara a casa.
         Las paradas se han quedado sin autobuses, cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de los repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
         En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo y cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos. El canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener a otro con vida. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
         Las paradas dan cancha a una larga espera. En algún momento, no tan lejano, sólo la acostumbrada señal con el brazo, o el agudo silbido de costumbre, detenía diversas busetas, carritos y autobuses de todos los tamaños que pasaban gritaban sus rutas en busca de clientes. Era un intento de competencia en un mercado que tenía muchos demandantes. Hoy día, pasan sin saludar, van saturadas de pasajeros. Paradójicamente, todos dentro del vehículo comparten la misma desgracia: el desabastecimiento los ha tocado, los altos precios los espantan y están aterrorizados por la inseguridad. Nadie se salva. Usuarios, colectores, choferes y vehículos son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.

***
         Una hora después, tomé una pequeña buseta. Las ventanas eran cuadros de cartón y cinta adhesiva que adornaban la estadía. El hombre tras el volante nos contó en el trayecto que durante un robo algunos disparos quebraron casi todos los vidrios. No obstante, la buseta sigue siendo un empleador importante: con ella se lucra el propietario que la alquila a un intermediario, quien se encarga a su vez de rentarla al chofer y éste recluta un colector, la más de las veces menor de edad. El vehículo cumple con la misión de alimentar todas esas bocas de la cadena. El intento es titánico, así la historia de todos los transportistas.
         En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pudieron subir a la buseta, arrancaron la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a casa. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que no ha escaseado.

Ángel Arellano

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sobre la escasez de autobuses


         Desde el fondo del autobús observaba a ratos la fila de hombres y mujeres que soportaban los treinta y ocho grados del calor oriental. Ese día, la brisa se había extraviado. Los pasajeros no podían mantener la mirada en un objetivo fijo por mucho rato. El viaje era acompañado con bruscos movimientos en zigzag sugeridos por el tráfico de la avenida y las irregularidades del asfalto.
            “Ta’ vacía’o. Suba, suba. ¡Cárcel Vieja, Chica, Fuente!”, gritaba el desesperado colector. Su modulación era tan rápida como atropellada. En un abrir y cerrar de ojos podía mencionar 5, 6 ó 7 estaciones. Las paradas no tienen nombre, son un grupo de puntos distribuidos al azar por la dinámica popular, una repartición que se hizo en honor al bochinche. Las vías que conectan la zona norte de Anzoátegui están aderezadas por el diccionario de la costa y no por los cuadrantes del Plan de Desarrollo Urbano Local olvidado en los archivos de la burocracia.
            En un autobús de 42 puestos nos congregamos poco más de 60 personas. En la fila, la fricción de los cuerpos generaba molestia. “Esto huele a cabuya de marinero”, exclamó una señora miembro de ese club llamado la “tercera edad”. Acto seguido, el colector discutía con un grupo de muchachos de camisa azul. Arbitrariamente la unidad había decretado el rechazo a todos los boletos preferenciales. El pasaje estudiantil quedó sin efecto. La indignación era un acuerdo tácito.
            Finalizaba la tarde. Casi todos venían de su faena diaria, la mal pagada jornada laboral. Una docena de amas de casa cargaban con las compras del día. Aquellos rostros mostraban la fatiga de muchas horas en alguna cola. Faltaban productos.
            Las paradas se han quedado sin autobuses porque éstos cada vez son menos. No huyeron, siguen en la zona, pero no están en funcionamiento. Se encuentran en algún taller, algún galpón o terreno baldío, alguna calle o vereda cómplice que los recibe una semana, o dos, o varios meses, mientras el azarado chofer resiste la peregrinación de la búsqueda de repuestos. Son rehenes de la escasez y la inflación.
            En la zona norte, por lo menos un 50% de los autobuses se encuentran inoperativos. El gobierno ha activado una manada de unidades chinas, rojas, con pantallas electrónicas para escribir vivas al socialismo, cuyo único atractivo es el aire acondicionado, pues corren con la misma suerte de los vehículos paganos: el canibalismo se apoderó de los estacionamientos de estos autobuses “revolucionarios”. Los mecánicos desarman uno para mantener con vida a otro. Es una especie de donación de órganos forzosa de la cual depende la existencia de ese paciente crítico que es la movilidad de los ciudadanos de a pie.
            Todos dentro del autobús comparten la misma desgracia: el desabastecimiento, los altos precios y la inseguridad. Nadie se salva. Pasajeros, colector, chofer y vehículo son víctimas de los flagelos que vive la Venezuela actual.
            En las paradas están miles, millones, esperando que la suerte caiga del cielo y les permita retornar a casa. Quienes no pueden subir al transporte, arrancan la travesía a pie. Tiempo después, no sabemos si llegaron a sus hogares. La calle, además de huecos, oscuridad y basura, tiene muchas balas, el único producto que se consigue en todos lados.
        
