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lunes, 11 de mayo de 2015

¿Los políticos están escribiendo?


         Quedará en la historia la persecución del chavismo hacia Teodoro Petkoff como una muestra de lo cruel que pueden ser los autoritarismos modernos. Aun cuando debe presentarse todas las semanas en los Tribunales y se le prohíbe la salida del país, Petkoff, rememorando su época de guerrillero, se les ha escurrido con la reformulación de Tal Cual, ahora como semanario.
            En una semblanza sobre “Teodoro”, Federico Vegas resaltó cómo la oralidad se ha impuesto sobre la palabra escrita en un país en el que la Constitución y las leyes se encuentran tan desautorizadas como las policías.
En Venezuela, el discurso estruendoso, el escándalo y la bulla prevalecen ante cualquier ejercicio de reflexión. Es muy común que la élite dirigente no escriba sus discursos ni lleve archivo de su rol público. El mismo país que años atrás tuvo una producción editorial envidiable en la que destacaron no pocos líderes políticos quienes desarrollaron sus tesis en libros, ensayos, artículos y revistas, ahora, a la par de la escasez de papel, y aun cuando Internet resulta una herramienta formidable para la difusión de las ideas, el debate político se desarrolla de una manera muy deportiva, superficial, exclusivamente oral, de cara a los medios de comunicación y no apta para la deliberación.
            Fernando Yurman en “La identidad suspendida” aclara que en Venezuela “los entusiastas retóricos del cambio, los epígonos ingenuos, también son extrañados cuando pasan del grito a la reflexión”. Y agrega: “las interpretaciones ideológicas suelen ser muchas veces racionalizaciones oportunistas, vacuas, resecas de abstracciones, de una transformación más larga, más honda y menos sabida”.
            “Venezuela es más de frases que de cuentos, como es más de operadores que de estrategas”, sostiene Alberto Rial en “La variable independiente”. Lo trivial es cotidiano: “Así como se aplaude y se gritan ¡bravos! en un mal concierto o en una obra de teatro chimba, o se da una buena propina por una comida piche y un mal servicio, de la misma forma endiosamos a talentos mediocres y cuestionables y volvemos a elegir como gobernantes a quienes ya lo hicieron mal una vez”.
            Dieciséis años de chavismo establecieron en el espectro político (oficialista y opositor) que el dirigente “sabio” es aquel que puede relatar una o dos batallas de la Independencia. La crítica y la revisión histórica dejaron de ser un instrumento de fortalecimiento de las ideas para dar paso a la epopeya patriota como salmo responsorial de todos los mensajes políticos. Mario Briceño-Iragorry fustiga tempranamente este error en “Introducción y defensa de nuestra historia”: “Los pueblos no pueden vivir su hora presente a cuenta de su pasado, por más glorioso y fecundo que sea éste. Sería tanto como pedir a los muertos que nos sirvan el alimento”.
            ¿Está escribiendo nuestro liderazgo político? ¿Está reflexionando? ¿Está defendiendo ideas, programas, tesis o hurgando entre las noticias para hacerse con un titular? ¿Quién reclama sobre la superficialidad del debate político en tiempos de una crisis tan profunda? ¿Es exigente una sociedad que permite lo oral por encima de lo escrito?
Nuestra crisis, o en rigor, nuestro caos como país, se ha concebido por el predominio de lo banal sobre lo formal. Si queremos un cambio estructural para salir de esta vergonzosa situación, no podemos más que iniciar con la rectificación desde la familia, la calle, la cuadra, el barrio. Que prime la seriedad por encima del encantamiento.

Ángel Arellano

miércoles, 25 de febrero de 2015

Venezuela no se va de nosotros

 

Cuando pregunté en el salón “¿quiénes quieren graduarse para irse del país?”, la respuesta fue escalofriante, aunque esperada. Quizá faltaron pocas manos en alzarse. Ocho o seis de un total de treinta y cinco que asistieron aquella clase. La tristeza tras esa situación hizo retorcer un estómago que venía descompuesto desde la temprana lectura de los titulares de prensa en los que apenas quedaban líneas para saber una que otra noticia positiva de la literatura o la música.
Las últimas actuaciones del gobierno han hundido hasta el foso todo reducto de credibilidad que flotaba en la mente de algunos optimistas del “proceso”. Ocho de cada diez venezolanos no quieren que continúe esta pesadilla. No obstante, seguimos soñando despiertos.
Venezuela, un país que se acostumbró en la década perezjimenista y durante la bonanza petrolera de los setentas a recibir caudales de inmigrantes de todas las latitudes en búsqueda de un futuro más promisorio, y que además acogió en su seno a exiliados de los autoritarismos militares de Latinoamérica, ha terminado desangrada, con un precario inventario de mentes, recurso humano que brega en la espantosa rutina que vivimos.
Ahora, el país emisor de prosperidad y democracia (mal que bien pero esto fue así), sólo transmite pobreza, precariedad, angustia. Todos los días emigran cifras aún incuantificables por el deficiente Instituto Nacional de Estadísticas. Compatriotas que huyen del desastre chavista. Destacan médicos, ingenieros, científicos, investigadores, docentes, artistas, cultores, economistas, emprendedores, inversionistas y miles de jóvenes risueños con ganas de construirse un futuro más apropiado a los nuevos tiempos.
Es sabido que los salarios de los profesionales en Venezuela son de hambre. Hay que tener dos, tres, cuatro trabajos, matar tigres, hacer tortas, vender helados y cualquier otra actividad en el exhaustivo rebusque de  unos recursos que permitan pagar las obligaciones mensuales. Con lo que gana un maestro, una enfermera o un albañil no alcanza siquiera para hacer el mercado más simple con qué alimentar una familia de dos personas.
Después de 2005 la huida se ha multiplicado y en los últimos años los emigrantes representan un número pasmoso. ¿Pero qué vamos a hacer? ¿Vamos a seguir complaciendo a quienes acabaron con la nación? ¿Vamos a dejar que mientras un minúsculo grupo exhibe su riqueza mal habida las grandes mayorías sigamos pasando hambre, haciendo colas y muriendo en las calles?
El país no ha transitado por tanto para que lo dejemos morir. ¿Pensamos que sería distinto? ¿Acaso debía ser de otra manera con el grupo de corruptos que gobierna? Los que están mandando no tiene razones para detener la crisis. De ahí vienen y hacia allá van.  Sigue haciendo falta la "oposición que se oponga" como dijo Petkoff, sí, pero toda la ciudadanía tiene un papel en este baile. Cada quien debe aportar desde su espacio. Presión, protesta, crítica, movilización. No hay colores, no hay parcelas, no puede haberlas. Sólo una bandera: salir de este problema antes de que sea tan insostenible que se quede sin alternativa.
Todos deben aportar y existe una grata realidad: hay muchos compatriotas que desde el extranjero lo están haciendo. Empujar por aquí, empujar por allá. Cada mano que se sume es necesaria. Cierro con una reflexión que se le escapó a la radio en estos días hablando de la gigantesca diáspora de nuestra gente: “Nos vamos de Venezuela, pero Venezuela no se va de nosotros”. Hay que luchar.

Ángel Arellano