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lunes, 27 de julio de 2015

Venezuela: el olvido de lo ganado

 
         16 años de propaganda continua han hecho de la historia real un hecho ficticio y moldeable, y de los hechos ficticios y moldeables, referentes de la nueva historia, la historia construida a partir del relato oficial. Los antecedentes de la Revolución Bolivariana son un castillo de naipes o un puré de plastilina, han modificado cualquier eslabón del pasado lejano y reciente para asentar una justificación a su proceder, costumbre por lo demás común en un país que ha pasado más años dirigido por soldados de la fortuna que por instituciones sólidas.
            El ir y venir del replanteamiento (¡a juro!) de nuestra historia ha sumido a la nación en un clima de pesimismo en el que tiene una posición principal el olvido de los logros que Venezuela ha tenido como país a lo largo de más de 200 años de Estado independiente. A estas alturas de la crisis, pareciera que a la par de la economía, el país también hizo default: instituciones, tradición legal, acervo histórico y patrimonio cultural cayeron en una suerte de “crash” que suprime todo el pasado para privilegiar el caos de la actualidad como única realidad.
El ascenso del chavismo remató el desprestigio del sistema democrático que lo antecedió, y sentó las bases para lo que ha sido una lucha sin cuartel erosionando los avances que permitieron edificar el país que existía y, que en buena medida, es el que ha servido de base para que no terminen de desplomarse las estructuras de papel de la Revolución.
Gisela Kozak en su libro “Venezuela, el país que siempre nace” (Alfa, 2008), refiere que la guerra contra la institucionalidad y la nueva historia escrita desde el espectáculo gobiernero “nos ha hecho perder o ignorar los instrumentos ganados a través de tantos años de historia: partidos políticos, tradición literaria y cultural, instituciones educativas, logros legales y constitucionales. No es casualidad entonces que la revolución bolivariana proponga cambios radicales pues contempla la sociedad e historia venezolanas como un solo y gigantesco error corregible por la voluntad suprema del soberano redimido por el caudillo Hugo Chávez”.
En “La república fragmentada” (Alfa, 2015), Tomás Straka incorpora algunas reflexiones para luchar contra el olvido de lo ganado: “Sumergidos en las angustias de sus momentos críticos, (los venezolanos) olvidaban que la sociedad había alcanzado las metas trazadas, al menos muchas de ellas: consolidar la república, la nacionalidad y la burguesía; sofocar tensiones raciales, en 1870; garantizar la paz y generar crecimiento, en 1908; sentar las bases para una sociedad democrática y capitalista, en 1958. Eso pone el balance más hacia el éxito que hacia el fracaso, por mucho que un venezolano agobiado por la delincuencia, las deudas, la inflación, las turbulencias políticas y el miedo, no pueda, legítimamente, verlo así o, viéndolo, encuentre poco consuelo en ello”.
El éxodo de cientos de miles de venezolanos y el desarrollo de la crisis económica ha replanteado la discusión sobre la nación que hemos sido y la nación que somos. Recordemos que el chavismo ha cambiado todo cuanto ha podido para dibujar Venezuela a su imagen y semejanza (desordenada, endeudada, corrupta y caótica), no obstante, nos aventuramos en la empresa de sugerir una definición de nación que consideramos oportuna: de acuerdo con Benedic Anderson, citado por Kozak, la nación no es sólo una entidad política, geográfica y jurídica, sino también una “construcción imaginaria, una narración que obedece a una historia, unos intereses, a una visión que se transforma en el tiempo”.
El Estado de transforma, se reforma y cambia, y así debe ser, pero el sentido de nación se mantiene y no olvida, no puede hacerlo, pues olvidar es eliminarse.

Ángel Arellano

domingo, 12 de julio de 2015

Visitando a Américo en el Razetti

         En el hospital Luís Razetti de Barcelona los médicos recuerdan los reportajes que realizaba el periodista Américo Hernández en sus años mozos. Él se encuentra internado por una de dolencia que lo ha llevado a permanecer en el recinto durante un par de semanas.
            Como del venezolano lo que más recoge el mundo es su capacidad para demostrar afecto y solidaridad, asistí un día cualquiera a visitar a Américo y llevarle un libro. Los minutos que transcurren en el hospital se convierten en horas y las horas en días, haciendo de los días semanas y de las semanas una eternidad. Cuando llegué a la camilla en la que reposaba acompañado de su amable esposa, le entregué el ejemplar y hablamos. En medio de la conversación decidió prestarme un libro que tenía junto a él. La obra en cuestión era “¡Viven! La tragedia de Los Andes” de Piers Paul Read (1974), el famoso relato sobre los deportistas uruguayos que se estrellaron en las frías montañas que dividen Chile de Argentina. Aquella tragedia se hizo popular en su tiempo cuando los sobrevivientes confesaron haber comido carne humana para paliar el hambre durante 70 días de intemperie.
“¡Después de leer esto sé que lo que tengo es una pica’ e’ plaga!”, me dijo Américo. La exclamación fue un lugar común. Si algo nos caracteriza es nuestra capacidad de adaptación en las más deplorables circunstancias. Solo miremos alrededor cuántas personas subsisten en medio de esta crisis sin parangón.
Cuando bajaba las escaleras del hospital pensé en la precariedad de su situación, en el deterioro de la infraestructura, en la miseria de sus insumos y en el drama de quienes ahí laboran. Más de 20 mil médicos venezolanos se han ido al extranjero en los últimos años. Las ruinas del país. Aquella institución de primer mundo inaugurada en su ubicación actual en 1963 por Rómulo Betancourt, ícono de la democracia moderna, y reinaugurado docenas de veces por los gobernantes populistas de turno, es el símbolo de la decadencia de la región. Cito una interrogante que Tomás Straka se hace en “La república fragmentada” (2015): “¿cómo es posible que al cabo de los años más prósperos, libres y pacíficos de la historia venezolana (lo cual no quiere decir que lo hayan sido en términos ideales, sino comparados con lo ocurrido hasta entonces) se llegara a tal sensación de fracaso?”.
A las 7 de la noche regresaba a casa. Y aunque corrí con suerte porque mi vehículo estaba entero en el oscuro estacionamiento, en la salida del hospital me detuvo una cola que duró por lo menos dos horas: motorizados protestaban exigiendo a la morgue la entrega de un compañero fallecido. La policía se desentendió del asunto. Patrullaban los alrededores pero no interactuaban con los manifestantes. Algo similar había sucedido toda la semana en la Universidad de Oriente, en donde encapuchados trancan la avenida, saquean camiones y roban a estudiantes. Muchos pacientes que salían de alta, otros que intentaban ingresar y varios que necesitaban salir rápido del sitio para iniciar la angustiosa búsqueda de medicamentos, se encontraban en aquella cola.
Un par de días después el director de la Policía regional ofreció a la prensa una declaración escalofriante: “Polianzoátegui vigilará la UDO si le garantizan seguridad”. ¿Quién debe brindar seguridad a quién? El que los responsables de resguardar a la sociedad pidan ayuda nos da una idea de nuestra deplorable situación.
  
Ángel Arellano