Ángel Arellano

viernes, 31 de julio de 2015

¡Murió Américo!


            El libro de Galeano del que hablamos la última vez quedó en la mesa esperando su entrega. Américo murió en el instante final de la noche, cuando el sol anunciaba su entrada y se acomodaban los grises para dar paso a la claridad.
            A las 4:30 am, dicen los médicos que estaban en la guardia nocturna, dejó de existir. Falleció en el Hospital Razetti de Barcelona, la institución a la que dedicó muchos años como reportero y periodista de amplia trayectoria en Anzoátegui.
            La enfermedad no dio tregua. Se fue tras un violento embate que lesionó su ya precario estado de salud.
            La noticia se supo tempranito, como suele pasar con los acontecimientos más relevantes. A las 6:30 am recibí el mensaje de texto de Jorge Ramírez. Un aviso no esperado. ¡Qué tristeza! ¡Qué vaina!
            Américo será recordado. Deja un largo recorrido por esa carretera escabrosa llamada periodismo. Se afanó en la proyección de las virtudes de nuestra región, en la pesquisa de los sucesos y en el acompañamiento a las comunidades, bien desde las páginas del diario El Tiempo o a través de la pantalla de Telecaribe y la Televisora de Oriente.  
El primer trabajo que leí en el que aparecía relacionado Américo, fue un gran reportaje publicado en el Diario de Caracas en 1987 que hablaba de las bondades de la Cuenca del Unare. Fue la edición del primero de marzo de aquel año, para ser más exactos. Para entonces, él era director de la sección “Venezuela Adentro”. De esa investigación, que realicé en la Hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, recogí varios textos, los registré con una fotografía y los almacené en mi archivo particular. No sólo publicitó al Unare, dedicó espacio a la Mesa de Guanipa, al Paseo Colón de Puerto La Cruz, a las islas del Parque Nacional Mochima, a la costa de El Hatillo y La Cerca, a los casaberos de  Sabana de Uchire, a los alrededores de la para entonces conocida como Faja Bituminosa del Orinoco, entre otros. “Venezuela Adentro”, un excelente recurso documental.
Lamentamos su partida. Cada vez que muere un periodista el país pierde una voz, pero gana cientos de ellas en las aulas de las escuelas de comunicación social. Sobre esto último, los salones de clase, y en específico sobre el qué se está impartiendo, debatiendo y discutiendo en el semillero de los nuevos periodistas, invertimos varias horas de tertulia y algunas tazas de café. Américo se mostraba preocupado por la calidad de la enseñanza, de los programas de estudio y de la capacidad de interpretación y discernimiento que pudieran tener los jóvenes de la nación en medio de la situación actual, tan revuelta y tormentosa.
Mantuvo un criterio del deber ser del periodismo, un apostolado para la educación de las masas. Le agradezco algunas recomendaciones que puse en práctica en las discusiones sobre ensayos y libros que he venido realizando con mis alumnos como actividades complementarias para fomentar la lectura.
¡Ah! Américo era chavista. Sí señor. No por eso dejó de ser un buen venezolano. Capaz sea ese aspecto el que más captó mi atención y por eso disfruté tanto de su conversación amigable, ponderada y profunda. En algo estuvimos de acuerdo, al país lo que más le hace falta, por encima de todas las cosas, es un abrazo, una gran reconciliación.
No queda más que la despedida invisible, pidiendo a Dios que lo acoja en su seno y que descanse en paz.


