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martes, 19 de mayo de 2015

Guerra de escándalos


         El quirófano de noticias emite señales de intoxicación. El país está invadido por una oscuridad lúgubre que lo cubre con informaciones alarmantes. Cada día, los síntomas de la dictadura evidencian la erosión de la libertad y de la vida. Antes de que la guerra haga metástasis, la sala de espera está repleta de escándalos bochornosos que alimentan el descontento. El régimen ya no es régimen, sino una banda de delincuentes que dirigen una nación sin ley.
            Dificulto que la población se haya acostumbrado a escuchar todos los días los vergonzosos titulares alusivos a la revolución. No obstante, se acomoda como puede. Subsiste. Hay una frase que se repite de casa en casa: “estamos esperando las elecciones para pasar factura”.
Desde el baño con dólares que se dio el hijo de Maduro en la boda de una pudiente familia árabe, hasta la declaración pública en la que el ex Ministro de Interior y Justicia y hoy gobernador de Aragua, Tareck El Aissami, reconoció haber callado por lealtad al Comandante algunos hechos de corrupción de su antecesor ex chavista y hoy informante de la DEA, han ido y venido los más espeluznantes escándalos. La descomposición del país es profunda y en todos los órdenes.
            Venezuela es un Estado que se muestra distante de la civilización. En las filas para comprar comida y medicinas la gente lucha cuerpo a cuerpo con la esperanza de llevar algún alimento a su hogar. Es un acto primitivo y deprimente. Todos nos encontramos en  tan lamentables circunstancias porque nadie escapa del desabastecimiento y la carestía que nos trajo la ficción del Socialismo del Siglo XXI.
            Los destartalados hospitales trabajan con 9 ó 7% de su inventario. El kilo de carne de res se vende en las zonas populares en 700, 800 y hasta 900 bolívares. La lata de sardina superó cómodamente la barrera de los cien bolívares en los Abastos Bicentenarios en los que el “Precio Justo” no puede evitar la catástrofe de que el billete más “fuerte” de la reconversión monetaria de Hugo Chávez apenas pueda comprar un litro de aceite de soya. Estos son los escándalos del barrio.
            A la sazón, nuestra tragedia es aderezada por un nuevo titular de amplias magnitudes. El presidente del Parlamento, el Capitán Cabello, se encuentra inmerso en una gigantesca red de narcotráfico que convirtió al país desde hace una década en un puente efectivo para la exportación de droga a nivel internacional. Todas las pruebas apuntan hacia él. Todas las miradas son en su dirección. Quien debería conducir la casa de las leyes es vinculado a una banda de mercaderes de la cocaína.
Asesinaron a un niño de 11 años en Cantaura. Sus padres también recibieron disparos. Por fortuna ellos no murieron. Son sobrevivientes del ataque inclemente de la delincuencia. El niño era miembro de la Orquesta Sinfónica Municipal. ¿Interesa esto al gobierno? 20 de cada 100 mil menores de edad mueren en Venezuela a manos de la violencia. Es un dato irrelevante para un país cuyo Parlamento está dirigido por un narcotraficante.
            Los escándalos pelean entre sí para ver cuál gana más notoriedad. Se saltan el cerco de la censura. Llegan a todo el territorio por las redes sociales y los teléfonos inteligentes que el gobierno aún no ha podido controlar.
            ¿Hay suficiente papel para recoger todos los escándalos del chavismo? No lo sé. Pero espacio en Internet sí hay. El odio prescribe, sin embargo, la corrupción y la traición no.


Ángel Arellano

lunes, 9 de febrero de 2015

Escasez de buenas intenciones


         La radio es un vaso comunicante del quirófano en el que se convirtió el país. Todos los días, a toda hora, los pocos noticieros y programas que se atreven a dar informaciones independientes, incómodas y preocupantes, emiten sucesos alarmantes. Historias, que de no ser en Venezuela, fueran poco creíbles. La voz de un señor mayor expresa con vehemencia la intolerable situación de deterioro que muestra el sistema de salud público y privado en el país. Su cuento, que es el relato de todos los habitantes del quirófano, carece de esperanza, y, por el contrario, enciende las alarmas del menos atento.
Desde hace un par de años, los ruidos de la bocina han comentado el colapso de los hospitales y clínicas. La carencia de insumos, la falta de dotación, el alto costo del inventario y la migración de profesionales calificados ha sido el contenido de aquellos lamentos desatendidos que emiten sin descanso los representantes del sector. La situación inició el cobro de vidas de los ciudadanos que por alguna razón, producto del caos económico, no han podido tener acceso a la intervención médica. Más de 50 personas murieron esperando por el tratamiento para el cáncer, de acuerdo a las estadísticas de un solo hospital caraqueño. La misma enfermedad que se llevó al Galáctico (atendido en Cuba, con los mayores honores y gastos), y que hoy está esparcida por todo el territorio, es una de las que ataca con mayor fuerza la integridad de miles de venezolanos. Vivimos en la desesperación de no encontrar los medicamentos obligatorios para esta y otras recetas.
De 27 productos que exige el récipe de los pacientes con cáncer, se pueden encontrar en el país, con suerte, cuatro o siete. La importación, mecanismo de adquisición absoluta de estos insumos, está paralizada. El doctor Cristino García, presidente de la Asociación Venezolana de Clínicas y Hospitales, expresa que “hoy, 27 de enero, no hay una sola orden de compra colocada del sector salud privado”.
Para desgracia de todos, no hay medicamentos acumulados en galpones ni bodegas. El sistema de salud subsistió durante 2014 con las reservas de 2013, y éste a su vez operó con lo heredado de 2012 y el gigantesco despilfarro de dólares que posteriormente el Ministro de Planificación calificó como necesario para ganar las últimas elecciones presidenciales del Supremo.
            Las fundaciones dedicadas al trasplante de órganos han colapsado. Las asociaciones civiles que donaban medicamentos a hospitales y ambulatorios rurales eliminaron ese ítem de su programación anual. Cuando no quiebran y cierran totalmente, las clínicas desincorporan servicios especializados. Las farmacias que promovió el gobierno terminaron siendo un amasijo de burocracia, locales vacíos y tristeza.
El régimen no ha hecho ni hace nada para cambiar la realidad. Mejorar, o por lo menos estabilizar la situación, no está en la lista de prioridades. Con este panorama, el venezolano parte a buscar remedio a su dolencia, perdiendo un día de trabajo para revisar ocho, doce, quince dispensarios sin éxito. Volvimos a los brebajes, hierbas y menjurjes de antaño, persiguiendo cura a una desgracia que no cesa.
            Una señora mayor murió en la cola de una farmacia mientras esperaba para comprar la “pastilla de la tensión”, noticia que se desprende de aquel título: “falleció bebé de meses luego de trifulca en cola de Farmatodo”. La radio es atravesada por una frase fulminante. García sentencia el diagnóstico de lo que sucede con el gobierno y el sistema de salud: “La escasez es de raciocinio, de sentido común y de buenas intenciones”.