Ángel Arellano

domingo, 12 de julio de 2015

Visitando a Américo en el Razetti

         En el hospital Luís Razetti de Barcelona los médicos recuerdan los reportajes que realizaba el periodista Américo Hernández en sus años mozos. Él se encuentra internado por una de dolencia que lo ha llevado a permanecer en el recinto durante un par de semanas.
            Como del venezolano lo que más recoge el mundo es su capacidad para demostrar afecto y solidaridad, asistí un día cualquiera a visitar a Américo y llevarle un libro. Los minutos que transcurren en el hospital se convierten en horas y las horas en días, haciendo de los días semanas y de las semanas una eternidad. Cuando llegué a la camilla en la que reposaba acompañado de su amable esposa, le entregué el ejemplar y hablamos. En medio de la conversación decidió prestarme un libro que tenía junto a él. La obra en cuestión era “¡Viven! La tragedia de Los Andes” de Piers Paul Read (1974), el famoso relato sobre los deportistas uruguayos que se estrellaron en las frías montañas que dividen Chile de Argentina. Aquella tragedia se hizo popular en su tiempo cuando los sobrevivientes confesaron haber comido carne humana para paliar el hambre durante 70 días de intemperie.
“¡Después de leer esto sé que lo que tengo es una pica’ e’ plaga!”, me dijo Américo. La exclamación fue un lugar común. Si algo nos caracteriza es nuestra capacidad de adaptación en las más deplorables circunstancias. Solo miremos alrededor cuántas personas subsisten en medio de esta crisis sin parangón.
Cuando bajaba las escaleras del hospital pensé en la precariedad de su situación, en el deterioro de la infraestructura, en la miseria de sus insumos y en el drama de quienes ahí laboran. Más de 20 mil médicos venezolanos se han ido al extranjero en los últimos años. Las ruinas del país. Aquella institución de primer mundo inaugurada en su ubicación actual en 1963 por Rómulo Betancourt, ícono de la democracia moderna, y reinaugurado docenas de veces por los gobernantes populistas de turno, es el símbolo de la decadencia de la región. Cito una interrogante que Tomás Straka se hace en “La república fragmentada” (2015): “¿cómo es posible que al cabo de los años más prósperos, libres y pacíficos de la historia venezolana (lo cual no quiere decir que lo hayan sido en términos ideales, sino comparados con lo ocurrido hasta entonces) se llegara a tal sensación de fracaso?”.
A las 7 de la noche regresaba a casa. Y aunque corrí con suerte porque mi vehículo estaba entero en el oscuro estacionamiento, en la salida del hospital me detuvo una cola que duró por lo menos dos horas: motorizados protestaban exigiendo a la morgue la entrega de un compañero fallecido. La policía se desentendió del asunto. Patrullaban los alrededores pero no interactuaban con los manifestantes. Algo similar había sucedido toda la semana en la Universidad de Oriente, en donde encapuchados trancan la avenida, saquean camiones y roban a estudiantes. Muchos pacientes que salían de alta, otros que intentaban ingresar y varios que necesitaban salir rápido del sitio para iniciar la angustiosa búsqueda de medicamentos, se encontraban en aquella cola.
Un par de días después el director de la Policía regional ofreció a la prensa una declaración escalofriante: “Polianzoátegui vigilará la UDO si le garantizan seguridad”. ¿Quién debe brindar seguridad a quién? El que los responsables de resguardar a la sociedad pidan ayuda nos da una idea de nuestra deplorable situación.
  
Ángel Arellano

jueves, 14 de mayo de 2015

La clase especial de hoy

 En la Universidad planificamos una clase especial. Unimos ambas secciones del Taller de Análisis y Comprensión de Mensajes: poco más de 70 estudiantes de Comunicación Social. Intentamos debatir sobre el “¿cómo se construye un mensaje?” y el “¿cómo hacer del mensaje un elemento efectivo en el proceso de la comunicación?”.
Para quitarle la corbata al rigor cotidiano del aula, invitamos a dos amigos: Paola Soto, una joven periodista y novel poeta de la región, y a Carlos “El Negro” Castro, también comunicador y humorista.
Ambos llegaron temprano al salón. Marcadas las 9:30am iniciamos un breve preámbulo para discutir asignaciones pendientes. Acto seguido, los alumnos presentaron una breve reseña biográfica de cada invitado y se dio inicio a la dinámica de preguntas y respuestas en la que no pudieron faltar comentarios sobre la poesía en el entorno de crisis nacional y el humor como válvula de escape y como vaso comunicante de una realidad específica.
Fue una experiencia gratísima y exitosa. Todos los jóvenes participaron. Mucho interés por la lectura y la escritura. Otros siguen mostrando una creciente atención por el deporte, el espectáculo, el periodismo cultural, entre otras áreas que han quedado en el traspatio de la Venezuela politizada.
Agradezco a Paola Soto y a “El Negro” por su aporte, y sobre todo a los alumnos del Taller de Análisis por su compromiso, su organización, su orden y sus ganas de aprender. Siempre es bueno reiterarles que son parte de esa generación que colaborará en la construcción de una nación próspera, plural y libre.

La próxima clase especial será con músicos. Seguiremos indagando en el proceso de la comunicación y otros temas importantes en la formación del periodista.

Ángel Arellano

martes, 21 de abril de 2015

Maduro: perorata, encubrimiento, mentira y fiasco.

Programa "En contacto con Maduro" #26 desde la Casa Fuerte de Barcelona

Martes, 21 de abril. Maduro habla y habla en la radio y en la televisión. El laboratorio de redes sociales que dirige Miraflores sigue minuto a minuto el balbuceo del Presidente. Se gasta tanto dinero como haya en existencia para potenciar el aparato comunicacional del régimen.
En su delirio, muestra con entusiasmo todos los síntomas de su condición psicopatológica. Los megalómanos cuentan con una autoestima inflamada, una consideración ilimitada de su omnipotencia y una creencia sólida de que su relevancia para el mundo circundante es definitiva. Maduro tiene parlantes, muchos, pero pocos lo escuchan, muy pocos. No ahorra en líneas ni argumentos. Se explaya contando, narrando, describiendo sus puntos de vista desde una tarima solitaria en la que lo acompañan los camarógrafos. A 15 metros de distancia están los distinguidos que pueden presenciar el acto. El resto, los trabajadores públicos obligados, deben estar en las aceras, chequeados por los sensores cada media hora.
Hoy, mientras estallaba un nuevo escándalo de corrupción producto del negocio gigantesco que confeccionó el ex ministro chavista y miembro retirado de las Fuerzas Armadas, Herbert García Plaza, en el que Venezuela adquirió a España tres barcos usados para la expropiada empresa de transporte marítimo Conferry y los incorporó como activos nuevos, generando una pérdida patrimonial al Estado de varios cientos de millones de dólares, el presidente de la Asamblea, el Capitán Cabello, dedicó su tarde en el Hemiciclo para divulgar nuevos procesos judiciales contra medios críticos que han mantenido su disidencia aun cuando la bota del gobierno ha hecho todo para pisarlos.