Ángel Arellano

martes, 23 de septiembre de 2014

La bacteria de la distracción


“Guerra bacteriológica”, así no más. ¿Para qué tanto estudio y horas frente el microscopio si la espantosa epidemia de este virus desconocido, con un nombre raro y ajeno (“Chikungunya”), se resume en la inoculación vía correo electrónico de una fiebre que busca desestabilizar la muy estable Revolución? Empero, aunque se trate por todos los medios de escurrir el bulto, la enfermedad sigue golpeando sin descanso a niños, adultos y viejos en todo el territorio nacional.
A propósito de la inacción del gobierno en ocasión de la chikungunya, se me viene a la mente una conocida línea de Betancourt en la que fustigaba al gobierno de Medina Angarita, quién no buscaba soluciones efectivas a la hambruna que vivía Venezuela. Desde el Nuevo Circo en Caracas dijo: “Un flagelo está destruyendo a nuestro pueblo: es el hambre que ahora tiene un nombre pedante: ‘avitaminosis’. (…) Se llama avitaminosis, pero es la clásica, la tradicional, la inenarrable hambre venezolana” (03-07-1943). No es chikungunya, no es dengue, no es que la fumigación es un recuerdo de antaño, de la cuarta, de cuando funcionaban las cosas, de cuando el sistema de salud pública era una realidad y no se hacía turismo farmacéutico, sino “guerra bacteriológica”.
            La apreciación que hizo Maduro sobre la causa de muerte del presidente Chávez fue similar a la que ahora plantea con el bárbaro repunte de la fiebre hemorrágica: un cáncer inoculado, vía expresa, desde los cuarteles de la CIA, hasta el bunker en Miraflores. No hay que ser matemático o astrólogo para intuir la resulta de una cuenta muy sencilla: atenderán esta crisis, que ya ha cobrado varias vidas de venezolanos, con el mismo vigor, eficiencia y orden de prioridad que el cáncer del difunto comandante: echarán toda la culpa al imperio, a la oposición y a los medios de comunicación.
            Chávez murió de cáncer y sus seguidores en el poder en vez de volcarse a hacer de Venezuela un país punta de lanza en la lucha contra esta enfermedad, calvario mundial, sólo rindieron homenaje con gorras, franelas, vallas y propaganda en radio y televisión. Hoy día el tratamiento del cáncer en Venezuela es una suerte de ejercicio entre el esoterismo y el contrabando: mientras encomendamos a Dios la salud del paciente, nos desplegamos en la búsqueda, muchas veces clandestina, de los productos que mitigan un mal con el que cada ciudadano ha tenido relación cercana o conoce por lo menos un doliente.
            Sucede pues, con el dengue y el chikungunya, que apenas se dispararon las alarmas el gobierno optó por perseguir médicos, encadenar la televisión con pistoladas y ridiculizar la erosión de los anaqueles de un medicamento regulado y clave: acetaminofén. A la par, los periódicos titulan “sube el kilo de pata de pollo de 40 a 100 Bs.”; incluso ése caldo, tan popular y demandado en tiempos del mosquito patas blancas, empieza alejarse de las posibilidades del pobre.
            Como es costumbre, el Estado delincuente amenaza, aprieta, agita el mazo, todo menos atender su responsabilidad (¿acaso en algún momento fue responsable?). Es natural que el chavismo politice el clima, la lluvia, el sol y la luna. Apenas detectan un olor poco favorable en la brisa, sentencian un culpable, y ése, no puede ser el sistema fracasado, la economía quebrada o los vagabundos oficialistas, cualquier cosa menos eso. La estrategia es distraer, el objetivo es el poder total y la consecuencia el desastre absoluto.
            El narco Estado nunca reconocerá su naturaleza, pues no es de burros mirarse en el espejo. Ellos seguirán hablando de chicle bomba, aun cuando el pueblo siga mascando paja.

  
Ángel Arellano