            El portal web La Patilla, el combativo diario Tal Cual, cuyo editor, Teodoro Petkoff, no pudo ir a Madrid a recibir la importante distinción internacional del premio José Ortega y Gasset por tener prohibido salir del país gracias a una denuncia que introdujo el mismo Cabello y de la que ya ni los mismos jueces de la causa se acuerdan, y el histórico periódico El Nacional, son las víctimas recurrentes del capataz de la Revolución. Para salirle al paso a Cabello, el Presidente de este último periódico ganó diversos titulares con una frase que en cuestión de minutos terminó siendo viral en las redes sociales: “Nosotros duraremos más que este gobierno”. La “recontraofensiva” avasallante de la que habla Maduro en su perorata, tiene en su núcleo un lugar común del régimen: intensificar la censura usando cuantos métodos sean necesarios.
            La televisión deja ver la Casa Fuerte de Barcelona, más iluminada que de costumbre. Desde ahí Maduro promueve a sus candidatos en las internas del PSUV. No hay que gozar de dotes de analista para percibir la gran tensión entre los asistentes. La homogeneidad del chavismo se perdió cuando murió el Superyo de Chávez. Los demás sobreviven en el canibalismo de la corrupción, la hipocresía y el abuso. Maduro, para no perder “El Legado” de demagogias y mentiras, muestra planos de las nuevas paradas de autobuses que dice incorporar en los próximos días en las mismas avenidas con las que cuenta desde hace 50 años la zona norte de Anzoátegui. Paradas que a vuelo de pájaro se nota no tendrán cabida en unas vías tan colapsadas como la av. Intercomunal o la av. Alterna.
            Diosdado desde la silla de regente del Parlamento volvió sobre ese discurso trillado que repite cada vez que puede para mostrarse como el hombre de mayor moral dentro del oficialismo: según él, luchará indeteniblemente en contra de la corrupción aun cuando casos como el de Conferry, que estuvo en sus manos y lo desechó, permaneció engavetado hasta que García Plaza dejó de ser parte de la cúpula roja y cayó en desagracia. Sino, hubiesen protegido la gran estafa al Estado por los ferrys usados y hoy parados por daños desconocidos. Cabello siguió el ejemplo de Chávez, callando las rubieras de los miembros del Gabinete hasta que éstos traicionaran “El Legado”. A la sazón, esto último lo dejó claro Tareck El Aissami, Gobernador del estado Aragua y ex Ministro de Interior y Justicia. Éste confesó que se había inmutado ante los casos de corrupción de su antecesor, Rafael Isea, quien también fue ministro e hijo de Chávez pero que encontró mejor vida bajo el amparo de la DEA y el FBI, porque el Supremo así se lo había pedido. En un acto de paternalismo encubridor, las desviaciones de los hijos se mantuvieron ocultas hasta que El Aissami aportara su relato que sin duda ha desmoralizado aún más a la población que vive las penurias de la cola y el reinado del hampa.
            Maduro sigue hablando en la TV. Le promete a Anzoátegui un sistema de transporte público de ensueño pero no dice qué hará con las cientos de unidades que están detenidas por repuestos o con los autobuses, busetas y carritos que cubren las rutas en deplorable estado. Sólo emana populismo; uno, por cierto, poco efectivo. No hay sondeos que sostengan que mejorarán los escenarios para el gobierno en lo inmediato. El más optimista sostiene que el país está polarizado en una relación 70-30: la cifra mayor agrupa a los descontentos, y en la menor se encuentran los indecisos y fieles al sistema actual aunque no sabemos con exactitud cuáles o quiénes son pues las encuestas hablan un lenguaje y el miedo, la frustración, la indignación y el odio, palabrean otro totalmente distinto.


Ángel Arellano

lunes, 20 de abril de 2015

“Bachazuela”: varios días en la cola


Sosteniendo una bolsa de papel que goteaba el aceite de un par de empanadas, una señora se defendía de las miradas. Eran las once de la mañana y dijo tener cuatro días en el sitio. Aquel fue el quinto desayuno en la misma posición: la acera de enfrente del establecimiento J.J. Pérez Alemán, una venta de electrodomésticos ubicada en la ruidosa avenida Intercomunal de Barcelona.
            Decenas de familias se reunieron algunas lunas atrás a esperar el camión que vendría cargado de neveras, equipos de aire acondicionado, y, según el rumor de un funcionario de la Superintendencia de Precios Justos, algunos televisores. Éstos últimos son los más buscados. La mayoría de quienes invierten varios días de sus vidas en esta fila aspiran hacerse con uno o dos de estos equipos.
            La acera se convirtió en un campamento improvisado. No faltaron quienes emitieron groserías e insultos a las personas de la cola, sin embargo, para nuestra sorpresa, terminaron siendo mayoría, según una breve inspección ocular de una hora, los que se detenían a preguntar la factibilidad del sacrificio, evaluando unirse.
            Sábanas, toallas, sombrillas, cartones, incluso edredones para cubrirse del frío que eventualmente trae la brisa de la noche, forman las tiendas que alojan a los protagonistas de la espera. Pacientemente se apuntan en listas, reparten números y acuerdan representantes que hacen de enlace con los vigilantes del local. Los cuerpos de seguridad del Estado sólo rondan la zona pocas veces en el día para garantizar que la situación no se salga de curso, aunque se han desarrollado un par de balaceras en los varios meses que lleva la dinámica.
            Sillas de playa, bancos de madera o plástico, gaveras de malta, cerveza o refrescos, bloques y hasta neumáticos, son los asientos de quienes han dejado su oficio para aventurarse en esta espera. Pareciera una zona marcada por el conformismo y la resignación. Hay muchas caras tristes, otras furiosas, algunas serias, pero todas expectantes, dándole vivas a la suerte para que puedan adquirir lo esperado.
            “La gente siempre pregunta que por qué uno está aquí aguantando sol, calor y humo. Como que no ven lo que pasa en el país con esta peladera”, expresó la señora tras culminar los bocados: “Muchos compran para revender, sí es verdad, pero la mayoría nos calamos este viacrucis para tener algo para la familia. Es la única manera de conseguir barato”. Su cabello registra algunas canas, puede estar finalizando la quinta década de su vida. Se veía fatigada, afectada por la insolación. Devolvía el mandado a los que lanzaban improperios desde los autobuses.
            Minutos después, se escucharon lamentos y una ola de vulgaridades. Recordaron la madre de los dueños de J.J. Pérez Alemán y la del Presidente de la República. ¿El motivo? Un vigilante había pasado el dato de que el camión con los productos no llegaría. Un accidente en la vía de Caracas hacia oriente había ocasionado su retorno a la capital.
Era el mediodía del viernes. Apenas el calor comenzaba su momento asfixiante. Los miembros de la fila debían seguir esperando. La empresa notificó que el transporte llegaría el lunes y pidió a los clientes del campamento que vinieran la semana próxima. Pero no, ahí se quedaron, en la intemperie de la acera, en la adversidad de la avenida. Comiendo cualquier “bala fría”, durmiendo con un ojo abierto, contando con baños ajenos y haciendo del periódico prestado un compañero infalible.

Ángel Arellano

lunes, 6 de abril de 2015

A cuatro años de la partida de nuestro hermano Euris Naranjo (1989-2011)


Cuando Euris murió me tocaba asumir uno de los mayores retos de mi vida. El 4 de abril de 2011 había sido emitida la resolución oficial con la que me nombraban Coordinador de Prensa y Relaciones Públicas de la Alcaldía de Lechería. Apenas tenía 21 años, y como era de esperarse, aun cuando conocía los procedimientos y tenía un plan construido con el aporte de muchas manos que me ayudaron a cumplir con la tarea, los nervios eran tan altos como las expectativas de quienes habían confiado en mí capacidad para conducir los destinos del Departamento de Comunicaciones del Municipio Urbaneja.

Dos días después, debía recibir las llaves de la oficina y firmar las actas de entrega: montones de papeles, inventarios y fotocopias que requerían supervisión en miras de adaptar todo y comenzar el trabajo. Por tanto, me acosté muy tarde, casi a las 2am pensando en todo lo que debía hacer. El cansancio me venció y, como pocas veces sucede, dejé el celular encendido. A las 5am desperté con una llamada que contesté rápidamente asustado. Edgar, el hermano de Euris, con una voz sobria habló desde el otro lado del teléfono: “Aló, ¿Ángel? ¿Tú eres el amigo de Euris, no? Él siempre me habla de ti. Bueno chamo a las dos de la mañana se estrelló en un carro en el que iba con otros muchachos y cayó en un caño aquí en Tucupita. Fue una tragedia. Murió. Estoy aquí con mi familia, cualquier cosa este es mi número. Quería que le informaras a sus compañeros de clases”.

Tras un par de minutos resolví contestar enviando mis condolencias a sus padres e informé a Edgar que avisaría a los muchachos de la universidad y estaría en breve ahí con ellos. No creí que era cierto. Desperté a varios amigos. A todos los llamé con la sorpresa. No pude caer en la realidad de que algo así había sucedido a un amigo tan cercano, un compañero clave del movimiento estudiantil y además un joven talentoso, brillante y colmado de vida.

Organicé con Luís Matute, amigo de ambos, todo para salir de inmediato a Tucupita. Partí hacia la Alcaldía para notificar el por qué no podría recibir el Departamento de Comunicaciones ese día.  Debía ir a Delta Amacuro, un estado que no conocía, que sabía estaba muy lejos, pero que necesitaba de mi presencia para acompañar a los padres de Euris. En el carrito por puesto de la línea de Lechería estallé en llanto. Tras dos horas desde la noticia hasta la llegada a la Alcaldía había acumulado un shock que se mostró minutos antes de bajar del transporte. Lloraba con un dolor inmenso, como un niño. La gente que estaba ahí presente pudieron percatarse de lo acontecido. Desde ese momento, supe que al igual que el miedo, el dolor puede tan intenso y tan profundo.

Llegué a la Alcaldía, firmé un par de hojas y expliqué el objeto de mi retirada. En algún cajero automático saqué los ahorros que poseía en una cuenta electrónica de Banesco: esos espacios desechables que otorga el banco a quienes tienen unos pocos centavos en sus arcas. Con Matute fui al Terminal de Puerto La Cruz, de ahí hasta Maturin y después a Tucupita. Llegamos sobre las 7 de la noche a la casa de Euris. Visitamos su habitación. Un hogar humilde, como el de Luís, el mío o el de muchos de los estudiantes que en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Santa María, al igual que en el resto de las casas de estudios superiores, se han graduado con mucho sacrificio, acudiendo en no pocas ocasiones al auxilio de una beca o un trabajo de medio tiempo para cumplir con el objetivo. Euris, Luís y yo teníamos algo en común: ninguno de los tres éramos originarios de Barcelona, sede de la universidad. Nos conocimos en el camino, con las mismas inquietudes que traen a la ciudad los chamos de los pueblos pequeños y tuvimos en común unas frenéticas ganas de luchar en cualquier espacio para cambiar el país hacia uno que brindara más oportunidades a todos.

Esa noche en Tucupita rezamos mucho. Conocimos a gran parte de la familia de Euris y contuvimos el llanto ante tantas anécdotas que quisimos escuchar de él y no de los asistentes a su velorio. Un joven de 21 años, con dotes de buen orador, locutor, bailarín, organizador de eventos, colectas, viajes, parrandas y todo lo que a un soñador de la vida le viene en gana cuando sale a la calle en la búsqueda de nuevos rumbos. Euris era un amigo formidable y un compañero distinguido.

El día siguiente fue el entierro. Unos mariachis recibieron la urna en su salida de la funeraria. He vivido pocas cosas tan tristes como aquel momento. Caminamos mucho hasta llegar al Cementerio de Tucupita. Ahí lo dejamos con el dolor de muchas almas dolidas. En la tarde, estuvimos en casa de sus familiares. Comimos sopa de pescado del Orinoco y conversamos un rato largo. El retorno lo hicimos en un autobús de una empresa desconocida. El Terminal de Tucupita, ese amasijo de concreto sin concierto arquitectónico y bombillos apagados, nos dio la despedida junto a don Edgar, el padre de Euris. La frase con la que matizó su “hasta luego” fue el preámbulo de una relación afectuosa y muy cordial que mantenemos en la actualidad: “se fue Euris pero me quedan ustedes que también son mis hijos”. Al llegar a Barcelona, los compañeros del movimiento estudiantil de la USM y demás allegados, organizaron un par de misas en su honor. Fue un encuentro de decenas de jóvenes que despedíamos a uno de nuestros mejores dirigentes.

Nunca quise escribir estas letras. No sé si por nostalgia o por temor a que pudieran malinterpretarse. Desde hace unos días he estado pendiente del cuarto aniversario de la muerte de “El Negro” y quise homenajearlo contando el relato de lo que fue para mí aquel día, con los detalles que quizá a pocos pueda interesar pero que expreso con mucho cariño para su madre, la señora Uviderma, su padre el señor Edgar, sus hermanos, familiares y todos los amigos que desde el Frente Usemista tejimos una estrecha relación con un personaje único e incomparable. 

Es mi deseo expresar que para nosotros él sigue ahí, siempre presente. En la estampita que hizo Gabriel Mijares para recordarlo, o en los comentarios de Rodolfo, Oswaldo, Rogelio, Luisma, Hilianny, Carlos, y todos quienes lo quisieron por ser quien fue. En nuestros corazones no hay más que los mejores deseos para Euris, donde quiera que el Señor lo haya puesto dentro de su humilde morada. Que Dios bendiga a nuestro hermano Euris. Siempre en nuestros corazones y en nuestras ideas.


Ángel Arellano

lunes, 1 de diciembre de 2014

Don Manuel y su reclamo


Las calles de Boyacá se convirtieron en un rosario de malas noticias. Cada visita al mercado de Tronconal, al “Chino”, a la carnicería o a la improvisada venta de frutas y verduras que ocupa la esquina de lo que una vez fue “La Casa del Maestro”, son una oportunidad para presenciar el descontento de las personas. Así, toda Venezuela. No hay sitio que muestre una realidad distinta.
Luego de una conversación en la que el calor oriental causó estragos y rompió la formalidad para dar paso a las vísceras, el señor con el que hablaba, desde hace quizá 15, 30 ó 45 minutos, no lo sé, me dijo: “Este será uno de los diciembres más tristes para la gente. ¡Qué peladera! Voy de aquí para allá, de allá para acá y lo que encuentro es queja, reclamo y pelea. No hay ni con qué limpiarse por allá abajo”. Asentí, total, ¿qué podía hacer? ¿Acaso era mentira?
Cuando el sentimiento es mutuo, el acuerdo entra sin tocar la puerta. Apenas un minuto de silencio y volvió: “Pero dime tú, todavía donde vivo hay gente que cree en esto. Pocos. Son cada vez menos, eso sí. Pero todavía existen chico. ¿Quién apoya a estos muérganos que nos quitaron hasta las ganas de ir al baño? Mi hija vive en Brasil, se fue un día por carretera y más nunca la vi. Pero me llama. Me llama siempre. Me dice ‘papá aquí hay Harina Pan por demás, aquí hay leche de la que busques y pollo bastante. No es ese pollo que llevan pa´ Venezuela, este es un pollo bueno, una cosa sabrosísima”.
Quien habla es don Manuel, tiene 72 años. Cuando nació, el país vivía un espejismo de progreso democrático, solidez económica y coherencia administrativa. Hice un intento de pregunta: “Señor Manuel, pero…”. Liquidó mi respuesta. Siguió hablando y seguí oyendo.
Expresó: “Mira, te voy a decir una cuestión carajito. Cuando yo estaba en la escuela (1950, tiempos de Pérez Jiménez) recuerdo que mi papá le echaba pichón trabajando y así nos sacó adelante. No fui a la universidad, no porque estuvieran acabadas como ahorita, sino porque me hice empresario. Microempresario, como le llaman. Monté un negocito de frutas y así me hice hombre. Crie cuatro muchachos, hijo. Cuatro. Tres hombres y la carajita que me partió el alma cuando se fue a vivir a otro lado. Mis hijos no vivieron lo que yo viví. Es triste. Ahora andan por ahí dos de los varones, porque a uno me lo mataron. Uno de ellos tiene la ‘chichingunya’. En esta broma ni fumigan. Qué buenos han sido los del gobierno para robar».
El lamento es de ambos. La impotencia se hace un pacto que no necesita documentos.
En la esquina de la vereda, al lado de una mesa que sostiene algunas ruedas grandes de queso blanco, y muy cerca de un tarantín que vende frutas, vecino de otro que oferta productos escasos a precios poco populares, un viejo afila el cuchillo. Antes de proceder a picar el pedido de un cliente, confirma el breve relato de don Manuel: “Sí es verdad, mijo. Yo también viví eso. Soy obrero jubilado, tengo mi pensión y aquí estoy, vendiendo queso a 250 el kilo. Cuando lo consigo. Ya la plata no alcanza”.
Una, la generación de la Venezuela pujante, la que se hizo añicos con los años, la que vivió el suicidio de la democracia. Otra, la oyente, creciendo en medio de este caos, abriendo entre torpezas un camino que tiene más claridad en el extranjero que en las tripas de esta tierra enferma, pobre, que cae por un despeñadero, sin muro de contención.

Ángel Arellano